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Nació como Pablo Leal, un chico que lleva 11 años en la ciudad que creció en un entorno complicado, donde aprender a sobrevivir fue casi una obligación desde muy chico. Su familia nunca tuvo estabilidad: cambios constantes, problemas económicos y una falta de referentes claros marcaron su infancia. A pesar de eso, siempre mostró una mentalidad despierta, observadora, entendiendo rápido cómo funcionaban las cosas a su alrededor. Desde pequeño empezó a meterse en situaciones que no eran propias de su edad. No por maldad, sino por necesidad y por el contexto en el que vivía. Aprendió a moverse solo, a no confiar fácilmente y a resolver problemas con lo que tenía a mano. Eso lo volvió alguien frío para su edad, pero también muy calculador. Con el tiempo, Pablo fue formando su carácter: alguien que no habla de más, que analiza antes de actuar y que sabe que en la calle cada decisión tiene consecuencias. No es impulsivo, pero tampoco duda cuando tiene que hacer lo necesario para salir adelante. Hoy en día, aunque sigue siendo joven, ya tiene claro que quiere dejar atrás su pasado y construir algo distinto, pero sabe que no es fácil. El entorno siempre tira para el mismo lado, y salir de ahí depende de qué tan firme sea su cabeza.
Diva Pérez llegó a Orión en avión, de noche, sin avisarle a nadie. Bajó con lo justo: una mochila, algo de plata y cero intención de volver atrás. Tiene 20 años, pero ya aprendió a no confiar. Se instaló en Torre Adams, en un depto alto desde donde se ve toda la ciudad. No es lujo, pero es suficiente para empezar. Orión no regala nada, así que los primeros días se dedicó a mirar, entender cómo se mueve todo y quién es quién. De a poco empezó a meterse: trabajos chicos, favores, cosas rápidas. Siempre cumple, nunca habla de más. Busca amigos, es sociable, busca lugar. No vino a probar suerte. Vino a quedarse. Y si algo tiene Diva Pérez, es que no se va sin dejar marca.