Negocios, tratos y alianzas.

Para septiembre de 2025, la maquinaria de ATF ya se encontraba en plena expansión, los primeros frutos de las relaciones internacionales de William comenzaron a llegar en forma de llamadas cifradas desde Suiza. El mensaje era claro, los cargamentos de armas estaban listos para entrar en circulación.

El proceso era meticuloso, cada cierto número de noches, pequeños grupos designados por William y Krane salían en caravanas discretas, siguiendo rutas previamente marcadas, en puntos de entrega ocultos, recogían cajas de madera reforzada y barriles metálicos cargados con rifles, pistolas, ametralladoras y piezas de repuesto. Todo se transportaba con cuidado hasta el búnker marítimo de los Ashford, el corazón oculto de la organización, construido en viejas instalaciones cercanas a la costa, bajo una luz tenue y un aire cargado de pólvora y sal marina, los hombres de confianza se encargaban de limpiar cada arma, desarmarla, comprobar su funcionamiento y, lo más importante, confirmar que todos los números de serie habían sido borrados para imposibilitar cualquier rastro.

Mientras las armas tomaban forma en su arsenal privado, otro frente de negocios se desplegaba. William coordinó reuniones con grupos del sur, interesados en la entrada de oro y plata. El plan era ambicioso, utilizar las piezas registradas en Inglaterra para fundirlas, manipularlas y redistribuirlas sin dejar huellas. Estos encuentros se llevaban a cabo en lugares neutrales, donde las miradas desconfiadas y las manos sobre las pistolas eran la norma, pero poco a poco los acuerdos comenzaron a cerrarse, y los lazos de alianza y comercio con el sur se consolidaron.
Al mismo tiempo, la propiedad en Paleto Bay, adquirida semanas antes, empezó a mostrar su verdadero valor estratégico, gracias a su fachada de vivienda común, los miembros de ATF podían moverse con naturalidad hacia el norte. Desde allí, desplegaron una red de ventas que alcanzó a los residentes de Sandy Shores, quienes, pese a su estilo de vida precario, siempre estaban dispuestos a pagar por aquello que el mercado negro ofrecía, armas, piezas mecánicas y ciertos componentes químicos destinados tanto a laboratorios clandestinos como a talleres improvisados.

En poco tiempo, los Ashford habían transformado la región en un tablero de expansión, el búnker marítimo lleno de armas suizas, las alianzas del sur con el oro y la plata y la presencia en el norte con las ventas a Sandy Shores marcaron el inicio de una nueva era para ATF, una etapa en la que los negocios ilegales se multiplicaban con la misma frialdad que las balas descansaban en sus cargadores.