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El Príncipe Alfonso cae por la ladera del monte Hacho como si la tierra no hubiera decidido todavía si quiere sostener las casas o dejarlas resbalar hasta el mar. Desde los pisos más altos se ve el Estrecho, esa cinta de agua que en los mapas separa dos continentes y que, en las noches sin luna, no parece separar gran cosa. Ahí nació Camila Harper en 2008, en un piso de tres habitaciones donde dormían seis personas, y ahí cumplió dieciocho años la primavera pasada, sin fiesta, sin pastel, solo con su madre diciéndole "ya eres mayor" en un tono que sonaba más a advertencia que a celebración.
El apellido se lo dejó un padre inglés al que apenas recuerda: un hombre que trabajó unos meses en el puerto y luego desapareció hacia Algeciras y de ahí a ningún sitio. De él le quedó el nombre en el DNI y una foto borrosa que su madre guarda en un cajón. De su madre le quedó todo lo demás: los turnos de limpieza en dos casas distintas, la letra apretada con la que apunta los gastos en un cuaderno, la costumbre de rezar en voz baja antes de dormir.
Camila dejó el instituto a los dieciséis. No por falta de cabeza —sacaba buenas notas en matemáticas, la profesora se lo decía siempre— sino porque en su casa las cuentas no salían y alguien tenía que ayudar. Empezó cuidando a los hijos de una vecina. Luego, a través de un primo de esa vecina, empezó a hacer "recados": cruzar un paquete de un lado a otro de la ciudad, esperar en una esquina, avisar si veía un coche aparcado donde no solía estar. Nadie le puso nombre a lo que hacía. Nadie tuvo que hacerlo. En El Príncipe todo el mundo sabe reconocer un recado cuando lo ve, y todo el mundo sabe también que preguntar demasiado es la forma más rápida de dejar de recibir encargos.
El trabajo creció como crecen esas cosas: despacio y luego de golpe. A los diecisiete ya no eran recados dentro de la ciudad, sino trayectos hasta el puerto y noches enteras despierta esperando una llamada que decía solo "ya" o "todavía no". Le pagaban en efectivo, en sobres que ella escondía entre la ropa de invierno, y con ese dinero pagó la luz dos meses seguidos y le compró a su hermano pequeño unas zapatillas que llevaba pidiendo desde septiembre.
Su madre no sabe nada, o sabe lo justo para no preguntar. Hay una conversación que las dos han evitado durante meses: la de por qué Camila llega a casa a las tres de la madrugada, la de por qué tiene un teléfono que no es el suyo guardado en el fondo del armario. Su madre reza un poco más fuerte esas noches, eso sí lo ha notado Camila, aunque nunca hablan de ello a la luz del día.
Hay una noche —la que Camila recuerda cuando no puede dormir— en la que todo estuvo a punto de irse al traste. Un control que no debía estar ahí, unas luces en el retrovisor del coche en el que iba de copiloto, el corazón subiéndole hasta la garganta mientras el conductor, un chico al que apenas conocía, torcía por una calle que ella no reconocía. Al final no pasó nada: el control era por otro motivo, los dejaron seguir. Pero Camila se bajó tres calles antes de su casa y vomitó en un portal, y por primera vez pensó, con una claridad que le dio miedo, que un día ese "no pasó nada" podía convertirse en otra cosa.
No se lo contó a nadie. ¿A quién se lo iba a contar? Sus amigas de toda la vida, las que todavía van a clase, hablan de selectividad y de si estudiar en Granada o en Sevilla, y Camila las escucha en el banco de siempre, en la plaza de siempre, y asiente, sin decir que ella no se ha planteado la selectividad porque no ha vuelto a pisar un instituto desde los dieciséis. Hay una distancia entre ella y esas amigas que se ha ido abriendo sin que nadie la empujara, y que ya es demasiado ancha para cruzarla con una frase.
Lo que sí hace, desde esa noche, es guardar aparte una parte de cada sobre. No se lo dice a nadie, ni siquiera a sí misma lo dice claramente: solo aparta un billete aquí, dos allá, en un sitio donde ni su madre ni nadie del barrio los busquen. No sabe todavía para qué es ese dinero. Quizá para un curso de peluquería que vio anunciado en el centro cívico. Quizá solo para tener, por primera vez en su vida, algo que sea completamente suyo y de nadie más. Es un plan pequeño, apenas esbozado, pero es el primer plan que ha hecho pensando en dentro de dos años y no en la semana que viene.
El Príncipe sigue cayendo por la ladera, y el Estrecho sigue ahí abajo, angosto y oscuro por las noches, cruzado cada día por gente que va y gente que vuelve. Camila Harper tiene dieciocho años y un sobre a medio llenar escondido detrás de un ladrillo suelto de su habitación. No sabe si es el principio de una salida o solo otra forma de esperar. Por ahora, es lo único que tiene.