Alberto Sanches.



  • NOMBRE COMPLETO: Alberto Sánchez

    EDAD: 34

    LUGAR DE NACIMIENTO: Buenos Aires, Argentina

    NACIONALIDAD: Estadounidense-argentino

    SEXO: Masculino

    PADRES: Mario Sánchez, nacido en Argentina el 09/05/1963, y Antonieta Fernandes, nacida en España el 28/07/1960 (ambos fallecidos).

    APARIENCIA FÍSICA: Alberto mide casi dos metros, tiene los ojos celestes, el pelo muy corto y ningún tatuaje.

    PERSONALIDAD: Inocente, carismático, simpático, puntual, charlatán y cabeza dura. Bajo presión le sale un carácter explosivo que le cuesta controlar, y desconfía del alcohol (no toma ni una cerveza).

    INFANCIA: Alberto Sánchez nació el 30 de enero de 1991 en la ciudad de Buenos Aires, allá por la lejanía del barrio de La Boca, donde había nacido un pibe más, un pibe de barrio. Nació en el Hospital Argerich a las 4 de la mañana, haciendo un quilombo y gritando por los pasillos sin problema ninguno. Cuando el doctor lo tuvo en brazos, supo que iba a ser un buen hombre.

    Sus primeras palabras fueron “comida” y “leche”, y de ahí en adelante no hubo quien lo frenara: a los 4 años gateaba por toda la casa comiendo cualquier cosa que se le cruzara en el camino. Parecía que a ese Alberto nunca se le acababa el apetito.

    En 2001, con 10 años, Argentina atravesaba una crisis financiera brutal. Su padre llevaba el pan a la mesa de cualquier forma, y en la casa vivía también su abuela. A esa edad, por las tardes, se escapaba a un bar donde unos hombres tocaban guitarras. Alberto pensaba: “No sé quiénes son ni qué dicen, pero me encanta lo que escucho”. Eran las payadas argentinas, con hombres medio borrachos rimando con todo. Sus padres, ocupados en sobrevivir, lo descuidaban bastante.

    Entró a la escuela con 6 años, pero no le daba mucha pelota. Solo quería jugar con sus amigos y, cuando llegaba al barrio, salir a la calle a jugar a las escondidas con los pibes. Eran buenos tiempos, la verdad. Lo que todavía recuerda con cariño es llegar de la escuela y encontrar a su madre preparando la merienda: esa taza de chocolatada calentita con pan casero. Eso era el amor. Pero por las noches empezaba a escuchar a sus padres pelear.

    JUVENTUD: A los 12 la cosa empezó a ir feo. La relación de sus padres empeoraba cada día, en el colegio no le iba bien, y lo único que lo motivaba a seguir adelante eran los pibes de la esquina, con los que hacía cada locura. Su padre había empezado a tomar y las peleas eran cada vez peores.

    Hasta que llegó ese fatídico día, el 24 de abril de 2005. Alberto tenía 14 años y nunca lo va a olvidar. Esa mañana su madre despertó con un moretón en la cara y su padre no estaba, pero ella, como siempre, tenía una sonrisa. Lo llevó al colegio, le dijo que lo amaba mucho y que se portara bien, como despidiéndose. Él le respondió: “Siiiiii, mamaaaaa, estaré en casa temprano”. Fue el peor error de su vida.

    Cuando volvía a casa había mucha policía y no lo dejaron entrar. No entendía nada, pero era obvio: su padre, ebrio, había llegado a la casa, le pegó cinco tiros a su madre y después se voló la cabeza. Mil cosas le pasaron por la cabeza, hasta que un señor vestido todo de verde, de la Brigada Halcón, se le acercó y le dijo: “No llores, muchacho. Póngase firme y luche por sus sueños”.

    Pasó casi dos años entre la casa de una vecina y un hogar de menores, hasta que a los 16 lo recibió su tía Norma. Las cosas no eran buenas, pero era lo que tenía. Con ella terminó el secundario, trabajó donde pudo y empezó a investigar quién era aquel hombre de verde. Descubrió que era un policía de élite de la Brigada Halcón. ¿Qué hacía él en su casa? Esa pregunta no lo dejaba dormir, así que decidió entrar a la policía para saber más. Tanta rabia guardada también le dejó el carácter explosivo que todavía hoy le cuesta controlar.

    A los 25 años ingresó a la Policía de la Ciudad de Buenos Aires y a los 27 entró a la Brigada Halcón. En 2019, durante un entrenamiento, el comité lo llamó: había una oportunidad de viajar a Estados Unidos para representar a Argentina en un evento anual que evalúa el desempeño policial. Después del evento decidió quedarse a vivir allá. Trabajó un tiempo en un concesionario, sin demasiado interés, y por las tardes caminaba por la playa con su guitarra, tocando las payadas que escuchaba de chico.

    ACTUALIDAD: A los 34 años trabaja para una empresa de transporte, pero la vida de civil ya lo cansó y está buscando volver al servicio. Nunca averiguó el nombre del policía de verde, y una parte de él sigue buscando a ese hombre.

    EDUCACIÓN: Estudios primarios y secundarios, y academia de la Policía local.


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