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Piña Domínguez no comienza en una academia elegante, sino en los pasillos de una estación de policía donde el olor a café quemado y el sonido de las máquinas de escribir eran su banda sonora.
Hijo del legendario oficial "El Toro" Domínguez, Piña creció bajo la sombra de un uniforme perfectamente almidonado. Su apodo, lejos de ser una burla, era un código de honor: su padre decía que la justicia debía ser como una piña: dura por fuera para proteger, pero con un corazón que vale la pena conocer.
Para Piña, el uniforme de su padre no era solo ropa; era una armadura. Mateo "El Toro" Domínguez no era un policía de oficina; era el hombre que mediaba en los callejones más peligrosos, el que conocía el nombre de cada tendero y el que, lamentablemente, terminó su último turno en un callejón oscuro de Chamberlain Hills. El tiroteo fue breve, pero el silencio que dejó en la casa de los Domínguez fue eterno. Piña no heredó dinero, ni propiedades. Heredó una placa de plata con el número 1104 y una determinación inquebrantable.