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NOMBRE COMPLETO: Jorge Ramiro EDAD: 32 años [5 de febrero de 1994] LUGAR DE NACIMIENTO: Oaxaca [MEX] NACIONALIDAD: Estadounidense SEXO: Hombre
Infancia: Jorge nació en un pueblo chico de Oaxaca, de esos donde todos saben el nombre de todos y las noticias corren más rápido que el internet. Su casa era de adobe, con un patio de tierra donde su papá guardaba las herramientas del taller improvisado que tenía a un lado de la milpa. El viejo sabía arreglar de todo: motores, radios, hasta bicicletas ajenas que la gente le dejaba "para que les echara un ojo" y que terminaban ahí meses. Su mamá vendía tamales los sábados en el mercado, y Jorge todavía jura que puede reconocer el olor a hoja de maíz cocida desde cualquier cocina, aunque quién sabe si eso es cierto o solo se lo cree.
La que de verdad lo crió, mientras sus papás trabajaban, fue su abuela. Le enseñó a hacer tortillas —mal, la verdad, nunca le quedaron redondas—, lo regañaba si llegaba tarde de andar en la calle con los otros chamacos, y tenía una manera muy suya de contar las mismas tres historias una y otra vez como si fuera la primera vez. Murió a los 98 años, cuando Jorge tenía como diez, y fue el primer golpe fuerte de su vida. Todavía guarda un rebozo de ella doblado hasta atrás de un cajón que casi nunca abre.
Fuera de eso fue un niño bastante normal: le tenía miedo a los perros del vecino, se le daban mal las matemáticas hasta como los nueve años, y una vez se rompió un diente jugando a las canicas de una forma que ni él mismo sabe explicar bien. Un pueblo, una familia que no tenía mucho pero tampoco le faltó nada importante, y una abuela que le dejó más marca de la que él admite en voz alta.
Juventud: A los 17 se subió a un camión rumbo a Ciudad de México con una maleta y no mucho más claro en la cabeza que "terminar la prepa en un lugar con más oportunidades". Se quedó en casa de su primo Ricardo, quince años mayor, que trabajaba de técnico en una empresa y que un día, sin hacer mucho drama del asunto, simplemente le dijo "quédate el tiempo que necesites". Ricardo tenía la costumbre de llamarlo "Jorgito" incluso cuando Jorge ya medía más que él.
Consiguió chamba de medio tiempo en una refaccionaria los fines de semana para no sentirse una carga en esa casa que no era la suya. No le fue perfecto: repitió una materia el primer año por faltar de más, y hubo al menos dos ocasiones en las que estuvo a nada de comprar el boleto de regreso al pueblo. No lo hizo. Terminó la prepa a trompicones pero la terminó, y al cumplir 18 tomó una decisión que sorprendió a más de uno en la familia: se dio de alta en el Ejército.
Formación militar: No fue una decisión del todo pensada, si somos honestos. Un compañero de la refaccionaria se había enlistado meses antes y volvió de las vacaciones contando anécdotas del cuartel con una seguridad que a Jorge, que en ese momento no tenía muy claro qué hacer con su vida más allá de la prepa, se le quedó grabada. Se presentó, pasó los exámenes físicos y médicos, y a las pocas semanas ya estaba en instrucción básica.
El primer mes fue el más duro de toda su vida hasta ese momento, sin exagerar. Levantarse antes de que saliera el sol, las marchas con el equipo cargado hasta que las piernas dejaban de sentirse propias, un sargento instructor que se sabía el nombre completo de cada recluta con tal de gritarlo mejor. Jorge llegó a pensar en tronar dos o tres veces esas primeras semanas, sobre todo una noche de lluvia en la que terminó arrastrándose en el lodo de un ejercicio y se le vino a la cabeza, sin venir a cuento, la cara de su abuela regañándolo por llegar sucio a casa. Se aguantó. No por orgullo, sino porque irse en ese momento se sentía peor que quedarse.
Tras la instrucción básica lo asignaron a la Policía Militar, algo que en su momento no eligió del todo pero que terminó marcando el resto de su vida. Ahí aprendió lo que después reconocería como los cimientos reales de su carrera: manejo y mantenimiento de armamento reglamentario, técnicas de reducción y esposamiento, primeros auxilios de combate, control de disturbios, y sobre todo, procedimiento — la idea de que un protocolo mal seguido puede costarle la vida a alguien, propia o ajena. Participó en labores de resguardo perimetral, puntos de control en carretera, y en más de una ocasión en apoyo directo a policías municipales durante operativos conjuntos, viendo de cerca cómo trabajaba la corporación civil con la que años después terminaría, sin saberlo todavía, teniendo tanto en común.
Hay un recuerdo que menciona más que los demás cuando le preguntan por esa época: un turno de madrugada en un retén de carretera, frío, cansado, cuando un vehículo se saltó el punto de revisión a toda velocidad. El protocolo que había repetido mil veces en entrenamiento —comunicar, contener, no actuar solo— fue lo único que evitó que la situación se le fuera de las manos. No hubo heridos, no pasó a mayores, pero esa noche entendió en el cuerpo, no solo en la cabeza, para qué servía tanta disciplina que en su momento le parecía excesiva.
Salió del servicio a los 20 años, con la baja en regla y sin intención de hacer carrera militar de por vida, pero con algo que no se le quitó nunca: la costumbre de tender la cama nada más despertar, de seguir un procedimiento aunque no le encuentre el sentido inmediato, de mantener la calma cuando todo alrededor se pone tenso. Fue prácticamente sin pausa que decidió irse a Los Santos, con esa base militar todavía muy fresca, buscando algo distinto a lo que había conocido hasta entonces.
Actualidad: Los primeros meses en Los Santos tampoco fueron ninguna película bonita. Entró y salió de un par de trabajos que no lo llevaban a ningún lado —uno en una bodega, otro lavando autos— antes de meter la solicitud al departamento del sheriff. Y ahí, cosas de la vida, todo lo que había aprendido en la Policía Militar dejó de sentirse como una etapa cerrada del pasado y empezó a funcionar como la base real de su nuevo trabajo: el respeto a la cadena de mando ya no era algo impuesto, sino algo que entendía de primera mano; el manejo de armamento, los protocolos de contención, la disciplina de seguir un procedimiento bajo presión, todo eso ya lo traía incorporado antes de ponerse el uniforme de Deputy Sheriff por primera vez.
Fue subiendo a base de tiempo y de no rajarse, hasta llegar a Sargento. De ahí pasó a supervisar el equipo táctico del SEB —donde más de un instructor le reconoció que "se le notaba la instrucción previa"— y después se metió al Aero Bureau como piloto táctico. Postuló al Internal Affairs Bureau dos veces antes de que finalmente lo aceptaran como supervisor la tercera. Sigue hablando con su mamá todos los domingos sin falta, y en su casillero, pegada por dentro de la puerta, tiene una foto vieja y algo doblada de su abuela.
Estudios: Terminó la prepa con un promedio de 7, y a esa base académica sumó los años de formación en la Policía Militar, una etapa que —más que cualquier título— fue la que realmente lo preparó para una carrera dentro de las fuerzas del orden: disciplina bajo presión, manejo responsable de armamento, capacidad de mantener la cabeza fría en situaciones de riesgo real y un respeto por la jerarquía y el procedimiento que no se aprende en un salón de clases. Es, según él mismo lo cuenta, la razón por la que el salto a Sheriff nunca le resultó un mundo tan ajeno.