Rubén Moretti — El día de las pruebas

Ayer llegó el día que Rubén llevaba semanas esperando.

Desde que había superado la primera fase de selección, sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse al momento de la verdad. Había conseguido avanzar entre más de un centenar de candidatos, pero aquello no significaba que tuviera asegurado un puesto en SAES. Todo lo contrario.

Ayer comenzaba la verdadera prueba.

Rubén se levantó temprano, mucho antes de lo necesario. Había dormido poco y, aunque intentaba mantenerse tranquilo, tenía esa sensación en el estómago que hacía tiempo no experimentaba. No era miedo. Era una mezcla de nervios, ilusión y ganas de demostrar que realmente merecía estar allí.

La noche anterior había dejado preparada la ropa y la mochila. Antes de salir comprobó una última vez que no le faltara nada.

Se miró al espejo.

Por unos segundos recordó al niño que había sido en Italia, al chico que creció rodeado de peleas y problemas y que durante años pensó que aquella vida era la única que conocía.

Después sonrió ligeramente.

Ayer no iba a demostrar quién había sido. Iba a demostrar quién quería ser.

Las pruebas físicas

Al llegar a las instalaciones pudo comprobar que no era el único que había llegado con nervios.

Había aspirantes de todo tipo. Algunos parecían estar perfectamente preparados físicamente; otros intentaban disimular los nervios hablando entre ellos.

Rubén observó en silencio.

Había aprendido desde pequeño que antes de enfrentarse a un rival era importante observarlo.

Pero esta vez no había rivales.

Todos estaban allí por el mismo objetivo.

Durante las pruebas físicas tuvieron que demostrar su resistencia, fuerza y capacidad para mantener el esfuerzo incluso cuando el cuerpo empezaba a pedir que parasen.

Para Rubén, aquella parte fue probablemente la más familiar.

Los años de entrenamiento y las innumerables horas dentro de un gimnasio le habían enseñado a controlar la respiración, administrar las fuerzas y continuar incluso cuando los músculos empezaban a doler.

Pero no quiso confiarse.

Sabía que SAES no buscaba simplemente a alguien fuerte.

Buscaban personas capaces de trabajar bajo presión y de mantener la cabeza fría cuando las cosas se complicasen.

Y eso era precisamente lo que Rubén quería demostrar.

Las pruebas médicas

Después llegó otra parte que le llamó especialmente la atención.

Las analíticas y diferentes comprobaciones médicas.

Rubén permaneció tranquilo mientras esperaba su turno.

Aquello le hizo pensar en lo mucho que había cambiado su vida.

Años atrás había sido él quien entraba en una consulta esperando saber si las lesiones de una pelea le permitirían volver a entrenar.

Ahora estaba allí porque quería convertirse en la persona que algún día pudiera estar al otro lado.

Quería ayudar.

Quería aprender.

Y quería demostrar que podía convertir todas aquellas experiencias en algo positivo.

Las preguntas

Pero quizás lo que más le hizo pensar fueron las preguntas.

No bastaba con estar en buena forma.

Querían conocer a las personas que tenían delante.

Sus motivos.

Su forma de pensar.

Su capacidad para reaccionar ante determinadas situaciones.

Y, sobre todo, por qué querían formar parte de SAES.

Rubén tuvo que pensar cuidadosamente algunas de sus respuestas.

Podría haber contado muchas cosas sobre su pasado.

Podría haber hablado de Italia, de su familia, de las peleas clandestinas y de todo aquello que había vivido.

Pero decidió centrarse en lo que realmente importaba.

El futuro.

Explicó que quería construir una vida diferente en Los Santos y que siempre había sentido interés por el mundo sanitario. Que sus experiencias personales le habían enseñado lo importante que es tener a alguien preparado cuando una persona se encuentra en el peor momento de su vida.

Y que no quería limitarse a llevar un uniforme.

Quería aprender.

Quería servir.

Y quería convertirse en un buen profesional.

Al terminar

Cuando finalmente terminaron las pruebas, Rubén salió de las instalaciones completamente agotado.

El cuerpo le pesaba.

La cabeza estaba cansada de tantas preguntas y de estar concentrado durante horas.

Pero, al mismo tiempo, sentía algo que no había sentido en mucho tiempo.

Satisfacción.

No sabía todavía cuál sería el resultado.

No sabía si los responsables considerarían que estaba preparado.

No sabía si conseguiría finalmente convertirse en médico de SAES.

Pero sabía que había dado todo lo que tenía.

Mientras caminaba hacia su vehículo, miró hacia atrás durante unos segundos.

Había llegado hasta allí después de superar la primera fase entre más de cien personas.

Y ayer había conseguido superar otro obstáculo.

Ahora solo quedaba esperar.

La espera

Hoy Rubén se encuentra en ese extraño punto entre la ilusión y la incertidumbre.

Por un lado, está orgulloso de cómo transcurrió el día.

Por otro, sabe que todavía no puede dar nada por hecho.

Está pendiente de saber cuándo podrá comenzar su primera clase.

Esa clase será importante para él.

Será el momento en el que deje de ser simplemente un aspirante y empiece realmente a aprender lo que significa formar parte de un equipo médico.

Rubén sabe que todavía le queda muchísimo por aprender.

Procedimientos.

Protocolos.

Trabajo en equipo.

Atención a civiles.

Situaciones de emergencia.

Y muchas otras cosas que todavía desconoce.

Pero por primera vez desde que llegó a Los Santos siente que su vida empieza a tomar una dirección clara.

Ya no está huyendo de su pasado.

Está construyendo su futuro.

Y mientras espera esa llamada, ese mensaje o esa indicación que le diga cuándo debe presentarse para su primera clase, Rubén vuelve a mirar aquella vieja fotografía que guarda desde Italia.

La del niño con los guantes puestos.

Esta vez no siente vergüenza de aquel pasado.

Porque ahora entiende algo:

Quizá aquellas peleas no fueron el destino que le correspondía, pero sí fueron las que le enseñaron a resistir.

Y ahora piensa utilizar esa resistencia para algo completamente diferente.

Salvar vidas.
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