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Hace veintiséis años, en el corazón de Richman, nació Tysha Williams, hija única de dos influyentes raperos del movimiento urbano. Su vida estuvo marcada por el lujo y las oportunidades, pero nunca por la calidez familiar. Creció en una mansión donde el sonido del éxito de sus padres retumbaba en cada pared, pero en la que rara vez encontraba compañía. Su infancia estuvo llena de comodidades materiales, pero vacía de afecto, lo que la llevó a desarrollar una coraza de independencia y un carácter rebelde.
A los 1.70 de estatura, con una complexión delgada, ojos marrones expresivos y cabello castaño que suele llevar en un estilo despeinado y despreocupado, Tysha tiene una apariencia que mezcla lo sofisticado con lo callejero. Su vestimenta es una fusión entre la ropa cara que le permite su estatus y las prendas oversized y desenfadadas del estilo underground que tanto le gusta. Siempre lleva varios anillos de plata, una cadena con un colgante simbólico y, casi invariablemente, unos auriculares alrededor del cuello, listos para sumergirla en el mundo del rock alternativo y el rap contestatario que la define.
Durante la adolescencia, cansada del hermetismo de la clase alta y del círculo elitista en el que sus padres querían mantenerla, empezó a moverse por los barrios bajos de la ciudad. Allí encontró la crudeza y autenticidad que sentía que le faltaban en su vida. Se hizo de amistades que sus padres consideraban una mala influencia, pero que para ella representaban un escape de la superficialidad en la que había crecido. Con ellos aprendió a moverse en la calle, a defenderse y a entender que la vida no siempre es justa.
Aunque su sueño siempre fue ser una estrella del rap femenino, el ambiente la ha catalogado como una "blanquita sin calle" en la escena del West Side, algo que la frustra pero que no le impide seguir escribiendo letras cargadas de rabia y desencanto. Sin embargo, su falta de disciplina y su tendencia a aburrirse rápido de todo le han impedido comprometerse realmente con su carrera musical. Ha probado distintos trabajos ocasionales, pero ninguno la ha atrapado lo suficiente como para quedarse.
Su mejor amiga, Nataly, una puertorriqueña que llegó hace unos años a la ciudad, es su cable a tierra. Le fascina su actitud relajada y la forma en que se toma la vida sin tantas complicaciones. Juntas han vivido noches interminables en bares oscuros, conciertos clandestinos y calles iluminadas solo por las luces de los neones y los cigarrillos a medio apagar.
En el amor, Tysha no ha tenido mucha suerte. Sus relaciones suelen ser intensas pero fugaces, con personas que, al igual que ella, no tienen claro qué buscan en la vida. Pero el desamor no le preocupa demasiado; su mayor conflicto siempre ha sido con sus padres, que aún intentan imponerle el destino que ellos consideran correcto. La quieren lejos del mundo artístico y dentro de una universidad, con un título que le asegure un futuro estable, pero Tysha se niega a aceptar que la estabilidad sea sinónimo de felicidad.
Por ahora, sigue deambulando entre sueños inconclusos y una vida sin rumbo fijo, atrapada entre el lujo en el que nació y la crudeza de la calle que la llama. Es un alma en búsqueda, una nota disonante en una melodía que aún no ha encontrado su ritmo.