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Gabriel Hayes nació el 15 de julio de 2005 en Santa Clarita, California, Estados Unidos. Su padre, Carlos Hayes, tenía un pequeño taller de zapatería heredado de su abuelo, de esos negocios que siguen abiertos más por costumbre que por necesidad. Su madre, Milagros Fernández, cosía para vecinos y un par de tiendas del centro. Entre los dos armaron una vida estable, sin sobresaltos. La infancia de Gabriel fue tranquila. Demasiado tranquila, si hay que ser honesto. Santa Clarita no es una ciudad que invite al caos: colegios decentes, parques cuidados, vecinos que se saludan por nombre. Creció yendo a la escuela, ayudando a su padre los sábados a ordenar hormas y cordones, viendo a su madre coser hasta tarde con la radio puesta. No hubo tragedias ni golpes de suerte. Solo años parecidos entre sí, uno detrás del otro. Terminó la secundaria sin saber qué hacer con su vida. Probó un semestre de cajero en un Seven y lo dejó. Trabajó unos meses en un local de repuestos de auto y también lo dejó. No era flojera. Era más bien que nada lo enganchaba del todo, y que la ciudad donde había nacido empezaba a sentirse como una sala de espera. A los veinte ya tenía esa sensación incómoda de estar de más en su propia vida. La decisión de irse no fue un arranque ni una pelea. Fue al revés: una noche, sentado a la mesa con Carlos y Milagros, les dijo que no encontraba rumbo, que sentía que se quedaba atrás mientras todos a su alrededor tenían algo claro. Sus padres lo escucharon sin apurarlo. Carlos le dijo algo que Gabriel todavía repite cuando alguien le pregunta por qué se fue: que quedarse en un lugar solo porque es conocido no es lo mismo que quedarse porque ahí hay algo para uno. Milagros, más práctica, le armó una bolsa de viaje esa misma semana. Los Santos quedaba a un par de horas. Tenía trabajo, tenía gente, tenía algo que Santa Clarita ya no le ofrecía: la posibilidad de equivocarse en grande, de probar algo distinto. Se fue sin plan armado, con algo de plata ahorrada y la idea vaga de "ver qué sale". Cumplió 21 ya instalado en la ciudad, prácticamente solo, conociendo gente nueva más por necesidad que por ganas. En cuanto a cómo es: a Gabriel le resulta fácil caer bien. Tiene esa cosa de hablarle a cualquiera como si lo conociera de toda la vida, de prestar atención de verdad cuando alguien le cuenta un problema. Se acuerda de detalles tontos, el nombre del perro de alguien, que tal persona no toma alcohol. Esa parte la sacó de su madre, dice él. Pero hay un costado más filoso que se le formó con el tiempo, y no fue gratis. En el pasado tuvo más de un problema por dar vueltas a la hora de decir las cosas, por suavizar demasiado lo que pensaba para no incomodar a nadie. Terminó metido en malentendidos que podría haberse ahorrado si hubiera hablado claro desde el principio. Aprendió la lección a las patadas. Ahora, aunque sigue siendo el mismo tipo cálido de siempre, cuando hay algo importante de por medio prefiere decirlo directo, aunque suene incómodo en el momento. No es brusquedad. Es que ya se cansó de los malentendidos que nacen de no animarse a hablar claro. Llegó a Los Santos buscando, más que nada, un lugar donde de verdad sintiera que estaba pasando algo. Todavía no sabe en qué va a terminar todo esto. Pero por primera vez en años, no se siente como si estuviera esperando a que la vida arranque. Luego de llegar a Los Santos, , actualmente con 21 años, comenzó a dedicarse al rubro de la mecánica, en los talleres comunitarios con la empresa Bigness Custom. Y ahora busca una nueva oportunidad en la ciudad, con algo que realmente le interesa, las oposiciones del LSPD