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Hernán Muñoz o Chucu para sus conocidos, creció en una familia trabajadora, donde el esfuerzo y la honestidad eran valores fundamentales. Sus padres, obreros incansables, hicieron todo lo posible para darle un buen futuro, enseñándole desde pequeño la importancia del sacrificio y el trabajo duro. Sin embargo, el entorno en el que vivían estaba plagado de tentaciones y caminos peligrosos. Por circunstancias ajenas a su familia, Hernán empezó a desviarse del rumbo que ellos esperaban para él.
Desde adolescente, se movió en los márgenes de la legalidad. Primero fueron pequeños hurtos y encargos para los más veteranos del barrio, luego empezó a formar su propio nombre en el mundo del contrabando y los negocios clandestinos. Lo que para otros era peligro, para él era un desafío. Rápido con las palabras y aún más con las manos, pronto se convirtió en un intermediario confiable para aquellos que querían obtener algo sin hacer preguntas. Muñoz se mantiene con un perfil bajo, operando en los barrios marginales de Los Santos, donde las reglas las dicta la calle y la policía apenas se atreve a entrar. Se mueve entre talleres clandestinos, bares oscuros y callejones donde solo los que conocen el código sobreviven. Realiza robos y ventas ilegales, sin aspirar a más que a ganarse la vida en un mundo donde la ley no es una opción.
Hernán no busca ser un líder ni controlar el negocio, solo se preocupa por sobrevivir en un entorno donde la calle lo es todo. Su vida delictiva se basa en la oportunidad: un robo aquí, una venta ilegal allá, siempre manteniéndose en movimiento para evitar problemas innecesarios. Su discreción le ha permitido mantenerse en las sombras sin atraer demasiada atención, pero en la calle los errores se pagan caro.
Una noche, un trabajo salió mal. Un simple robo terminó con más problemas de los esperados, atrayendo la atención de la policía y de personas con las que no quería problemas. Hernán supo que debía alejarse por un tiempo. Sin grandes planes ni despedidas, dejó Los Santos atrás, convirtiéndose en un nombre más en la larga lista de aquellos que alguna vez jugaron con la calle y entendieron que, tarde o temprano, siempre cobra su precio.