Biografia de Alberto Fendi y Maria Fendi



  • Alberto Fendi y María Fendi bajaron del autobús con una mezcla de nervios y determinación. La ciudad, enorme y ruidosa, parecía moverse a un ritmo completamente distinto al del pequeño pueblo del que venían. Sin embargo, ambos compartían un objetivo claro: entrar en la PD y convertirse en funcionarios públicos.
    —Aquí empieza todo —dijo Alberto, ajustándose la mochila.
    María observó los edificios altos, los coches pasando sin parar, y respiró hondo.
    —Aquí empieza… o aquí nos damos cuenta de que no es tan fácil como pensábamos.
    Los primeros días fueron duros. Encontrar un pequeño piso que pudieran pagar ya fue una batalla. Luego vino la rutina: madrugar, estudiar leyes, procedimientos, códigos… horas y horas frente a libros y apuntes. Alberto era disciplinado, casi obsesivo. María, en cambio, dudaba más, pero tenía una intuición y una empatía que su hermano no poseía.
    —No se trata solo de aprobar —le decía ella—. Se trata de entender por qué hacemos esto.
    —Yo lo tengo claro —respondía Alberto—. Estabilidad, respeto… y ayudar a que todo funcione.
    Pero la ciudad no se lo pondría fácil. Pronto conocieron a otros aspirantes, algunos amigables, otros claramente competitivos. Exámenes simulados, entrevistas fallidas, días en los que nada parecía salir bien.
    Una noche, tras suspender ambos una prueba importante, María rompió el silencio:
    —¿Y si no lo conseguimos?
    Alberto no respondió de inmediato. Miró sus apuntes, luego a su hermana.
    —Entonces lo intentaremos otra vez. Y otra. No hemos venido hasta aquí para rendirnos.
    María sonrió levemente.
    —Sabía que dirías eso.
    Con el tiempo, empezaron a cambiar. Alberto aprendió a escuchar más, a no verlo todo como una simple meta que alcanzar. María ganó confianza, empezó a destacar en las prácticas y a creer más en sí misma.
    Meses después, llegó el día del examen oficial.
    Silencio en la sala. Papeles. Miradas tensas.
    Cuando salieron, ninguno dijo nada. Solo caminaron juntos por la calle, como el primer día.
    Semanas más tarde, los resultados llegaron.
    Alberto aprobó.
    María también.
    No hubo gritos ni celebraciones exageradas. Solo un abrazo largo, sincero.
    —Lo logramos —susurró María.
    —No —corrigió Alberto—. Lo estamos empezando.
    Porque sabían que aquello no era el final, sino el principio de algo mucho más grande: servir a una ciudad que ya empezaban a sentir como suya.


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