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Emmanuel Uribe creció atrapado entre dos realidades. En las calles de Colombia aprendió de su padre la astucia, el valor y la cruda realidad del día a día; en el hogar, su madre le heredó el misticismo, las escrituras y las profundas tradiciones del pueblo judío. Sin embargo, a los 15 años, el divorcio de sus padres rompió ese equilibrio. Emmanuel se quedó a vivir en Colombia, pero su mente y sus constantes viajes de visita a su madre lo mantenían flotando entre ambos mundos. Fue en uno de esos viajes donde la normalidad se acabó para siempre.
Durante una de sus estancias, Emmanuel fue emboscado y secuestrado por una célula clandestina que operaba en las sombras. No eran secuestradores comunes; no llamaron a pedir rescate. Al mando de ellos estaba un hombre enigmático conocido solo como El Rebis.
Donde otros habrían visto a una víctima indefensa, El Rebis vio un contenedor espiritual perfecto. Durante meses de encierro y privación, El Rebis sometió a Emmanuel a un adoctrinamiento absoluto, abriéndole la mente a la fuerza hacia los secretos más oscuros y distorsionados de la Cábala. Le enseñó que el dolor era la única llave para la verdadera trascendencia y que el mundo terrenal estaba corrupto.
"No eres un sobreviviente, Emmanuel. Eres el elegido de Adonai. Tu propósito no es encajar en su mundo, sino prepararlo para el juicio." — El Rebis.
Para quebrar su antigua humanidad, El Rebis le enseñó el ritual de la purificación. Emmanuel aprendió que aquellos que se rebelaban contra los designios sagrados no debían ser simplemente asesinados, sino liberados de su carne corrupta. El método era macabro: en una ceremonia silenciosa, bajo la luz de velas negras, se debía usar un hacha ceremonial para abrir la cabeza del traidor en un solo golpe perfecto, liberando su alma hacia el creador.
Emmanuel regresó al mundo exterior, pero ya no era el mismo. Con una fe ciega y la mente reformada, viajó a la ciudad de Los Santos para cumplir su misión. Sabiendo que el mundo es hostil, decidió operar desde el anonimato más absoluto. Nadie en las calles conocía su rostro, ni su nombre, ni su pasado; se convirtió en una sombra que movía los hilos del dinero y la muerte.
Dentro de los muros de su organización, su figura mutó. Emmanuel ya no actuaba como un jefe criminal común; no buscaba lujos, buscaba devoción. Sus hombres, al ver su misticismo, sus sermones antes de la batalla y el pavoroso misticismo con el que manejaba el hacha en los sótanos, dejaron de verlo como un líder. Con un respeto que rozaba el terror religioso, comenzaron a llamarlo, en un susurro sagrado: "El Padre".