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Lyon Tyler nació y creció en el corazón de South Central, Los Ángeles, un barrio donde las oportunidades se medían en sobrevivencia y las calles eran un campo de batalla constante. A los 14 años, Lyon ya era conocido en su cuadra. Su nombre resonaba por su actitud desafiante y una habilidad nata para abrirse paso en el peligro. Nunca formó parte de una pandilla directamente, pero conocía bien a los grandes grupos de su barrio, quienes de vez en cuando le conseguían marihuana a un mejor precio.
Su primer tatuaje fue un pequeño león en la muñeca, una señal de fuerza que sus amigos le dieron como apodo: "El León". Pero el más significativo llegó años después: un retrato de su mejor amigo, "Tecno", fallecido en un tiroteo que Lyon no pudo evitar. Lo lleva en el pecho, cerca del corazón, como un recordatorio de lo frágil que puede ser la vida en su mundo.
Las cicatrices físicas y emocionales de Lyon son tantas como las líneas de tinta en su piel. En su antebrazo derecho, tiene el nombre de su bloque en letras góticas, junto a un rosario que simboliza las vidas perdidas de sus amigos.
La prisión no era algo nuevo para él; su primera entrada fue por robo a mano armada cuando tenía apenas 18 años. Durante su tiempo en prisión, Lyon forjó un respeto peligroso por enfrentarse a otros reclusos en peleas que se convertían en espectáculos para los internos. Estas riñas lo convirtieron en una figura temida, pero también admirada. Para él, cada pelea era un mensaje: "No voy a ceder ni un centímetro".
Lyon sabía que el peligro era parte de su destino, pero también entendía que la lealtad hacia los suyos era lo único que lo mantenía de pie. Sus tatuajes eran más que arte corporal; eran su historia, su dolor y la memoria de aquellos que había perdido.
Un día, mientras estaba en prisión, Lyon recibió la visita de un hombre inesperado: Tom Tyler, un exitoso empresario de seguridad que había estado ausente la mayor parte de su vida. Lyon nunca esperó nada de su hermano, pero esa visita traería un giro inesperado a su historia.