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Nacido en México y criado en las calles de Tijuana, Leroy vivió una infancia marcada por la humildad y el esfuerzo. Desde temprana edad fue criado por su padrastro, el padre de Ryan, a quien siempre consideró su verdadero padre. Este hombre le inculcó valores firmes, respeto por los demás y una mentalidad resiliente ante la adversidad.
A los 17 años, la vida de Leroy dio un giro doloroso: su padrastro falleció, dejándolo a cargo de su madre, una figura distante y con decisiones cuestionables. Fue entonces cuando ella, de manera fría, decidió abandonar a Ryan, el hermanastro de Leroy. Aunque no compartían lazos de sangre, el vínculo con Ryan siempre fue fuerte, y la separación dejó una herida difícil de cerrar.
Pasaron los años y, a los 26, Leroy decidió dar un paso importante: dejar atrás su pasado en México y comenzar una nueva vida en Los Santos. Fue en esa ciudad donde abrió los ojos y entendió quién era realmente su madre. Ya sin ataduras ni falsas lealtades, el destino lo cruzó nuevamente con Ryan, quien también había llegado a la ciudad tras haber sido abandonado.
Ese reencuentro fue un punto de inflexión. Leroy tomó una decisión que venía madurando desde hacía tiempo: dejar atrás el apellido que ya no lo representaba, y adoptar el que verdaderamente honraba su historia y a quien consideró su verdadero padre. Desde entonces, lleva con orgullo el nombre Leroy Mckenzie.
