Chris Harrison



  • UNA CARRETERA LLENA DE MARCAS

    Me llamo Chris Harrison. Nací en Los Santos hace 26 años, pero la ciudad nunca fue mi lugar. Crecí en un barrio obrero, rodeado de ruido, tráfico y gente apurada que apenas se miraba a los ojos. Mi viejo, Michael, era camionero. Pasaba más tiempo en la ruta que en casa. Cuando yo tenía 9 años, un accidente en la autopista se lo llevó para siempre. Ahí entendí que la carretera podía darte todo… y quitártelo en un segundo.

    Mi vieja, Linda, trabajaba en un taller textil. Hacía lo que podía para mantenernos, pero yo pasaba la mayor parte del tiempo en la calle, cerca de un pequeño taller mecánico donde un vecino me dejaba mirar y aprender. Entre olor a aceite y el sonido de las herramientas, descubrí que las motos no eran solo máquinas: eran libertad con ruedas.

    A los 15, junté piezas y monedas hasta conseguir mi primera moto, una vieja Western Daemon con su pintura desgastada y llena de problemas. Me tomó meses ponerla en marcha, pero el día que la arranqué sentí que por fin tenía algo mío, algo que podía llevarme lejos. Desde entonces, la carretera se volvió mi casa.

    No me gustan las jaulas, ni siquiera las invisibles. Por eso nunca me até a un trabajo fijo. Me muevo entre Paleto Bay, Sandy Shores y otros pueblos, haciendo lo que salga: reparaciones, transporte, trabajos de taller. No tengo una dirección estable; a veces duermo en moteles baratos, otras en un campamento junto a la moto, y alguna que otra vez en el garaje de un amigo.

    Soy un nómada. Me gusta la soledad de la ruta, pero también sé que, tarde o temprano, uno necesita una hermandad. He visto pasar clubes moteros por estas carreteras, y sé que algún día voy a llevar un parche en la espalda. No por moda, ni por ego, sino porque creo en la lealtad, en el código, en saber que si la moto se te queda a mitad de la nada, alguien va a volver por vos.

    No soy un santo. He tenido problemas, he tomado malas decisiones, pero no me escondo de ellas. No le debo nada a la ciudad; mi deuda es con la carretera. Y mientras tenga combustible, seguiré rodando, buscando ese lugar, ese club, donde por fin pueda quedarme… aunque sea un rato.


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