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Top Secret| Matt Sanchez
Todo arrancó con una llamada de Trevaughn Mayshon, un amigo de hace tiempo.
Me preguntó si estaba disponible para laburar y me comentó que en el taller donde él estaba necesitaban a alguien que dejara el lugar ordenado y presentable.
𝙉𝙖𝙘𝙞𝙙𝙤 𝙚𝙣 𝙩𝙞𝙚𝙧𝙧𝙖 𝙖𝙧𝙜𝙚𝙣𝙩𝙞𝙣𝙖
Ivan no viene de un barrio común.
Viene de Rosario, donde los lujos y los peligros conviven pared con pared.
Su familia era conocida y respetada, pero no por política ni deportes… sino por negocios que se cerraban en silencios y miradas, no en oficinas ni contratos.
Su padre, respetado en el bajo mundo rosarino, le enseñó desde chico algo que jamás olvidó:
“La plata va y viene… pero el respeto lo tenés que sostener todos los días.”
Mientras otros chicos pensaban en ir a la escuela o jugar a la pelota, Ivan se crió entre autos preparados, reuniones nocturnas y conversaciones que marcaban destinos. Nunca fue de cuadernos ni pizarrones: su educación real venía de la calle.
A los 15 años, ya sabía manejar cualquier coche que se le pusiera enfrente. A los 17, empezó a “colaborar” en los negocios del padre: favores, mensajería, custodias y más adelante cosas que no se cuentan, solo se recuerdan.
Los problemas llegaron cuando otro grupo del mismo ambiente decidió subir la guerra de tono. La familia de Ivan quedó marcada y él se transformó en objetivo.
Su padre nunca fue de mostrar cariño… pero cuando te quieren matar a un hijo, las palabras se acaban.
En una noche donde nadie dormía, lo llamó aparte, le entregó un maletín con 350 mil dólares, un pasaporte y una frase que hizo más ruido que cualquier disparo:
“Acá ya no es vida para vos. Andate ahora, o te quedás para siempre… pero muerto.”
Lo primero que hizo al llegar fue mirar anuncios de autos. No buscaba llamar la atención… pero tampoco pasar desapercibido.
En un concesionario de Vinewood, vio lo que quería: Dominator ASP preparado, de esos que rugen solo con mirarlos.
Lo pagó al contado, se puso al volante… y sonrió por primera vez desde que dejó Argentina. No conocía la ciudad, no conocía a nadie. Pero tenía lo que necesitaba:
plata calle y cero miedo a empezar otra vez
Little Seoul | Top Secret Garage
En otra pieza del taller había algo que no esperaba: una cama tirada contra una pared, sucia y llena de ropa arrugada. No estaba en el plan, pero ya que estaba ahí, la acomodé también. La dejé tendida y limpia, como si alguien fuera a dormir ahí esa misma noche.
Después seguí con el escritorio. Papeles por todos lados, tazas viejas, envoltorios… como si hubiera pasado un huracán. Ordené hoja por hoja, tiré basura, limpié el polvo y acomodé todo hasta que quedó prolijo.
Pero después de un buen rato, el cuerpo me empezó a pasar factura. Entre el polvo, el esfuerzo y el calor, me empecé a marear. De un momento a otro, estaba tirado en el piso tratando de recuperar el aire.
Cuando logré incorporarme, vi el dispensador de agua al lado. Me serví un vaso y me senté unos minutos, respirando lento para volver a la normalidad.
Cuando me sentí mejor, fui a lavarme la cara al baño… y ahí vino otra sorpresa. El baño estaba peor que el taller entero. Sucio, con olor fuerte, descuidado hace meses. Me miré al espejo para asegurarme de que no estaba lastimado por la caída… y después agarré los guantes.
A pesar del olor, lo limpié igual. Piso, lavamanos, inodoro, paredes. No quedó lindo de hacer, pero quedó limpio, que era lo importante.
Ya sin energía y pensando en mi salud, decidí terminar el día ahí. Antes de irme, llamé a Trevaug para contarle todo lo que había pasado y asegurarme de que supiera que el trabajo estaba hecho.
Al final del día entendí algo: no existe trabajo pequeño ni grande, existe gente que lo hace o no lo hace. Y si a uno le pagan por hacer algo, lo tiene que hacer bien.
Integrity Way | 29 Nov 2025 23:36
El día pintaba tranquilo hasta que recibí un mensaje de Trevaug, diciendo que tenía “algo para hacer, rapidito”.
Nada de desarmar coches, nada de cargar herramientas. Esta vez era distinto.
Cuando llegué al taller, me explicó sin rodeos: tenía que ir hasta una farmacia de Sandy y traerle un sobre que guardaban ahí.
No era un favor ni una compra… era un mandado, pero de esos que requieren que nadie haga preguntas.
Al llegar a la farmacia, todo parecía normal, luces frías, olor a desinfectante y un solo tipo atendiendo detrás del mostrador. Me acerqué despacio, pregunté por un par de cosas para disimular y cuando tuve su atención, bajé la voz:
“Necesito el paquete que guardás para Trevaug. No te hagás el boludo.”
El farmacéutico se quedó helado. No grité, no levanté la voz, solo me acerqué un poco más mientras mi mano quedaba apoyada en la espalda, donde él sabía perfectamente qué tenía sin necesidad de verlo. Temblando, señaló el cajón justo debajo de la caja registradora.
Le pedí que lo sacara él mismo, lento y sin hacerse el héroe. Cuando me entregó el sobre, pensé que ahí terminaba… pero no. Recordé lo que me había encargado Daniel y Andres: las pastillas.
Antes de irme, se me ocurrió dejarle algo claro para la próxima:
“Si alguien pregunta, nunca estuve acá. Y más te vale no llamar a nadie.”
Salí caminando como si nada. No hacía falta correr; el miedo ya había hecho todo el trabajo.
De vuelta al taller, entregué el sobre donde correspondía y dejé las pastillas guardadas para Mayshon. No dije cómo salió todo. Tampoco hacía falta.
En este mundo, cuando completás un encargo… el silencio es parte del pago.
¿Cuál será el próximo? No lo sé, pero cuando suene el teléfono, voy a estar listo.