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El mensaje de Bruno fue corto, frío y definitivo: se volvía a Alemania. No hubo ceremonia de despedida ni plan de contingencia. Al perder a su único jefe, la maquinaria que alguna vez fue conocida como "Los Alemanes" se detuvo en seco. La estructura colapsó de la noche a la mañana, y sus miembros terminaron dispersos, vagando por las calles de la ciudad como fantasmas sin una cadena de mando a la cual responder.
Miles Adermann sabía que no podían dejar que el talento y la lealtad se pudrieran en las calles. Usando las viejas frecuencias de radio, lanzó una baliza. Una sola coordenada. Un punto de encuentro aislado en las tierras áridas del condado de Blaine.
El viento levantaba polvo mientras los motores rugían en la lejanía. Uno a uno, los vehículos fueron llegando al punto de encuentro bajo la luz de la luna. Los veteranos de la vieja guardia bajaron de sus coches, mirándose con desconfianza y alivio. Sin embargo, no estaban solos. Entre las sombras del perímetro, se dejaron ver rostros nuevos, miembros desconocidos para la mayoría, que observaban la reunión en silencio.
Miles se paró frente a la multitud improvisada. Levantó la mano y el murmullo de los motores y las voces se apagó. —Se acabó —sentenció Miles, con una voz que cortaba el viento—. "Los Alemanes" ya no existen. La estructura ha sido disuelta oficialmente.
Ante el silencio tenso de los presentes, Miles comenzó a nombrar a aquellos que formarían la nueva columna. Llamó al frente a Luka Draxler, Dante Davini, Aysha Fuchs y Jakob Krieger. Los pasos resonaron en la grava mientras avanzaban. Segundos después, se les unieron Sergio Vega, Luc Renard, Sunny Darkwell y Joseph Smith. Eran la mezcla perfecta: la vieja cúpula de Los Alemanes y los miembros de mayor confianza del grupo disuelto. Se alinearon frente al resto. Mientras los observaban, Miles procedió a dar un reporte de la situación, explicando los errores del pasado y cómo tendrían que operar a partir de ese momento.
Justo cuando Miles terminaba su discurso, un resplandor cegador cortó la oscuridad. El rugido de un motor pesado interrumpió la asamblea y una camioneta, negra, entró derrapando ligeramente en el recinto, frenando en seco y levantando una nube de polvo. Varios de los presentes reaccionaron instintivamente, posando sus manos en sus armas.
La puerta del conductor se abrió. Una bota militar pisó la tierra seca, seguida por la figura de un hombre que analizaba a la multitud con una mirada calculadora. Miles sonrió de lado y dio un paso al frente, haciendo un gesto a sus hombres para que dejaran las armas.
—Tranquilos. Les presento a mi hermano, Josef Adermann —anunció Miles, mirando a su nueva cúpula—. A partir de esta noche, él y yo lideraremos esta organización juntos. Mismo rango, misma autoridad. Josef caminó hasta situarse hombro con hombro junto a su hermano. No necesitaban gritar para imponer respeto; la presencia conjunta de los Adermann cambiaba la atmósfera del lugar. Sin rodeos, Josef dejó claro que las lealtades ciegas a banderas muertas se habían terminado y bautizó a la nueva hermandad: a partir de esa noche, serían los Oath Keepers.
Ambos hermanos comenzaron a cimentar las bases de la organización frente a sus hombres. Explicaron que operarían movidos principalmente por intereses económicos, dejando claro que, desde ahora, trabajarían para el mejor postor. El dinero y los recursos dictarían los contratos, aunque siempre habría margen para actuar cuando los intereses personales de la cúpula estuvieran en juego. El enfoque del grupo también cambiaría radicalmente para dejar de ser simples hombres de choque; ahora serían profesionales centrados en la protección VIP y táctica, así como en misiones de investigación e inteligencia.
Para lograr esta transición, Miles y Josef dejaron clara las reglas. El grupo de los Oath Keepers no sería una dictadura sofocante, permitiendo cierta flexibilidad y libertad de movimiento para gestionar los negocios del día a día. Sin embargo, advirtieron severamente que la organización contaría con unidades internas estrictamente militarizadas. Cuando llegara la hora de la acción, estas unidades tendrían que operar bajo una disciplina táctica implacable.
La orden estaba dada. En medio del polvo y el frío del condado de Blaine, "Los Alemanes" quedaron enterrados para siempre. Bajo el mando conjunto de los hermanos Adermann, los Oath Keepers prepararon sus armas, listos para tomar el control de su nueva historia.