Linzell Palmer



  • Linzell Palmer
    Nacido el 10/03/2008 en el sur de Los Santos, en los alrededores de Chamberlain Hills. Vivía con su madre y su padre. Su padre, Wendell Palmer, era un miembro activo de Chamberlain Hills y adicto a la cocaína; se drogaba constantemente. Debido a su adicción, maltrataba a Tanisha, su pareja, tanto física como psicológicamente. Su madre, Tanisha Hodges, trabajaba para mantener a la familia y soportaba los abusos de Wendell por el bien de su hijo.

    Tanisha y Wendell se conocieron en el instituto de Chamberlain Hills, donde comenzaron una relación. Después de un año juntos, nació Linzell Palmer. La familia atravesaba muchas dificultades económicas y vivían en un barrio marginal cercano a Chamberlain Hills.

    A los 12 años, Linzell fue inscripto en el mismo instituto donde estudiaron sus padres. Allí conoció a varios chicos que hoy en día siguen siendo sus amigos. En los recreos solían fumar marihuana en el patio y Linzell, además de consumir, también vendía marihuana dentro del instituto, ganándose una reputación entre los alumnos por su actitud desafiante. A él y a su grupo les gustaba hacer bromas pesadas, humillar a otros y buscar constantemente el caos. Era un chico muy problemático y tenía muchos conflictos con sus compañeros.

    Un día, mientras fumaban en el recreo, un profesor los descubrió y avisó al director. Una hora más tarde, Linzell y sus amigos fueron citados a la oficina del director, quien les impuso una sanción. La sanción fue informada a sus padres, lo que generó fuertes discusiones en su casa. Wendell, dominado por su adicción, descargaba toda su violencia contra Tanisha, culpándola de los problemas del hogar. Finalmente, ella decidió separarse de él. Wendell reaccionó muy mal, pero al cabo de un mes ya estaban separados. Linzell comenzó a pasar de casa en casa y a faltar con frecuencia al instituto.

    A los 15 años, Linzell empezó a frecuentar las calles de Chamberlain Hills y a vincularse con miembros activos del barrio. Aunque era joven, ya era muy atrevido. Empezó a consumir nuevas drogas, alcohol y, en algunas ocasiones, practicaba tiro con una pistola 9mm, aunque todavía le faltaba habilidad.

    En el instituto, protagonizó una pelea con un chico de 16 años, mayor que él. El enfrentamiento fue en el patio y Linzell terminó tirado en el suelo, derrotado. Aunque no era buen peleador, se las ingeniaba para meterse en problemas. Luego de la pelea, ambos fueron citados por el director, quien le advirtió que otra sanción significaría la expulsión del colegio. A Linzell no le importó, y se retiró sin mostrar preocupación.

    Ese mismo año, participó en una pelea de bandas cerca de Davis, en Brouge Avenue. La policía llegó al lugar y muchos escaparon, pero Linzell intentó huir con una navaja en su poder. Un oficial lo persiguió, lo derribó al suelo y lo esposó. Fue condenado a un año en un centro de menores por huir de la justicia, provocar disturbios públicos y portar un arma blanca ilegal.

    Durante su tiempo en el centro de menores, hizo nuevos contactos y se involucró en varias peleas. Al cumplir su condena, salió a los 16 años y tuvo que repetir el año escolar, ya que no pudo asistir a clases durante su reclusión. Actualmente, con 17 años, Linzell sigue rondando las calles de Chamberlain Hills con algunos de sus amigos. Continúa asistiendo al instituto, donde es bien conocido por su actitud rebelde y su historial de repitencia.

    Chamberlain Hills era todo lo que Linzell conocía. Un barrio olvidado por las autoridades, marcado por la violencia, las sirenas constantes, las miradas desconfiadas y las calles donde cada esquina contaba una historia. Desde chico aprendió que en ese lugar no se pedía permiso, se tomaba lo que se necesitaba. En su cuadra había casas abandonadas, grafitis con nombres de pandilleros caídos, etc.

    Los adultos del barrio no eran ejemplos: muchos eran exconvictos, traficantes o simples sobrevivientes del sistema. Algunos lo aconsejaban, otros le ofrecían armas o droga como si fuera algo normal. Había vecinos que intentaban salir adelante con laburos honestos, pero eran los menos, y casi todos terminaban igual: cansados, frustrados y resignados. Linzell creció viendo eso, y entendió que en Chamberlain el respeto se ganaba con miedo o con fuego.


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