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Shion Mizuki nació en el corazón de Tokyo, dentro de una de las familias más ricas y conservadoras del país. Los Kuroda eran dueños de una corporación centenaria dedicada a la importación marítima, con vínculos políticos y empresariales que se extendían por todo el Pacífico.
Desde pequeño, Shion fue educado en la perfección: protocolo, etiqueta, idiomas, kendo, economía. Su padre, Hiro Kuroda, esperaba de él un heredero que perpetuara el legado familiar. Su madre, Ayame Mizuki, solo veía en él una extensión del apellido Mizuki.
Pero bajo esa fachada impecable, Shion creció asfixiado. En los silenciosos pasillos del palacio familiar, empezó a desarrollar un odio profundo hacia el vacío de la riqueza. Sentía que todo estaba podrido detrás del mármol y el apellido.
A los quince años, Shion escapaba de noche a los barrios bajos de Kawasaki y Yokohama. Allí conoció el ruido, el humo, las luces de neón y a los olvidados del sistema. Gente sin nombre, sin futuro, pero libres.
Entre ellos descubrió un talento natural para moverse en las sombras negociar, observar, ganar confianza. Era un aristócrata en un mundo de delincuentes, y eso lo hacía diferente y peligroso.
Un contrabandista local, Ryu “el Cuervo” Tanaka, se convirtió en su primer mentor. Le enseñó a manejar el tráfico de sustancias ilegales y a entender la economía negra de Japón: discreción, honor entre traidores y dinero sin rostro.
A los diedieciocho años, su doble vida salió a la luz. Un cargamento de drogas sintéticas fue interceptado en el puerto de Kobe, y parte de la documentación llevaba su firma. La familia Kuroda intentó ocultarlo, pero el escándalo fue demasiado grande.
Shion fue expulsado públicamente. Desheredado. Borrado de los registros familiares.
La última vez que vio a su padre, Hiro le dijo:
“Los Kuroda no tienen espacio para la inmundicia. No vuelvas a pronunciar nuestro nombre.”
Shion no respondió. Solo se quitó el anillo familiar, lo dejó sobre el suelo de mármol, y salió sin mirar atrás.
En las calles, tomó un nuevo rumbo. Con el conocimiento heredado del mundo empresarial, Shion organizó su propia red de tráfico. No buscaba el caos, sino control. Construyó un sistema eficiente, casi corporativo, moviendo drogas, armas y dinero bajo la apariencia de una empresa de transporte marítimo independiente.
Pero Shion tenía sus propias reglas...
Nada de menores.
Nada de esclavitud.
Nada de sangre innecesaria.
Decía que si el mundo legal estaba podrido, el suyo al menos tendría un código.
Su nombre se convirtió en un susurro entre las calles: “Shion Mizuki, el príncipe desterrado del puerto.”
Hoy, a los veinte años, Shion domina una parte del submundo de Yokohama. La policía lo busca, sus enemigos lo temen, y su familia pretende que nunca existió. Pero dentro de él todavía arde una pregunta sin respuesta: ¿fue expulsado por corromper el apellido, o por mostrar lo que los Kuroda siempre fueron en secreto?
En su despacho, entre pilas de documentos falsos y humo de cigarrillos, guarda una sola reliquia de su antigua vida, un pequeño colgante de jade con el emblema familiar.
A veces lo observa y murmura...
No escapé de mi familia. Escapé de su mentira.
Lo que llevó a Shion a buscar nuevos rumbos en Estados Unidos.