++ $t("links.title") ++
Your browser does not seem to support JavaScript. As a result, your viewing experience will be diminished, and you may not be able to execute some actions.
Please download a browser that supports JavaScript, or enable it if it's disabled (i.e. NoScript).
me llamo yorleison cuadrado berrio tengo 30 años de nacionalidad colombiana. mido 160 de tes morena ojos cafes cabello negro corto mi madre se llama flor berrio tiene 50 años y mi padre se llama emilio cuadrado tiene 55 años ambvos padres de nacionalidad colombiana. : La infancia, con el paso del tiempo, se vuelve un pasaje oscuro de nuestra vida. Nuestro principal aliado para llegar a ella, la memoria, nos suele fallar, y al mirar hacia atrás encontramos una vida con historias que no estamos seguros en qué momento situar, o incluso a veces no estamos seguros de si las vivimos o no; pueden perfectamente ser pensamientos inventados, algo que nos contó o vivió otra persona, o incluso algo que vimos en televisión o leímos. Parece a simple vista que lo que podemos decir de nuestra propia infancia es poco, pues aparentemente nadie puede acceder a estos recuerdos; ni nosotros mismos podemos aspirar a más que tener un par de imágenes fugaces. Aun con toda esta dificultad, nos enfrentamos con nuestro pasado constantemente y vivimos en una permanente relación con nuestros recuerdos, los cuales sean o no difusos, luchamos por conservar de diversas maneras, habiendo quienes incluso se aventuran a plasmar en papel aquello de lo que tan poco saben. Este trabajo intenta hablar de la infancia desde la infancia misma, teniendo como objeto las autobiografías e intentando entrometernos en los propósitos y razones que motivan a escribir una autobiografía de infancia, y los sentidos que estas adquieren debido a la tensión del recuerdo y la ficción. Para llevar acabo tal cometido navegaremos entre las voces de diferentes filósofos que se han referido a la autobiografía y a la ficción. Además, para cerrar, recogeremos tres textos autobiográficos como objeto de estudio.
Palabras clave: memoria, infancia, filosofía, autobiografía.
Resumo: A infância, com o passar do tempo, se volta para um passado obscuro de nossa vida. Nosso principal aliado para chegar a ela, a memória, geralmente nos falha e, ao olhar para trás, encontramos uma vida com histórias das quais não estamos certos sobre em que momento situá-las, ou mesmo às vezes, não estamos seguros se as vivemos ou não; podem perfeitamente ser pensamentos inventados, algo que alguém nos contou ou que outra pessoa viveu, ou ainda, algo que vimos na televisão ou lemos. Parece, à primeira vista, que o que podemos dizer de nossa própria infância é pouco, pois aparentemente nada pode acessar essas lembranças; nem nós mesmos podemos pretender nada mais do que um par de imagens fugazes. Ainda com toda essa dificuldade, nos enfrentamos com nosso passado constantemente e vivemos em uma permanente relação com nossas recordações, as quais sendo ou não difusas, lutamos para conservá-las de diversas maneiras, existindo inclusive quem se aventura a capturar no papel aquilo sobre o que tão pouco sabe. Este trabalho procura falar da infância a partir da infância mesma, tendo como objeto as autobiografias e procurando entrar nos objetivos e nas razões que motivam a escrever uma autobiografia da infância, bem como os sentidos que esta adquire devido à tensão da recordação com a ficção. Para levar a cabo tal objetivo, navegaremos entre as vozes de diferentes filósofos que tem se referido à autobiografia e à ficção. Além disso, para concluir, traremos três textos autobiográficos como objetivo desse estudo.
Palavras-chave: memória, infância, filosofia, autobiografia.
Abstract: Childhood, with the passage of time, becomes an obscure passage of our lives. Our main ally to reach it, memory, often fails us, and when we look back we find stories that we cannot precisely place in time, or yet, sometimes, we cannot precisely tell if we've lived them or not; they may well be made-up thoughts, something that someone else once told us or lived, or even something we saw on television or read. At first sight, it seems there is little we can tell about our own childhood, for apparently no one can access memories of it; nor can we aspire to get more than a couple of fleeting images. Even with all this difficulties, we face our pasts constantly and live in a permanent relationship with our memories, which, being diffuse or not, we strive to retain in many ways, there being those who even venture to capture on paper the little they know. This work intends to talk about childhood from childhood itself, having autobiographies as an object and trying to get into the purposes and reasons that motivate people to write an autobiography of their childhoods, as well as the meanings they acquire due to the tension between memory and fiction. To carry out such a task we will sail among the voices of different philosophers who have referred to autobiography and fiction. Also, in the end, we will pick three autobiographical texts as an object of study.
Keywords: memory, childhood, philosophy, autobiography.
Autobiografía: infancia, memoria y olvido desde una perspectiva filosófica
Preguntarnos por el pasado y por la infancia
Hace un par de años encontré una foto mía en la cual se me ve, a los dos o tres años, comiendo tomate. Una banalidad que fácilmente podría haber pasado por alto, pero que logró remover lo más profundo de mis reflexiones. Yo, actualmente, no como tomate, no me gusta su sabor. Yo creía que sabía que no me gustaba el tomate. Yo pensaba que nunca me había gustado el tomate, pues no recordaba un solo momento de mi vida en que la afirmación "me gusta el tomate" hubiera sido verdadera. Pero de pronto me enfrenté a esta foto, a esa imagen de mí, que desarmaba una creencia aparentemente firme que tenía sobre mí misma, una creencia que si bien no cambia fundamentalmente quien soy, me abrió paso a preguntarme cuántas otras cosas desconocía de mí, y cuántas de esas cosas que desconozco están ocultas en mi infancia. Solemos decir que la memoria es frágil, pero desconocemos qué tanta significación tiene esto para nuestras vidas.
Desde que comenzó mi interés filosófico por la infancia en la academia universitaria, mi atención se ha detenido particularmente en las autobiografías. Siempre las leo con un dejo de incredulidad, preguntándome qué tanto de aquello allí escrito es cierto y qué tanto es producto de la imaginación de quien ha escrito. De esta forma surge también la pregunta acerca de quién es realmente el autor de la autobiografía, si es el niño que vivió todo aquello, y se hace presente como narrador al momento de revivir y rememorar mediante la escritura, y así, tanto los sentimientos expresados, como las vivencias recordadas, se relatan de manera prácticamente atemporal y vívida. O si, por el contrario, tales experiencias traídas al presente no son más que los recuerdos de un adulto cuyos sentimientos por lo narrado han pasado por el filtro del tiempo, que modifica y da nuevos sentires y sentidos al pasado. Mas preguntarse por la sinceridad y veracidad de una autobiografía puede llegar a ser una tarea inútil, pues es probable que ni el propio autor de la autobiografía sea capaz de responder a tal cosa.
El género autobiográfico suele verse bajo ciertos prejuicios. Es entendido como un escrito más bien personal, y generalmente no se toma en consideración al momento de estudiar el pensamiento de determinado autor. En las instituciones educacionales poco se leen las autobiografías, y en un curso tradicional de filosofía, donde por ejemplo se estudie a Rousseau, es más común que se lea su texto El contrato social en vez de Las confesiones. Las obras intelectuales de los autores prevalecen sobre las autobiográficas, restándole valor a éstas y desechando, muchas veces, el importante papel que juegan al momento de intentar conocer la completitud de un autor, pues éstos son más que entidades productoras y pensadoras de conocimiento racional, son también su pasado, sus experiencias, sus recuerdos y sus olvidos. No es tarea fácil emprender la delicada reconstrucción de nuestras vidas, decidir qué contar y qué omitir, haciendo de manera casi inevitable un juicio de valor sobre nuestras experiencias, contrastando unas con otras y viendo cuales han sido más importantes para nuestras propias vidas y de qué recuerdos podríamos prescindir.
La infancia, entendida aquí como un periodo temporal y cronológico en la vida de un individuo, es aquel trozo de nuestra existencia donde la reconstrucción autobiográfica se hace aún más difícil, pues lo que sabemos en primera persona es poco, y además ha pasado por el filtro del tiempo. Solo se conservan recuerdos poco precisos, que no son muy útiles al momento de querer rearmar y reconstruir la infancia. La autobiografía aparece como un esfuerzo e interés de rescate de la memoria: un reconocimiento del valor de aquello que está quedando en el olvido, un intento de traerlo al presente.
Nuestros años de infancia olvidados, inaccesibles prácticamente, parecen un fértil campo de anécdotas, las cuales nos causan risa, sorpresa o tristeza, pero pareciera que a veces no son más que eso; chispas de recuerdos difusos que solo valorizamos bajo la condición de anecdotario. Más allá de aquello, no sabemos cuánto podemos conocer y cuánto permanecerá oculto y misterioso ante nuestros ojos adultos. Y a aquellos quienes se han aventurado a averiguar más, a darle una nueva vida a su infancia mediante la narración autobiográfica, no tenemos más opción que creerles y confiar en lo que dicen, pero a la vez, tener unas sinceras dudas.
Entre memoria y olvido
Nuestro pasado actúa como una entidad, que de alguna manera siempre está latente en nuestro presente. Le llamo entidad, pues para Henri Bergson -filósofo francés que dedica parte de sus estudios a la memoria- no existe recuerdo que esté fuera de nuestra memoria, cada cosa vivida, pensada, deseada y sentida, desde incluso nuestra más remota infancia, está presente en la entidad del pasado. El inconsciente tiene fuerte incidencia en estos temas, pues mucho de lo que constituye nuestro pasado, se encuentra solo presente a nivel inconsciente (Bergson, 1977). Es muy poco lo que se hace presente de nuestro recuerdo, y la mayoría de nosotros y nosotras, los seres humanos, llevamos a cabo nuestras actividades con tan solo una leve y débil señal de nuestro pasado.
Para Bergson, el pensamiento está regulado por una mínima presencia del pasado, sin embargo, éste se hace presente con todo el esplendor de su fuerza, en forma de impulso, desde nuestros deseos y en las formas que actuamos. Es aquello en donde reina el inconsciente, donde actúa principalmente nuestro pasado, aquel pasado oculto a nuestra razón. Y es aquello que en general desconocemos de nosotros mismos, lo que conduce con mayor fuerza nuestro actuar impulsivo.
Mientras que el presente se define, por Bergson, como un "estado del cuerpo" (2013: 247), algo que actúa sobre nosotros y nos mueve al hacer, la memoria actuará principalmente como un motor que traerá al presente aquello que es útil para la percepción actual, y nos servirá para tomar decisiones. Presente y pasado se nos ofrecen complementarios desde esta perspectiva, pues mientras uno nos mueve, el otro nos ayuda a decidir cómo movernos. Sin embargo, la memoria no siempre nos será de tal utilidad, pues podemos comprobar en nosotros mismos cómo solemos perder recuerdos, pues sabemos que nuestra memoria es frágil. Bergson afirmará que es solo una pequeña parte de nuestro pasado con la que pensamos, "pero es con nuestro pasado todo entero, incluida nuestra curvatura de alma, como deseamos, queremos, actuamos" (1977: 48)
Las profundidades de la memoria son desconocidas, y nadie ha logrado penetrar hasta lo profundo de su ser. San Agustín de Hipona, filósofo medieval, autor de una obra autobiográfica como lo fueron las Confesiones, dice: "No soy yo capaz de abarcar totalmente lo que soy" (1974, 402). En esta frase se integra la memoria y el recuerdo en el ser, en una especie de construcción de mi ser-yo. Mas esta construcción del ser es inabarcable a nuestra propia consciencia de sí mismo.
El pensamiento agustiniano, planteará paradojalmente que lo único que escapa a la memoria, es lo que ya se ha olvidado, pero ¿cómo saber qué es lo que ya se ha olvidado, si ya se ha olvidado? Pareciera ser que podemos saber que no tenemos todo nuestro pasado con nosotros en la memoria, mas esto también es dudoso, puesto que no podemos penetrar hasta lo más profundo de ésta, y un recuerdo que parece olvidado, podría solamente estar muy escondido. Por otra parte, si es cierto que hay parte de nuestro pasado, sea pensamiento, sea imagen, que ya hemos olvidado, y de esta manera también se puede decir que hemos perdido, sucede entonces que habrá una parte de nuestro ser que siempre estará oculta y desconocida a nosotros mismos.
De la misma manera que para Bergson, Agustín también planteará que la memoria y los recuerdos de nuestro pasado; lo que hemos hecho, lo que hemos pensado y lo que hemos creído, se convierten en posibilitadores de mi accionar futuro. Mediante mis recuerdos puedo inferir qué cosas podrían suceder si hago tal o cual cosa. La memoria nuevamente se nos presenta como un posibilitador del accionar presente, destacando su utilidad al momento de decidir qué acción llevar a cabo en determinadas situaciones. Y nuevamente nos encontramos con el mismo problema que antes planteamos con Bergson. Ya que la debilidad de la memoria nuevamente se nos hace evidente y su utilidad para la toma de decisiones es puesta en cuestión. No podemos decidir teniendo presente la totalidad de los recuerdos, pues estos no los podemos traer a la memoria. Por tanto, no decidimos más que con una pequeña parte de nuestro pasado.
Sigmund Freud afirma en Psicopatología de la vida cotidiana que, de acuerdo con varias investigaciones, el primer recuerdo de la infancia surge a los seis meses de edad, mientras que, para algunos otros, es recién entre los seis u ocho años (1936: 56). Estos datos no sorprenden mayoritariamente. Los recuerdos de infancia surgen como pequeñas chispas; algo que pasó a los cuatro años de edad, o que pudo quizá ser a los dos. Luego algún otro recuerdo, situable entre los ocho o nueve años. En realidad, son pocos aquellos que pueden recordar con absoluta certeza sus años de infancia, el resto de los seres humanos damos saltos entre imágenes borrosas, que incluso nos pueden llegar a parecer ficticias, y a las cuales debemos generalmente aplicar un gran esfuerzo mental para situar en determinado momento de nuestras vidas. Sin embargo, ya avanzados en años, podemos crear un relato vital más coherente y más completo. Los espacios en blanco disminuyen considerablemente, y pareciéramos ser más dueños de nuestros pasados, de nuestros recuerdos.
Cuántas innumerables preguntas agolpan nuestras mentes al enfrentarnos a nuestro pasado en blanco. A qué se debe la pérdida de esos recuerdos de infancia, ¿acaso nuestras memorias no los consideran lo suficientemente valiosos o importantes como para hacerlos prevalecer? ¿O se debe solo a una debilidad humana de la que no nos podemos librar?
Para Freud la infancia está lejos de carecer de importancia a la hora de hablar de una persona. Estamos prácticamente determinados por condiciones de nuestro ser que desconocemos.
Estas afirmaciones, sin embargo, nos llevan casi naturalmente a evocar el cuento de Funes, el memorioso, de J.L. Borges, donde se nos presenta una realidad totalmente contrastante con la que vivimos de manera general, y que nos abre paso a preguntarnos cómo serían nuestras vidas, y cómo seríamos nosotros mismos, si tuviésemos la asombrosa capacidad de recordar con precisión y detalle cada mínima situación vivida.
Ireneo Funes es un personaje extraño, solitario, y desconocido. No podríamos afirmar que su extraña y vasta memoria lo haga un hombre feliz, pero tampoco se puede afirmar que, por el contrario, sea un hombre triste. Pero sí podemos vislumbrar su desesperación ahogada y que, así como permanece a oscuras en su habitación, desearía fervientemente poder oscurecer también su mente. Él se sabe dueño de una capacidad única y maravillosa. Mas añora silenciosamente el olvido.
¿Podríamos vivir sabiendo exactamente todos y cada uno de los miles y miles de recuerdos que componen nuestras vidas? ¿Es quizás el olvido de nuestras infancias una facilidad más que un problema? ¿Son esos "espacios en blanco" en nuestra mente necesarios para nuestra vida?
Para Friedrich Nietzsche, mientras los seres humanos celebran y se vanaglorian de su humanidad, a la vez ocultan el secreto anhelo de ser como los animales, y envidian su felicidad (1932). En De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida Nietzsche enfrenta y hace dialogar al humano y al animal, y los interroga acerca de su felicidad, mas para el animal es imposible responder la pregunta que le han hecho, o cualquier otra pregunta, pues a causa del olvido, olvida lo que quiere decir casi de forma simultánea al querer hablar. El humano se asombra ante esto, y a la vez se cuestiona a sí mismo su incapacidad de olvidar, su dependencia al pasado. "Envidia al animal que enseguida se olvida y ve cada instante morir de veras, volver a hundirse en la niebla y la noche y extinguirse para siempre" (Nietzsche, 1932: 697). Esta visión revela al animal como sujeto ahistórico, que se encuentra, de alguna manera, fuera del flujo temporal, y esto conlleva una sinceridad como modo de vida; el animal es completamente sí mismo en todo momento. Mientras que, por el contrario, el humano carga con el peso del pasado sobre sí, y esta carga aumenta cada vez más. El pasado nos molesta e incomoda, porque nos recuerda que somos imperfectos. Para Nietzsche solo la muerte nos puede librar de la carga del pasado, pero ésta, al presentarse, a la vez también nos quita el presente y la existencia.
Nietzsche define la existencia como un haber sido, y este haber sido vive de la negación, de la destrucción y la contradicción a sí mismo (1932). Para Nietzsche, quien no tenga tal capacidad de olvido no será feliz, ni podrá hacer feliz a otros. El peligro de no ser capaces de olvidar el pasado podría terminar por consumir nuestros presentes. Para saber hasta qué punto es necesario el olvido, hay que conocer algo que Nietzsche llama fuerza plástica, que es aquella fuerza de desarrollarse a partir de sí mismo, asimilando el pasado. Lo que nuestra naturaleza no sea capaz de dominar, hay que olvidarlo.
A pesar de lo anterior, Nietzsche afirmará que no todo se trata de olvidar, pues también hay una gran y evidente importancia en recordar, y un ser humano sano debe ser capaz de olvidar y recordar según sea necesario. Existe, aparentemente una idea de equilibro de la justa medida entre el olvido y la memoria, y es posible situar a la autobiografía, dentro de esa tensión.
Relatos desde el olvido y la memoria: autobiografía
Considerando los estudios de Georges Gusdorf, -filósofo francés- en Condiciones y límites de la autobiografía, podemos referirnos a la autobiografía como un género literario que no ha existido siempre en la historia ni es universal. La autobiografía, para existir, requiere de ciertos procesos históricos, y se vuelve un producto de cierta "civilización". La existencia de la autobiografía está condicionada por la propia toma de conciencia; la conciencia de sí, como sujeto histórico, lo que hace posible la creación autobiográfica. Este género está ligado a la revolución copernicana, donde el humano se hace parte de todo lo que sucede en el mundo.
Mediante la revolución copernicana, el ser humano se hace parte importante del mundo y la conciencia histórica lo hace descubrirse ante un presente y un pasado, y le permite situarse en un punto de la historia. El humano ahora se ve a sí mismo como sujeto incondicional de la historia humana y se da cuenta de que su vida es irrepetible y por lo mismo tiene un valor que pareciera ser intrínseco, y se hace digna, y sobre todo necesaria de ser narrada.