Ethan Maddox



  • Se llama Ethan Maddox. Tiene 32 años.

    Nació en New York City, en un barrio donde las ventanas tienen rejas por dentro y las discusiones se oyen a través de las paredes como si fueran parte del mobiliario. Su padre, Daniel Maddox, trabajaba como mecánico en un taller ilegal que desguazaba coches robados para vender las piezas. Su madre, Rachel Maddox, hacía turnos dobles como camarera mientras intentaba mantener a flote una casa que siempre parecía hundirse un poco más cada mes.

    Cuando Ethan tenía nueve años, Daniel fue asesinado en lo que la policía catalogó como un ajuste de cuentas. Le debía dinero a la gente equivocada. Apareció en el interior de un coche que ya no arrancaría nunca más.

    Rachel no aguantó mucho después de eso. Entre deudas, ansiedad y pastillas para poder dormir, acabó desarrollando una adicción que la fue consumiendo lentamente. Murió dos años más tarde por una sobredosis en el pequeño apartamento donde Ethan todavía dormía con la luz encendida. Tenía once años cuando se quedó completamente solo.

    Pasó por el sistema de acogida durante un tiempo, pero nadie adoptaba a un niño callado, con problemas de conducta y esa forma de mirar que parecía medir salidas de emergencia. A los catorce ya orbitaba alrededor de una pandilla local. Primero como recadero. Después como vendedor. Más tarde participando en intimidaciones, robos organizados y secuestros exprés que se resolvían con transferencias rápidas y amenazas aún más rápidas.

    Ethan no era el más violento del grupo, pero sí el más frío. Hacía lo que había que hacer sin temblar, sin preguntar. Su utilidad creció cuando empezó a manipular coches. Sabía arrancarlos sin llave, cambiar matrículas en minutos o hacer que un vehículo desapareciera en menos de una hora. Para la pandilla, él era el que borraba rastros.

    A los 22 años todo se torció. Un robo a una vivienda que creían vacía. No lo estaba. Hubo un forcejeo, un disparo y un hombre que sobrevivió por pura suerte. Intento de homicidio. Diez años de condena.

    Entró siendo un crío endurecido y salió siendo otra cosa. Más callado. Más marcado. La piel cubierta de tatuajes que cuentan historias que no aparecen en ningún expediente. Nudillos gastados, mandíbula siempre tensa, la calle pegada al cuerpo como si fuera otra capa de ropa.

    Hace una semana cruzó el país en un avión comercial, sentado junto a la ventanilla, viendo cómo las nubes parecían territorio neutral. Aterrizó en Los Santos con una maleta pequeña, algo de dinero y la intención de no volver a deberle nada a nadie.

    Ahora camina por calles que no saben quién fue. Busca trabajo donde sus manos valgan más que su pasado. Talleres, almacenes, lo que aparezca. Quiere empezar de cero.

    Pero hay cosas que no se quedan en la ciudad de la que huiste. Algunas viajan contigo, bien abrochadas, sin necesidad de billete.


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