Brety Kolbeck



  • Brety Kolbeck “El Calvo”.
    Nacido el 10 de julio de 1988 (32 años).

    Breve historia del personaje:

    Brety Kolbeck “El Calvo” es un hombre aparentemente normal, un civil, educado y simpático y obsesionado con la legalidad. Quiere unirse al cuerpo de policía de Los Santos para mantener el orden en la isla y combatir el crimen. Tiene una conducta intachable, un aspecto cuidado y un físico fuerte, ideal para formar parte de las fuerzas de seguridad. Pero precisamente es ese cuerpo musculoso, además del pelo casi rapado ¬–de ahí el sobrenombre– y las palabras en idiomas extranjeros que murmura de vez en cuando las que dan pistas de que tras esa fingida naturalidad se esconde un pasado muy distinto a su presente, plagado de errores que le acabaron costando muy caro y con una larga experiencia militar que le han llevado a ser lo que es hoy en día.

    Brety nació en Ibiza en 1988, de madre española, humilde, y padre noruego, militar. Cuando tenía apenas un año nació su hermana Vera, y poco después su padre les abandonó. Los dos hermanos pasaron una infancia solitaria, ajenos a las dificultades que pasaba su madre para sacarlos adelante, y fue en la adolescencia cuando se dieron cuenta de que podían contribuir a la economía familiar con pequeños hurtos.

    A medida que crecieron, también lo hicieron esos robos, que se convirtieron en grandes atracos y les abrieron las puertas a una peligrosa banda internacional de tráfico de drogas. El dinero que consiguieron trajo consigo estabilidad económica, pero a la larga también llevaría la peor de las desgracias a la vida de Brety, la muerte de su hermana Vera a manos del cártel. Los dos hermanos habían vivido más de 20 años siendo uña y carne, junto a su madre, y ahora Brety se veía abocado a huir de todo lo que conocía tras vengar el asesinato de Vera con otro crimen de sangre.

    Protegido por la legión y lejos de su país, Brety pasó diez años combatiendo el crimen organizado en Kosovo. En ese tiempo su vida cambió por completo y recuperó los valores nobles que su madre le había transmitido. Su aspecto físico se vio alterado, motivado a partes iguales por la estética legionaria y por la necesidad de ocultarse. Pero la mutación más destacada fue sin duda la de su carácter. La rígida disciplina del cuerpo militar hizo crecer en él una exacerbada obsesión por la ley y el orden, que escondía una necesidad de limpiar su consciencia tras la muerte de su hermana, de la que se sentía responsable.

    Ahora, con 32 años, Brety “El Calvo” anhela estar junto a su madre, darle la vida que siempre ha merecido, pero para ello tiene que conseguir que Los Santos sea una ciudad tranquila, libre de criminales. Lo hará de la única forma que ahora conoce: la legalidad. Y tendrá que ocultar su pasado, que sin embargo se verá inevitablemente reflejado en sus actos y su carácter. Será una persona amable pero reservada, con dificultad para establecer relaciones de confianza, que perseguirá su objetivo de que todo se haga como debe hacerse. Y a su vez, continuará con su meticuloso ritual cada vez que la justicia caiga con toda su fuerza sobre un criminal y se acerque un poco más a su propósito.

    Historia de Brety Kolbeck:

    “Thank you, it was delicious, see you next week”, se despidió Brety Kolbeck de la camarera del único restaurante mexicano a 100 kilómetros a la redonda. Ella le devolvió una sonrisa educada. “Lamtumirë”, adiós en albanés, le dijo. Él correspondió arqueando ligeramente los labios, el ritual de cada semana. La camarera no entendía inglés, él no hablaba el idioma local, pero esa sonrisa inocente y ese burrito eran dos de las pocas cosas agradables que Brety tenía en su vida. El joven, alto y con el pelo tan corto que apenas dejaba ver el color, salió del local y condujo en la oscura noche kosovar hasta el pequeño cuartel militar de montaña en el que llevaba un año junto a sus compañeros de la legión.

    Realmente ese burrito no tenía nada de especial, estaba lejos de ser delicioso. Pero lo que podía parecer un gusto peculiar y un tanto obsesivo por un alimento escondía el recuerdo de una vida anterior, de un Brety joven, alocado, divertido y que, a pesar de las terribles dificultades de su infancia y adolescencia, era feliz. Y esa felicidad tenía un nombre: Vera Kolbeck, su hermana.

    Brety nació una calurosa noche de julio en Ibiza, donde su padre, un coronel del ejército noruego llamado Björn Kolbeck había encandilado a una joven cocinera española de uno de los innumerables garitos de la playa. Cuando Brety apenas gateaba, su madre Montserrat volvió a quedarse embarazada, y antes de que el pequeño empezara el colegio, su padre, que nunca había mostrado demasiado interés ni en él ni en su hermana, se fue. Montserrat, que había dejado de trabajar poco antes de que Brety naciera, volvió a su antiguo oficio con un turno doble, que apenas les permitía sobrevivir en un lugar con un coste de vida tan elevado.

    Los dos hermanos crecieron entre la escuela y el restaurante de cocina internacional donde trabajaba su madre. Allí pasaban las tardes, los fines de semana y las vacaciones, viendo como los turistas con alpargatas menorquinas, camisetas de equipos de fútbol ingleses y sombreros mejicanos devoraban paellas, pizzas, burritos y enormes jarras de cerveza sin que realmente les importara donde estaban. En ese lugar aprendieron palabras en muchos idiomas, disfrutaron del plato estrella de Montserrat, los enormes burritos no muy picantes y bien cargados de carne, y Brety se dio cuenta de lo fácil que era sacar la cartera del bolsillo de los extranjeros borrachos y no tener que pedirle dinero a su madre para comprar golosinas.

    Cuando se hacía de noche, Montserrat mandaba a sus hijos a casa, y en la oscuridad del camino y en la soledad del humilde apartamento donde vivían, Brety cuidaba de Vera como solo saben hacer los hermanos mayores. Su madre nunca se casó y no hubo ninguna figura paterna en su infancia, pero sí que pasaron varios hombres por aquella casa. Al principio los dos hermanos se ilusionaban, pero poco a poco se dieron cuenta de que ninguno duraba demasiado y dejaron de prestarles atención. Crearon una coraza en la que solo dejaban entrar a su madre cuando tenía algún día libre, y tras esa fachada de niños introvertidos en público guardaron los valores que les transmitió su madre, la buena educación, la amabilidad, la simpatía y el buen humor.

    A medida que fueron creciendo, cuando pasaron de la escuela al instituto, empezaron a darse cuenta de que las buenas sensaciones que transmitía su madre eran también una máscara que escondía lo mucho que le costaba sacar a su familia adelante. Una tarde, cuando Brety volvía a casa vio a un grupo de jóvenes turistas. No le llamó la atención el escándalo que estaban montando, nacer en Ibiza te hace inmune a eso, sino las camisetas que llevaban, todas a juego, con grandes piruletas. Recordó las golosinas que compraba con lo que cogía de los bolsillos de los borrachos del restaurante y entonces su vista pasó a una mochila que habían dejado sin vigilancia a un lado del paseo marítimo. Sin pensarlo dos veces miró a lado y lado, vio que todo el mundo estaba pendiente de la especie de baile que intentaban hacer los turistas, se puso la mochila a los hombros y se marchó de allí con paso decidido.

    Llegó a casa a paso acelerado pero sin correr, y solamente en su habitación, junto a su hermana, respiró tranquilo. Vera nunca cuestionaba a su hermano, y tampoco lo hizo esa vez. Abrieron juntos la mochila y entre las gafas de sol, una botella de agua y una toalla encontró una guía turística de Ibiza. A Brety le llamó la atención lo que parecía un papel que sobresalía entre las páginas y allí, sin esperarlo, apareció un sobre lleno de billetes. Debía haber más de 500 euros, entre billetes de 20 y 50, sin duda algo preparado para pasar una noche en alguna de las discotecas de la isla a principios de los años 2000, cuando aún no estaba tan extendido el uso de las tarjetas de crédito.

    Aquel tesoro inesperado era lo que un joven Brety necesitaba para no rendirse a la vergüenza que suponía aquel robo improvisado e impulsivo. Solamente podía pensar en las horas que tenía que trabajar su madre para ganar tanto dinero y en las semanas que comerían con aquello. “Vamos a por más”, dijo su hermana. Y las palabras de Vera no hicieron más que confirmar la parte positiva de todo aquello, aunque Brety tuvo un momento de reflexión en medio de la euforia. “Le diremos a mamá que he encontrado trabajo en una cadena de comida rápida”, decidió.

    En los siguientes años los dos jóvenes se convirtieron en expertos ladrones, y en sus últimos años de instituto, gracias a una vieja Vespino que compraron en el interior de la isla, pasaron de robar bolsos y carteras a poder huir de gasolineras y bares con el dinero de la caja en una mochila que Vera cargaba a la espalda mientras Brety conducía. Para cuando Brety alcanzó la mayoría de edad habían perfeccionado tanto su técnica que lo que robaban no les servía únicamente para ayudar a su madre, sino que podían permitirse la entrada a las discotecas más conocidas de Ibiza. Vera aún era menor, pero siendo una chica entraba sin problema en los locales, y fue por ella que la vida de Brety cambiaría para siempre.

    Una noche, mientras los dos hermanos estaban en la barra de la discoteca de moda celebrando su último atraco, una chica le hizo señas a Vera desde un reservado. La joven se acercó a las pequeñas escaleras que separaban esa zona del resto de la discoteca, le dijo algo al oído a la que parecía la mensajera de unos hombres que había sentados en unos grandes sofás de color granate y volvió a la barra a buscar a su hermano. “Quieren que entre, pero les he dicho que estoy contigo”. “Está bien”, contestó Brety, “ves si te apetece, pero si me necesitas, estoy aquí”. Para sus adentros se dijo que iba a estar pendiente de ella en todo momento.

    Aquello se repitió todo el verano, Brety y Vera pasaban un rato agradable charlando en la barra y en algún momento de la noche, ella entraba en el reservado y él observaba como su hermana hablaba con aquellos hombres del sofá. De todo lo que le contaba sobre sus conversaciones nocturnas nunca había nada destacable, pero él sospechaba que el dinero que permitía a esos hombres pagar por las botellas de Moët con bengalas que desfilaban cada rato hacia su mesa no podía tener un origen muy legal. Y su hermana debió pensar lo mismo, porque delicadamente fue extrayendo información hasta que dedujo que la droga de encima de la mesa que no se preocupaban por esconder no la compraban precisamente.

    Así fue como los dos hermanos dieron un paso adelante y sin retorno en su carrera como atracadores. Vera convenció a uno de los hombres, con el que parecía sentirse más cómoda, de que su hermano podía serles de utilidad. Por aquel entonces, se había convertido en un joven atractivo, con una marcada genética nórdica y un pelo largo y rubio, otrora alborotado, recogido en un elegante moño, una estética que le permitía pasar desapercibido en sus delitos. Y de esta forma pasó Brety de asaltar gasolineras a entrar en mansiones de lujo, robar coches deportivos haciéndose pasar por valet o engañar a señoras ricas con su aspecto impoluto y su buena educación. Y por desgracia, también a tontear con las drogas.

    Ahora, con 32 años, solo y lejos de su tierra, Brety sabía que aquello había sido su perdición, el principio del fin, pero con apenas la veintena tenía claro que si conseguía que su hermana se volviera a unir a él en los robos serían imparables. Los hombres que dirigían lo que claramente era una organización criminal a escala internacional solamente parecían querer a las chicas para hacerles compañía en las discotecas, pero tras muchos meses de ganarse la confianza de la banda, Brety finalmente pudo convencerles de que iba a ser mucho más efectivo junto a Vera.

    Y no les falló. En pocas semanas Vera volvió a coger el ritmo, y en menos de medio año ya eran conocidos como los mejores atracadores de la ciudad. La fachada de trabajador de cadena de comida rápida dejó de valerle a Brety para justificar las cuentas que pagaba para su madre, a la que veían cada vez menos, pero cuidaban cada vez más. Ahora se hacía pasar por responsable de sala de discoteca, algo que le permitía explicar tanto el dinero como sus noches fuera de casa. La euforia les envolvía tras cada atraco y las dificultades de la infancia parecía que habían quedado atrás definitivamente.

    Esa misma euforia fue la que empujó a Vera a dar un paso más, falsamente segura de sí misma, joven e inconsciente, y a espaldas de su hermano, que lo descubriría cuando ya fue demasiado tarde. Una noche, a la salida de la discoteca, mientras se despedían de los capos de la banda, Brety notó que su hermana se apoyaba en él. Se giró y vio sus ojos llorosos, fijos en el infinito. Tenía la boca entreabierta y la mano izquierda sujetándose el costado. Alrededor de su mano, en la blusa blanca que vestía esa noche, empezó a aparecer una mancha oscura. Uno de los traficantes se acercó a Brety y le susurró al oído: “Esto es lo que pasa cuando alguien hace negocios por su cuenta con nuestra mercancía. Tu hermana se creía muy lista. Feliz cumpleaños, Kolbeck”. Esa misma noche habían brindado juntos por los 22 años de Brety.

    Brety no recuerda lo que pasó después. E intenta no pensar demasiado en ello. Solo recuerda a su madre rota de dolor, un dolor que se hizo aún más grande al descubrir una carta de su hijo encima de la mesa del comedor.

    “Mamá, perdóname por todos estos años de mentiras. Tú me enseñaste a pedir perdón si me equivocaba. Pero sobre todo, perdóname porque he tenido que hacer algo mucho peor. El que nos ha hecho esto ya no respira.
    Ahora tengo que irme. Por tu bien es mejor que nadie sepa que eres mi madre, y por eso lo más seguro es que me vaya lejos. No te preocupes por mí, estaré bien. Y te juro que voy a ser la persona que debí haber sido desde el principio.
    Te quiero.”

    Las palabras de Brety no eran en vano. Todos estos años no había sido consciente de los peligros del camino que había tomado. Una decisión había seguido a la otra, y paso a paso había pasado de robar para comprar golosinas a meter a su hermana en un mundo del que no pudo salir, y a cargar sobre su espalda no solamente con todos esos atracos, sino con el asesinato del verdugo de su hermana y de otro miembro de la banda que iba con él. Y ahora era un fugitivo, no de la justicia, que nunca le había atrapado, sino de los que, por mucho que le doliera, eran como él.

    Mientras se alejaba de su Ibiza natal camino a la península pensaba en su madre, en cómo debía sentirse. Él había perdido a su hermana, y en cierta manera se había vengado, pero su madre les había perdido a los dos. Ella estaba a salvo, la banda nunca había sabido dónde vivían, pero él todavía no. ¿Dónde podía ir sin llamar la atención? Los guardias del puerto le hicieron recordar a su padre, militar de profesión, algo que le había permitido viajar, alejarse de su hogar y empezar una nueva vida, y eso le dio una idea. Se alistaría en la legión. Debía convertirse en alguien solitario, había vivido una infancia siendo introvertido así que no le costaría, y tenía que asegurarse de que no entablaba amistad, y menos relación cercana, con nadie, para evitar que le encontraran.

    Diez años después, Brety parecía otra persona. Aquel moño rubio había desaparecido, ahora sus compañeros le llamaban “El Calvo” porque le habían conocido sin un solo pelo, rapado al mínimo en la legión. Además, tantos años de entrenamiento y misiones le habían hecho pasar de ser delgado a tener un físico musculoso e imponente, ayudado de su altura de herencia nórdica. Pero no solamente había cambiado su aspecto, su vida había dado un giro de 180 grados y su personalidad recordaba más a la de aquel niño reservado, educado y simpático que al joven maleante que acabó siendo.

    Todas esas cualidades positivas eran las que su madre les había inculcado, que habían estado años ocultas, pero que la legión había vuelto a hacer surgir con su rígida disciplina. Después de tres años protegido tras los muros en Melilla llegó su primera misión internacional y fue destacado a Kosovo, donde la armada española mantenía misiones de paz tras las guerras yugoslavas. El dominio del inglés que le habían proporcionado tantos años en Ibiza le sirvió sin proponérselo para ser el indicado para el extranjero, y aquello le dio más protección de la que había esperado.

    Además de esa seguridad de saberse lejos de sus enemigos, en Kosovo Brety encontró algo que le motivaba para seguir adelante, más allá de la mera supervivencia. El país, inestable tras tantos años de conflicto, sufría una inacabable plaga de crimen organizado, bandas y mafias, que le recordaban a los momentos más oscuros de su vida. Cada vez que veía a una chica joven, especialmente si tenía una edad parecida a la suya, a la que tendría su hermana si estuviera viva, se repetía que tenía que protegerla como no había podido hacer con Vera. Y el uniforme militar le permitía hacerlo de la única forma que ahora concebía: legalmente.

    Junto a sus compañeros perseguía a los criminales, y normalmente las misiones solían acabar con varios delincuentes balcánicos muertos. Eran enfrentamientos muy violentos, el pasado bélico de la región era innegable, pero eso a él no le daba ningún miedo. Motivado por una obsesión por la ley y el orden que había desarrollado en su década de carrera militar, no dudaba en apretar el gatillo, o incluso usar el cuchillo, pero solamente lo hacía cuando tenía clara la faceta criminal del hombre que tenía delante. Y una vez muerto, murmuraba “Lamtumirë”. Esa facilidad para los idiomas nunca le abandonaba.

    Siempre había sido una persona ordenada, pero la protección que le brindó la legión le hizo desarrollar una fijación un tanto enfermiza por el orden y se convirtió en una persona muy meticulosa. Tras su primera muerte en Kosovo, instintivamente se tatuó una pequeña línea negra en el antebrazo, con reminiscencias a las lágrimas que había visto tatuadas en las caras de algunos de sus antiguos compañeros de la banda en Ibiza. Y siguió añadiendo marcas por cada uno de los criminales a los que personalmente ajusticiaba. Hasta que descubrió que algunos de ellos pertenecían a bandas organizadas, y eso le hizo nacer un sentimiento nuevo.

    Tras la muerte del asesino de su hermana, al no ver su dolor calmado, nunca más le motivo la venganza. Todo lo que hacía, lo hacía para mantener el orden y para asegurarse de que nada se salía de la legalidad. Pero al darse cuenta de que algunos de los hombres que mataba podrían haber sido el asesino de su hermana, decidió llevarse consigo algo más que un tatuaje. Otros calmaban su sed de venganza haciendo cosas horribles. Él simplemente empezó a arrancar un diente a todos los criminales que mataba y que sabía que pertenecían a una banda de traficantes de armas, drogas o personas, puesto que todo ello le recordaba a su momento más oscuro. No sin antes despedirse de ellos en albanés.

    Además de las oscuras líneas, Brety llevaba varios tatuajes más. Algunos, invisibles, solo percibibles en ocasiones en forma de ansiolíticos y medicación para las alucinaciones y cambios puntuales de personalidad, la factura por tantos años de dolor. Y otros, de tinta, ocultos por el uniforme militar, pero que recordaban su constante sufrimiento. Por un lado, la cara de su hermana con una rosa negra en una pierna, y en la otra, el nombre de su madre. A su madre le escribía cada semana, y la legión le hacía llegar algunas respuestas de vez en cuando, puesto que nadie conocía la ubicación de esa misión, solamente sus superiores.

    Después de diez años alejado de ella, las palabras de ánimo que Brety mandaba a su madre junto a la promesa de seguir estando bien empezaron a convertirse en un anhelo de reunión. La había echado de menos desde el primer día, pero poco a poco, con el pasar del tiempo, se había ido dando cuenta de que había cambiado, y ahora podía ser capaz de darle a su madre la vida que nunca había podido tener. Una vida similar a la que le daba cuando robaba, pero de forma lícita. Ahora era un militar, un agente del orden, sabía que podía hacer el bien y cómo hacerlo, y, por qué no, tal vez podría hacerlo cerca de su madre algún día.

    Sin embargo, para ello tenía que salir de la férrea legión y establecerse en un lugar donde nadie le conociera y al que, tras lograr prosperar, pudiera llevar a su madre con él para que la mujer pudiera envejecer sin preocupaciones. Iba a ser un camino largo, pero por suerte no tenía nada que perder. No tenía amistades, apenas compañeros militares que siempre habían sido cordiales con él, y solamente le echaría de menos la camarera del restaurante mexicano al que se escapaba en su noche libre. Consigo se llevaba su “Lamtumirë” y la certeza de que, si en su nuevo destino podía confiar en alguien, sería solamente en sus compañeros de trabajo y tal vez en alguna camarera, quién sabe si experta en burritos.

    Las aspiraciones y el papel de Brety en Los Santos:

    Brety Kolbeck, de 32 años, conocido en los últimos años como “El Calvo”, llega a Los Santos como un simple civil, con el objetivo de llegar a ser policía para perseguir a los delincuentes. Le motiva su obsesión por la ley, y no contempla otra vida que no sea la de ser agente del orden.

    Tras este admirable objetivo se esconde un pasado tortuoso y un deseo oculto, que a su vez es su objetivo real: llegar a ser policía secreto para poder combatir a las mafias, por las que siente un odio extremo. Eso le permitirá convertir a Los Santos en un lugar seguro y adquirir el estatus necesario para darle a su madre la vida que nunca ha podido tener: una vida tranquila y acomodada en la que no faltarán todos los lujos, coches y mansiones que no tuvo en su infancia y que conoció en su juventud.

    Todo ello tendrá que hacerlo protegiendo su verdadera identidad y su historia, y podrá lograrlo gracias a su pasado militar, que ha dado un vuelto a su aspecto físico y a su forma de ser. Demostrará su destreza con las armas y su enfermiza obsesión por hacer cumplir la ley, y eso le permitirá ganarse la confianza de las fuerzas y cuerpos de seguridad de la isla.

    Su personalidad tranquila y educada le ayudará a pasar desapercibido, y solamente sociabilizará con aquella gente que tenga muy claro que no le va a fallar. En el pasado estos fueron sus compañeros en la legión, así que seguramente ponga su confianza en sus compañeros de trabajo, y tal vez pueda establecer amistad con alguna camarera.

    De su infancia, lleva consigo su buena educación y su simpatía innata. De su juventud, los errores que le hicieron llegar a ser lo que es hoy. Y de sus años en Kosovo, la experiencia, su destreza, una bolsita llena de dientes y un “Lamtumirë” a modo de despedida.


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