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Alejo Dachary nació en una familia acomodada y respetada. Su padre, Sergio Dachary, era dueño de una empresa de transporte muy exitosa en la ciudad, levantada con estrategia, disciplina y visión empresarial; su madre, Luciana Moretti, lo educó con cultura, disciplina y los lujos que la fortuna podía ofrecer. Desde pequeño, Fiera tuvo acceso a mansiones, viajes, escuelas privadas y seguridad. Pero todo eso no le interesaba: los lujos no otorgaban respeto ni poder, y eso era lo que él siempre buscó.
Desde niño, Fiera se sintió atraído por las calles de la ciudad, un mundo que sus padres ya no conocían como en su época. La ciudad había cambiado: la violencia era constante, las calles ya no estaban bajo control de la policía sino de mafias, pandillas y hombres dispuestos a todo. Ante esa realidad, sus padres decidieron marcharse, buscando protección lejos del caos urbano. Fiera, en cambio, vio una oportunidad en ese mismo caos: un lugar donde podía forjar su poder, respeto y autoridad por sus propios medios.
A diferencia de muchos, Fiera no quería deambular por barrios bajos como un pandillero. Su objetivo siempre fue más grande: quería estar en la mafia, en el mundo donde el respeto se impone, las decisiones se toman con inteligencia y cada movimiento puede cambiar el equilibrio de poder. Lo que lo fascinaba no eran los lujos ni la riqueza, sino la capacidad de abrir puertas, generar miedo y ser respetado en un mundo donde solo los fuertes sobreviven.
En las calles lo apodaron “Fiera”, un nombre que reflejaba su carácter indomable, su instinto de supervivencia y su capacidad de imponerse. Allí conoció a cuatro personas que marcarían su vida y su camino: Vyacheslav Sicorenkiz, apodado Cero, y Esteban Almonacid, apodado Teby, quienes se convirtieron en sus socios de confianza; y Yoshi Shinoda, apodado Cochi, y Javier Barraza, apodado Tumba, quienes se ganaron el lugar de sus manos derechas, ejecutando sus planes y protegiendo su posición.
Fiera aprendió rápido: la calle no perdona, la traición se paga con sangre y el respeto se gana, no se hereda. La prisión, los golpes y las amenazas lo templaron, y cada contacto que cultivó le dio poder y conocimiento. Sus primeros movimientos estratégicos —pequeños golpes, alianzas y operaciones discretas— le enseñaron cómo abrir puertas y cómo imponer autoridad en un mundo donde la ley ya no dominaba.
Con Cero y Teby a su lado, Fiera formó un núcleo sólido de socios leales, mientras que Cochi y Tumba se convirtieron en sus extensiones en la calle: ejecutando golpes, asegurando territorios y consolidando su influencia en cada rincón. Juntos, aprendieron a moverse entre las sombras, a leer a sus enemigos y a convertir la violencia de la ciudad en herramientas de poder.
La lealtad entre ellos cinco creció hasta ser inquebrantable. Cada desafío superado, cada golpe ejecutado y cada enemigo vencido fortaleció su vínculo. Fue esa misma lealtad, confianza y visión compartida la que los llevó a dar un paso definitivo: fundar su propio nombre en la ciudad, una marca de respeto y poder que nadie podría ignorar. Así nació Black Family, un grupo formado por cinco hombres unidos por sangre, lealtad y ambición, destinados a dominar su entorno y dejar una huella imborrable en la ciudad.