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Me llamo Matías Leal y tengo 24 años. Nací en el 2002 en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia de laburantes donde el mango se ganaba con sudor y la palabra empeñada era ley. Mi vieja, docente de alma y porteña hasta la médula, me enseñó que la educación es la única herramienta para salir adelante. Mi viejo, un estadounidense que llegó a Argentina escapando de su propia rutina, se enamoró de las calles de San Telmo y de la fuerza de mi madre. Pero el amor, a veces, no aguanta el peso de dos mundos tan distintos, y cuando yo era apenas un pibe, se separaron.
La custodia compartida fue un baile constante entre el asfalto de Buenos Aires y la prolijidad de Estados Unidos. Un semestre en Argentina, el siguiente allá. Aviones, cambios de idioma, despedidas en Ezeiza que me partían al medio y mochilas que siempre estaban listas para el próximo despegue. A los 17 años, cansado de sentirme un "extranjero en todos lados", tomé la decisión: me mudé definitivamente con mi viejo a California. Necesitaba un ancla, un lugar donde mis raíces dejaran de flotar. Y quería seguir el ejemplo de mi abuelo materno, que fue suboficial en la Federal: quería proteger, poner el cuerpo por los que no pueden.
Me rompí el lomo estudiando. Entré a la academia y demostré que el "pibe del acento raro" tenía más calle y más garra que cualquiera. Mi capacidad para leer situaciones tensas y mi disciplina me hicieron escalar rápido. En la División de Wilshire, mi carrera fue meteórica. A pesar de mi juventud, llegué al rango de Teniente gracias a un legajo impecable: operativos de riesgo, liderazgo en la calle y una ética que no se doblaba por nada. Me gané el respeto de los veteranos, pero también empecé a ver las grietas del sistema: la burocracia que asfixia y esa sensación de que, por más que hicieras, el impacto real se perdía en papeles.
Un día, tomando un mate solo frente al espejo, me pregunté: "¿Esto es el techo?". Había llegado alto, sí, pero el cuerpo me pedía más. Quería acción de verdad, un lugar donde el caos fuera el pan de cada día y donde un buen oficial realmente pudiera mover la aguja. Quería resetear, pero sin olvidar de dónde vengo: los valores del barrio, la humildad de mis viejos y esa chispa argentina de no rendirse jamás.
Así que tomé la decisión más picante de mi vida: pedí el traslado al Los Santos Police Department (LSPD). Los Santos, esa selva de cemento donde el peligro y la oportunidad chocan en cada esquina. Dejé la comodidad de Wilshire y la rutina que ya dominaba por la adrenalina de una ciudad que te pone a prueba cada segundo.
Llego a Los Santos con el termo bajo el brazo, mi placa de Teniente y la convicción de siempre: cuidar al inocente y poner orden en el quilombo. Mi vieja me llama desde Buenos Aires todos los domingos para preguntarme cuándo vuelvo a comer un asado. Yo siempre le digo lo mismo: "No todavía, ma. Acá es donde hago falta".