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Mi nombre es Ethan Mackalister. Hijo de inmigrantes mexicanos. Ciudadano estadounidense por nacimiento y por convicción. Crecí entre dos mundos: uno marcado por las raíces, las tradiciones y el sacrificio de mis padres; el otro, definido por las oportunidades infinitas que encontré en los Estados Unidos, la nación que me permitió construir un propósito propio. Desde muy pequeño comprendí algo esencial: aunque mi historia comenzaba mucho antes de mí, mi destino estaba aquí.
Amé a este país antes incluso de entender completamente su grandeza. Lo amé en los pequeños detalles: en la posibilidad de aspirar a más, en la libertad de equivocarme y volver a empezar, en la certeza de que el esfuerzo podía abrir puertas que parecían imposibles. Estados Unidos no solo me ofreció oportunidades; me dio dirección, identidad y una razón para luchar por algo más grande que yo mismo.
Por ello, siendo aún joven, decidí asumir un compromiso que transformaría mi vida para siempre: servir en el Ejército de los Estados Unidos. No fue una decisión impulsiva ni nacida del deseo de reconocimiento. Fue el resultado de una convicción profunda, casi inevitable. Sentía la necesidad de devolverle a esta nación una parte de todo lo que me había entregado. Quería honrar el sacrificio de mis padres y demostrar que la gratitud también puede expresarse con disciplina, entrega y servicio.
Dentro de las Fuerzas Armadas descubrí mucho más que entrenamiento militar. Encontré una filosofía de vida. La disciplina dejó de ser una obligación y se convirtió en carácter. El sacrificio dejó de ser una palabra abstracta y pasó a formar parte de mi rutina diaria. Cada amanecer, cada ejercicio agotador, cada momento de incertidumbre reforzaba en mí los valores con los que fui criado: honor, lealtad y responsabilidad.
No todos comprenden lo que significa jurar servir a una nación. Algunos creen que se trata únicamente de portar un uniforme. Pero es mucho más que eso. Es aceptar, voluntariamente, que existirán días difíciles. Es entender que el deber está por encima de la comodidad. Es cargar con el peso de proteger ideales que millones de personas dan por sentados.
Y aun así, lo haría una y otra vez.
Hoy, al mirar hacia atrás, siento orgullo. Un orgullo sereno, auténtico. Porque sé que contribuí, aunque fuera de manera modesta, a defender el país que me permitió soñar. Me siento completo al saber que mi vida tuvo dirección y que mis esfuerzos estuvieron guiados por algo honorable. Estados Unidos me dio oportunidades, sí, pero también me otorgó algo aún más importante: propósito.
Continuaré viviendo con esta pasión y con este sentido de responsabilidad hasta el último de mis días. Seguiré honrando el compromiso que asumí con absoluta convicción. Porque un juramento no es simplemente un conjunto de palabras; es una promesa que define quién eres cuando nadie está observando.
Aunque, bueno… no se crean eso de “En un día más brillante, en la noche más oscura, nada…”. Ese no era.
El verdadero juramento, el que permanece grabado en la memoria y en el espíritu, dice así:
“Yo, Carlos Zatarain, juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos contra todos los enemigos, extranjeros y nacionales; que le guardaré verdadera fe y lealtad; que asumo esta obligación libremente, sin ninguna reserva mental ni propósito de evasión.”