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Nombre: Vivian Morningstar Edad: 30 años Altura: 1,80 m Origen: Argentina Residencia: Los Santos Cabello: Rizado, con un tono rojizo oscuro Ocupación pública: Mecanica Pasión: Automóviles, motocicletas y motores
Vivian Morningstar nació en Argentina, pero su historia realmente comenzó cuando dejó atrás su país junto a sus padres y su hermano para buscar aquello que tantas familias persiguen cuando deciden empezar de cero: una vida mejor.
Los Santos debía ser una oportunidad.
Terminó siendo una prueba.
La separación de sus padres cambió el rumbo de su vida. Vivian quedó bajo el cuidado de su padre, un hombre sencillo que trabajaba en un pequeño taller mecánico. Allí, entre motores, herramientas y vehículos que llegaban destrozados para salir nuevamente a las calles, Vivian encontró algo que jamás volvería a perder.
La pasión por los motores.
Mientras otras personas soñaban con casas grandes, dinero o una vida cómoda, Vivian soñaba con coches.
Aprendió a reconocer un motor por su sonido, a entender una máquina por sus vibraciones y a ensuciarse las manos sin quejarse. Su padre terminó dejándole un viejo Weevil, probablemente uno de los pocos bienes que realmente significaban algo para ella.
Vivian no lo vendió.
Lo reconstruyó.
Lo modificó.
Lo convirtió en un hot rod que terminó siendo mucho más que un automóvil.
Era un pedazo de su pasado convertido en metal.
Pero Los Santos tiene una forma particular de enseñar sus lecciones.
Y Vivian aprendió pronto que trabajar duro no siempre era suficiente.
El dinero comenzó a escasear y las oportunidades legales no alcanzaban.
Primero fueron pequeños trabajos.
Después llegaron personas equivocadas.
Y finalmente llegaron negocios que no podían aparecer en ningún papel.
Vivian comenzó a moverse dentro del mundo criminal y terminó involucrándose en el tráfico. Al principio, el dinero parecía ser la respuesta a todos sus problemas.
Después descubrió que cada billete tenía un precio.
Y algunos precios se pagaban con sangre.
Sus negocios crecieron.
También lo hicieron sus enemigos.
Los arrestos comenzaron a formar parte de su rutina. Vivian conoció las celdas de Los Santos más veces de las que le gustaría admitir. Cada vez que salía, regresaba un poco más fría, un poco más desconfiada y considerablemente más cuidadosa.
La cárcel no consiguió detenerla.
Solo consiguió enseñarle a no cometer dos veces el mismo error.
Uno de sus clientes terminó ofreciéndole un viejo Seabreeze.
Para muchos habría sido un avión viejo.
Para Vivian fue una oportunidad.
El mundo del crimen tenía fronteras, pero el cielo y el mar ofrecían rutas que pocos podían controlar. El Seabreeze comenzó a ser utilizado para mover mercancía lejos de las miradas indiscretas y expandió considerablemente el alcance de sus operaciones.
Mar y aire.
Dinero y mercancía.
Riesgo y libertad.
Vivian comenzó a comprender que sobrevivir en Los Santos no consistía únicamente en tener contactos.
Consistía en saber cuándo utilizarlos y cuándo desaparecer.
Después de años de negocios, arrestos, pérdidas y oportunidades, Vivian consiguió algo que alguna vez parecía imposible.
Una vida cómoda.
Ahora reside en una de las zonas más exclusivas de Los Santos: Vinewood.
Desde fuera, todo parece perfecto.
Una joven empresaria.
Una mujer elegante.
Una residente de una torre con vistas privilegiadas de la ciudad.
Una vida completamente alejada de las calles.
Pero esa es precisamente la idea.
La fachada de empresaria le permite moverse entre personas que jamás sospecharían de su pasado. Reuniones, negocios y eventos sirven como una máscara cuidadosamente construida.
Porque Vivian aprendió hace mucho tiempo que la mejor manera de esconder algo es ponerlo delante de los ojos de todos.
Sin embargo, el lujo nunca consiguió cambiarla.
Vivian nunca olvidó el barrio.
Nunca olvidó a las personas que estuvieron con ella cuando no tenía dinero, contactos ni un apartamento con vistas a Los Santos.
Continúa estando presente para los suyos.
Ayuda cuando puede.
Devuelve favores.
Y recuerda absolutamente todo.
Para Vivian, la lealtad está por encima del dinero.
El dinero desaparece.
Los negocios terminan.
Las personas cambian de bando.
Pero alguien que estuvo contigo cuando estabas en el suelo merece que recuerdes su nombre cuando finalmente estás de pie.
Por eso, a pesar de vivir en Vinewood, Vivian continúa teniendo un pie en las calles.
Sigue siendo una chica de barrio.
Una pandillera.
Una mujer que prefiere el rugido de un motor al silencio de una oficina.
Con sus 1,80 metros de altura, cabello rizado de un profundo tono rojizo y una presencia difícil de ignorar, Vivian Morningstar no necesita levantar la voz para hacerse notar.
Su apariencia puede haber cambiado.
Su situación económica también.
Pero debajo de esa imagen existe la misma mujer que aprendió mecánica junto a su padre.
La misma que convirtió un viejo Weevil en una extensión de su personalidad.
La misma que recorrió las calles buscando oportunidades.
La misma que terminó aprendiendo demasiado sobre el crimen, la traición y la supervivencia.
Los coches y las motocicletas continúan siendo su refugio.
Cuando todo se vuelve demasiado ruidoso, Vivian vuelve al lugar donde siempre se sintió cómoda: detrás de un volante, con un motor rugiendo frente a ella y la ciudad extendiéndose por delante.
Porque podrá vivir en Vinewood.
Podrá vestir como una mujer elegante.
Podrá moverse entre gente poderosa.
Pero hay cosas que ni el dinero, ni los años, ni los negocios pueden cambiar.
Vivian Morningstar sigue siendo una mujer de barrio.
Una mecánica de corazón.
Una amante de los motores.
Una mecanica con demasiados secretos.
Y alguien que aprendió hace mucho tiempo que en Los Santos la lealtad tiene un precio, la traición tiene consecuencias y todo el mundo guarda algo que no quiere que salga a la luz.
La diferencia es que Vivian ya aprendió a guardar los suyos.!