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Para Joel Vetusta, la infancia no fue otra cosa que una constante lucha por sobrevivir. Nació y creció en un entorno familiar tóxico, donde su madre se perdía en el alcohol y su padre desaparecía días enteros, consumido por las drogas. Mientras otros niños jugaban en el parque o celebraban cumpleaños, él aprendía a esconder la comida para tener algo al día siguiente o a callar para evitar discusiones que siempre acababan mal.
Su única luz en medio del caos fue siempre su hermano mayor, Mateo. Mateo fue todo lo que sus padres no pudieron ser: protector, guía, y a veces incluso figura paterna. Lo cuidó desde niño y nunca permitió que la oscuridad del hogar lo arrastrara del todo. Cuando Mateo se alistó en el ejército, Joel sintió que perdía su único apoyo, pero entendió que su hermano lo hacía para buscar un futuro mejor para ambos.
Al regresar, Mateo encontró España igual de rota que su familia. Sin opciones, sin trabajo y sin esperanza, le propuso a Joel dejarlo todo atrás e irse a Los Santos. Joel no lo pensó dos veces. Nunca había soñado con lujos, solo quería vivir sin miedo, sin gritos, sin hambre. Quería estudiar algo, trabajar, tener un pequeño coche quizás... lo que para otros era normal, para él era un sueño.
Ahora, en esta ciudad desconocida y peligrosa, Joel camina siempre detrás de Mateo, no por debilidad, sino por confianza. Sabe que su hermano lo protegerá, como siempre lo hizo. Pero también está decidido a demostrarle que él también puede ser fuerte, que ya no es el niño asustado de antes. Está dispuesto a luchar por su lugar, por su independencia, y por esa vida tranquila que ambos merecen.