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19 años, de Los santos.
Primera etapa:
Nace en el seno de una familia humilde de color, en un barrio de Los santos. Su infancia empieza como la de una niña de barrio normal, aunque pronto empieza a desarrollar conductas extrañas, como una actitud posesiva, mucha imaginación y comentarios absurdos que pasan desapercibidos para sus padres al ser cosas típicas de edades tempranas. Nada llama la atención en ella hasta por lo menos los 9 años, que empieza a ver sombras pequeñas de niños y animales corriendo por la cocina y en su habitación, sus padres piensan que pueden ser imaginaciones suyas o los típicos amigos imaginarios que a veces inventan los niños, a pesar de que su edad ya era un poco avanzada para empezar a tener amigos imaginarios. Dos años más tarde su madre tiene una charla con ella, porque ya tenía 11 años y ella seguía obsesionada con sus amigos imaginarios. Al hablar en profundidad sobre eso, la señora Harper descubrió que el asunto era más serio de lo que habían pensado, eran alucinaciones, los niños tenían todos nombres de colores y cada uno de ellos poseía una personalidad y un estado de ánimo asociado. Y lo más raro de todo, era que su niña realmente veía esas sombras o lo que fueran, para ella eran completamente reales, y se comunicaba con esas alucinaciones, salvo con uno de los niños que no hablaba. A raíz de esa conversación, descubrió que también sufría de alucinaciones auditivas, al parecer, su hijita Leah venía oyendo voces desde que era muy pequeña, pero solían aparecer cuando esta iba a la cama y estaba a punto de dormirse, justo cuando nadie la escuchaba y les respondía en voz baja, o en situaciones puntuales del día a día.
Obviamente la llevaron a hablar con un psicólogo, este les confirmó lo que sospechaban y la derivó a un psiquiatra infantil, empezaron a tratarla poco a poco con dosis pequeñas porque todavía era muy joven. Al principio no opuso resistencia y accedió a tomar la medicación para que las voces la dejasen dormir por las noches y para no ver más al ratón que la atormentaba por la cocina. Todo fue bien, las alucinaciones cesaron un poco los primeros meses, pero la niña se sentía adormilada y cansada con el paso del tiempo a causa de la medicación. A pesar de eso la siguió tomando a la fuerza, aunque ya no le gustaba.
Un año después, comenzó a juntarse con chavales mayores que ella a los que les gustaba delinquir, sentía que debido a su problema encajaría mejor con otra gente problemática que con blanquitas pijas que la iban a juzgar por ser rara. Así empezó a codearse con chavales de familias desestructuradas. Influida por esa actitud de rebeldía dejó la medicación a los 13 años, pero haciendo creer a sus padres que la seguía tomando mediante engaños.
Y es así, como terminó sufriendo un brote muy fuerte que la dejó exhausta y muy confundida, con una crisis tremenda de llantos y agresividad durante la cual solo repetía que su cabeza la iba a matar. Sus padres, desesperados ante el intratable estado de su hija, que parecía estar pasándolo muy mal, tuvieron que internarla en un centro médico por su propio bien, temerosos de que pudiera dañar a alguien sin querer o dañarse a sí misma en plena crisis, además porque no parecía ser capaz de salir de ese estado tan lamentable y peligroso por ella misma, solo la ayuda médica podría tranquilizarla.
Fue ingresada en la planta de psiquiatría del hospital de Los santos, y tras varios años se considera que la paciente ha aprendido a valorar la importancia de su medicación, habiendo finalizado su tratamiento en el hospital de manera satisfactoria y habiéndose ganado la simpatía y el cariño del personal médico a su cargo durante estos años, recibe el alta médica con la seguridad de que está rehabilitada y es apta para llevar una vida normal.
Con 19, habiendo pasado la mitad de su adolescencia en un hospital y la otra mitad bajo los efectos de la medicación o de otras sustancias. Leah, se enfrenta al mundo con afán de aprendizaje y curiosidad por lo cambiada que está su ciudad tras tantos años encerrada, aunque un poco perdida y sin saber cómo va a ganarse el sustento.
...
Segunda etapa (Apocalipsis):
Mientras intenta hacerse un hueco en la ciudad, un día se despierta con la sensación de que todo estaba diferente, lo primero que ve es una gasolinera ardiendo con un cadáver en el suelo. Leah tiene una sensación tan surrealista y de despersonalización que se siente como en mitad de un apocalipsis. Se lo comenta a las pocas personas con las que se cruza por la calle, pero ellos no han visto ningún apocalipsis y nadie parece creerla.
Saturada por tanto vacío y tanta incomprensión, la joven coge un avión con la intención de buscar su hueco en otra ciudad, pero el avión sufre un terrible accidente, Leah sale despedida del avión con un paracaídas y aterriza de morros en mitad de una tormenta sobre un campo empantanado por la lluvia. Se levanta y camina torpemente hacia una especie de base militar que capta su atención en mitad de la noche con toda esa luz que desprendía. Los militares la dejan entrar, justo después de que una especie de zombi se le echase encima y ella tuviera que rebajarlo a puños. La armada le cuenta que hay un apocalipsis zombi y que están por todas partes, la única zona segura es esa base.
Leah camina desorientada y confundida, empapada y asustada por la base de los militares sin saber cómo sobrevivir, va pidiendo comida y agua a algunos supervivientes con los que se cruza y se mueve cabizbaja por la zona sin comprender lo que está pasando. Hasta que de pronto, un chico se le acerca con actitud amistosa y trata de ayudarla. Se llamaba Sombra. Por algún motivo a Leah le resultaba familiar ese nombre. Ella le pregunta por el apocalipsis y se enamora de él al instante al ver que no la trata como a una loca, sus palabras de que el apocalipsis es muy real se gravan en la mente esquizofrénica de Leah que al fin se siente comprendida por alguien. Hacen buena amistad y él le presenta a su grupo de amigos y a su hermana.
Continuará…