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Publicados por Emaa

  • Ficha de personaje Alisson Kraus

    INFORMACIÓN PERSONAL

    • NOMBRE COMPLETO: Alisson Krauss.

    • EDAD: 21 Años.

    • LUGAR DE NACIMIENTO: Nacimiento:Alemania zona de Goslar/ Residencia: Los santos

    • NACIONALIDAD:

    • SEXO: Femenino

    PADRES

    Charlotte y Ethan
    Charlotte di la Voss nació en Francia en 1982, creció entre libros de medicina y una determinación que pocos tenían a su edad. A los dieciocho años ya había terminado sus estudios, más joven que la mayoría de sus compañeros, con las manos listas para sanar y la cabeza llena de sueños que Francia ya le quedaba chica para contener.
    Se fue a Alemania.
    Antes de irse, sin embargo, la vida le tendió una de esas trampas dulces que nadie espera. En una plaza cualquiera, en un día cualquiera, apareció él. Ethan Krauss. Veintitrés años, alemán, de paso por Francia con esa tranquilidad de quien no busca nada y por eso encuentra todo. Charlaron. Compartieron contacto. Y algo que ninguno de los dos supo nombrar bien en ese momento empezó a crecer despacio, como esas plantas que nadie riega pero igual florecen.
    Cuando Ethan tuvo que volver, Charlotte sintió que algo se le quedaba del otro lado del mapa. No lo pensó demasiado. Hizo el papeleo, organizó todo con la misma precisión con la que estudiaba anatomía, y cruzó la frontera. No por el trabajo, aunque eso también. Por él.
    Se instalaron en Goslar. Un pueblito alemán pequeño, tranquilo, con ese aire frío que te abraza distinto al de las ciudades grandes. Charlotte ejerció como médica ahí, entre consultas simples y emergencias que a veces le helaban la sangre. Ethan trabajaba para el BKA, la agencia federal que combate el crimen organizado, el terrorismo, lo que el ciudadano común prefiere no saber que existe. No hablaba mucho de su trabajo. Charlotte tampoco preguntaba demasiado, aunque siempre supo.
    Para Ethan, Charlotte era exactamente eso: su luz. La persona que hacía que volver a casa tuviera sentido después de días que prefería no recordar. La miraba dormir a veces y pensaba que no merecía tanto. Que alguien así de bueno no debería estar con alguien que vivía tan cerca de la oscuridad.
    Pero ella se quedó. Y eso lo decía todo.

    En 2003 Charlotte quedó embarazada. El invierno de 2004 fue duro, de esos que parecen no querer terminar. Y en medio de ese frío, en una pequeña enfermería de Goslar, Charlotte dio a luz sola.
    Ethan no estaba. No podía estar. Razones de trabajo que no podía explicar, como tantas otras veces.
    Charlotte no lloró por eso, o si lloró no fue de tristeza. Recibió en sus brazos a una niña pequeña, arrugada y perfecta, y le puso Alisson.
    Un mes después llegó Ethan. Abrió la puerta, vio a su hija por primera vez, y ese hombre que lidiaba con lo peor de la humanidad en su trabajo diario se quebró ahí mismo. Lloraba y pedía perdón. Pedía perdón a Charlotte, pedía perdón a esa criatura que todavía no entendía nada. Charlotte lo abrazó y le dijo que no había nada que perdonar, aunque ambos sabían que algo de culpa siempre iba a quedar flotando entre ellos, sin nombre, sin forma, como quedan esas cosas que no se dicen del todo.
    Alisson fue el sol de esa casa desde el primer día.

    Los años siguientes fueron de esos que en el momento se sienten normales y después se recuerdan como los mejores. No tenían mucho. Tampoco les faltaba. Charlotte seguía en la enfermería, a veces salía temprano y llegaba tarde, a veces llegaban militares con heridas que no tenían nada de simples y ella tenía que meter las manos donde el miedo quería que no las metiera. Ethan desaparecía semanas y volvía sin dar demasiadas explicaciones. Alisson crecía entre todo eso con la naturalidad de los chicos que no conocen otra cosa.
    Pero Charlotte tenía miedo. Siempre había tenido miedo. No de las balas que llegaban a su enfermería, sino de que un día llegara alguien a decirle que Ethan no iba a volver. Ese miedo lo cargaba callada, lo guardaba en algún lugar entre las costillas y no lo sacaba porque no quería que él lo sintiera.

    En el verano de 2010 llegó la orden.
    Charlotte iba a ser enviada a zona de conflicto con un grupo militar. No era una guerra grande, dijeron. Un conflicto, dijeron. Como si eso cambiara algo.
    Tenía miedo. Tenía un miedo enorme. Alisson tenía seis años y la miraba con esos ojos que los chicos tienen cuando saben que algo está pasando pero no saben qué. Charlotte la abrazó más fuerte que de costumbre ese día. No hizo escena. No lloró delante de nadie. Firmó lo que había que firmar y se fue.
    Ethan llegó un mes antes de que todo terminara. Buscó a Alisson en el centro de cuidados, la cargó como cuando era chica aunque ya estaba grande para eso, y pasaron un mes juntos esperando que Charlotte volviera.

    Llegó el otoño.
    El aire frío golpeaba las casas de Goslar cuando el grupo militar entró al pueblo. Ethan estaba entre la gente que esperaba. Todos esperaban a alguien. Había madres, padres, abuelos, parejas. Todo el pueblo conteniendo el aliento.
    Empezaron a leer los nombres.
    Nombres de los caídos.
    Familias enteras se desplomaban al escucharlos. Un nombre y todo se rompía. Ethan escuchaba con el cuerpo tenso, los dientes apretados, rezando a algo en lo que no sabía si creía. El nombre de Charlotte no apareció en esa lista.
    Exhaló.
    Pero entonces pasaron al listado médico.
    Y ahí estaba.
    Charlotte di la Voss de Krauss. Baja confirmada.
    El mundo se cerró.
    Conocidos suyos del servicio se acercaron. Le dieron la mano, le dijeron lo que se dice en esos casos, palabras que en ese momento no significan nada. Le mostraron el cuerpo de su mujer. Y le entregaron una nota.
    Estaba manchada de sangre.

    Ethan, cariño.
    Dejo esta carta por si me pasa algo y no regreso.
    Estos días fueron difíciles. Cargo cuerpos, tengo las manos llenas de sangre, escucho la agonía de los que no puedo salvar. Paso frío. A veces hambre, de esos días en que no para y no hay tiempo para nada. Extraño a nuestra hija con una intensidad que duele físicamente, como si me faltara un órgano.
    Todas las noches, antes de dormir, saco la foto de los tres. La acaricio con el dedo y la llevo al pecho. Es lo último que hago antes de cerrar los ojos. Es lo único que me devuelve algo de calor.
    Si no llego a volver, necesito pedirte una sola cosa. Una sola. Cuida a Alisson. Sácala de ese lugar cuando puedas. No quiero que termine como yo, una médica que pone en riesgo su vida de esta forma, aunque nunca me arrepentí. Nunca.
    Y cuídate tú también, por favor. Siempre tuve miedo de perderte. Siempre. Cada vez que te ibas yo respiraba distinto hasta que volvías. Quería que otros pudieran volver a casa con los suyos, como yo quería que tú volvieras a la mía. Por eso hice esto. Por eso estoy acá.
    Tú eras la razón de todo.
    Con todo el amor que me cabe,
    Charlotte.

    Ethan cayó.
    No fue una caída dramática. Fue la de alguien a quien le sacan el suelo de golpe y el cuerpo no sabe qué hacer. Se dobló ahí donde estaba, con la carta en la mano, y el llanto le salió de un lugar que no sabía que tenía.
    Alisson lo vio. Tenía seis años pero entendió todo de golpe, con esa crueldad silenciosa que tiene la infancia cuando se termina antes de tiempo. Se acercó a su padre y lo abrazó sin decir nada.
    Después fue a ver a su madre.
    Charlotte estaba ahí, quieta, con una fotografía entre las manos y el anillo de bodas en el dedo. Alisson la llamó. Una vez, dos veces. Con esa voz que tienen los chicos cuando todavía no terminan de creer lo que están viendo. Charlotte no respondió. No se levantó. No la abrazó.
    Alisson no lloró en ese momento. Solo se quedó mirándola con la cara helada, como si el frío del otoño de Goslar se le hubiera metido adentro para quedarse.

    Ethan dejó a Alisson en el centro de cuidados y salió a caminar solo.
    Un compañero lo encontró y le habló de Charlotte. Le dijo cosas que Ethan ya sospechaba pero que escuchar en voz de otro dolían diferente.
    Que no comía para que otros tuvieran fuerzas. Que pasaba frío sin quejarse. Que cargó cuerpos de hombres más grandes que ella sin pedir ayuda. Que se interpuso en situaciones donde le podría haber llegado una bala y siguió igual, sin detenerse, sin pensarlo dos veces. Que siempre preguntaban por qué arriesgaba tanto. Y que ella siempre respondía lo mismo: que tenía miedo de perder a Ethan. Que quería que otros volvieran a casa con los suyos, igual que ella quería que él volviera a la suya.
    Murió haciendo lo que más le gustaba. Salvar vidas.
    Ethan escuchó todo eso en silencio. Cuando el otro terminó de hablar, largó una sonrisa. De esas que duelen. De esas que son lo más parecido al llanto que puede permitirse un hombre que ya no le quedan más lágrimas.

    Pasaron los años.
    Ethan visitaba la tumba de Charlotte con la regularidad de quien cumple una promesa. Cuando Alisson tuvo catorce años ya sabía todo. Cómo había muerto su madre, qué había hecho, por qué.
    Y siempre decía lo mismo cuando alguien le preguntaba por ella.
    Que era una gran guerrera.

    APARIENCIA FÍSICA

    Alisson con aspecto de veintiún años y una presencia que no pasa del todo desapercibida aunque ella no haga nada por llamar la atención.
    Mide un metro sesenta y ocho, complexión atlética, de esas que se notan sin que nadie las presuma. Sesenta y ocho kilos distribuidos en una figura que habla de movimiento, de alguien que no se queda quieta aunque por fuera parezca tranquila.
    El pelo rubio natural le cae con esa forma despreocupada que tienen las chicas que no pasan horas frente al espejo pero igual quedan bien. El rostro es particular, no es seria del todo ni tampoco de las que andan sonriendo sin motivo. Hay algo en su mirada que a veces se pone fría, no de maldad sino de distancia, como si una parte de ella estuviera siempre mirando desde afuera. Aun así transmite algo cálido, una mezcla rara de alegría contenida y seriedad que en otra persona sonaría contradictorio pero en ella simplemente es así.
    Una chica común en apariencia. De esas que no necesitan más que eso para quedarse en la memoria de quien la cruza.

    PERSONALIDAD

    Alisson es de esas personas que te caen bien antes de que abran la boca. Hay algo en ella que transmite seguridad, no la seguridad arrogante de quien cree saberlo todo, sino la de alguien que simplemente está. Presente. Atenta. Si necesitás algo ella ya lo notó antes de que lo pidas.
    Es gentil de verdad, no de las que sonríen por compromiso. Le importa la gente, le importa cómo están, qué les pasa, qué necesitan. Tiene esa cosa rara de los que nacieron para cuidar, lo lleva en la sangre, literalmente. No es casualidad.
    Pero hay una capa debajo de todo eso.
    Quien la conoce un poco más se da cuenta de que Alisson tiene algo distinto. Una frialdad que aparece de vez en cuando sin avisar, una distancia que pone sin que parezca intencional. No es descortesía ni maldad. Es otra cosa. Es la forma que encontró de no quedarse sin piso cuando las cosas duelen, y las cosas le dolieron desde chica, demasiado pronto para una nena de seis años que fue a buscar a su madre con los ojos llenos de esperanza y la encontró quieta, con una foto entre las manos y sin responder a su nombre.
    Eso deja marca. No importa cuántos años pasen.
    Creció entre la ausencia de Charlotte y la presencia silenciosa de Ethan, un padre que la quería con todo pero que también cargaba un peso enorme que a veces se le notaba en los ojos aunque no dijera nada. Aprendió a leer personas así, en los gestos pequeños, en lo que no se dice. Aprendió a estar bien sola. Aprendió que las personas que más amás a veces no vuelven y que eso no significa que no valga la pena quererlas igual.
    Es un bichito raro, sí. La primera impresión puede confundir, a veces parece estar en otro lado, a veces suelta algo inesperado que no encaja con la conversación y resulta que tiene más sentido que todo lo demás. Tiene capas. No se entrega fácil ni se muestra del todo, no porque sea falsa sino porque aprendió que mostrarse cuesta y que no todo el mundo merece ver lo de adentro.
    Pero cuando decide estar, está entera.
    Conoce cosas que la mayoría de los chicos de su edad no conocen. Vio a su padre volver roto de trabajos que no podía contar. Escuchó historias de su madre de boca de quienes la vieron morir. Creció sabiendo que el mundo puede ser muy cruel y aún así eligió no volverse cruel con él. Eso no es poca cosa.
    Le falta mundo todavía, ella misma lo sabe. Pero lo que ya vivió le pesa y le da forma a la vez. Y en algún lugar entre esa calidez genuina y esa frialdad que usa de escudo vive una chica que daría todo por los que quiere, igual que su madre, sin pensarlo demasiado, sin pedir nada a cambio.
    Como Charlotte lo hizo en su momento. Como si fuera lo único que sabe hacer bien.
    Y probablemente lo sea.

    INFANCIA

    Alisson creció en Goslar como crecen los chicos de los pueblos chicos, con la calle como patio y los vecinos como familia extendida. La conocían todos. Era de esas nenas que aparecían en cualquier casa a la hora de la merienda y nadie preguntaba nada porque ya era parte del paisaje.
    Jugaba con los chicos del barrio sin distinción, en la calle, en las plazas, en los patios de tierra de las casas viejas del pueblo. Se quedaba a comer donde la invitaran y volvía a casa cuando el frío apretaba o cuando su padre estaba. No necesitaba mucho para estar bien, o al menos eso parecía.
    Porque Alisson aprendió desde chica a no mostrar lo que le pesaba adentro.
    No fue algo que decidió conscientemente, fue algo que simplemente pasó. Vio a su padre cargar sus cosas en silencio, vio cómo Ethan doblaba la tristeza y la metía en algún cajón para seguir funcionando, y ella hizo lo mismo sin que nadie se lo enseñara con palabras. Lo aprendió mirándolo. Espalda recta, cabeza arriba, seguir.
    En el jardín, en la primaria, los maestros la describían como una nena alegre. Y no mentían, había algo genuino en ella, una chispa que no se apagaba fácil. Pero los que la conocían de cerca, los chicos con los que compartía el recreo todos los días, notaban a veces que Alisson se quedaba mirando a la nada por un momento antes de volver a reírse. Un segundo nada más. Después seguía como si nada.
    Tenía esa cosa especial con los chicos que estaban mal. Si alguien lloraba en el patio ella aparecía. No decía grandes cosas, no tenía el vocabulario para eso todavía, simplemente se sentaba al lado y abrazaba. De esos abrazos de chicos que no tienen ningún cálculo detrás, puros, sin más intención que estar. Más de una vez una madre del barrio le contó a Ethan que su hija había consolado a algún nene sin que nadie se lo pidiera, que simplemente lo había visto solo y había ido.
    Ethan escuchaba eso y sonreía de un modo que dolía un poco.
    Porque reconocía a Charlotte en cada uno de esos gestos.
    Alisson creció sin su madre pero llena de ella de todas formas. En la forma de mirar a los demás, en ese instinto de ir hacia el que sufre en lugar de alejarse, en esa cosa rara de poner el cuerpo cuando alguien lo necesita. No lo sabía todavía, era muy chica para saberlo. Pero estaba ahí, grabado en algún lugar que las palabras no alcanzan.
    Por dentro no siempre estaba bien. Había días difíciles que nadie veía porque ella no los mostraba. Días en que extrañaba algo que no sabía del todo cómo nombrar, una presencia, un olor, una voz que nunca llegó a conocer del todo bien. Pero levantaba la cabeza. Siempre levantaba la cabeza.
    Así la habían criado.
    Había algo que Alisson nunca dijo en voz alta pero que vivió muchas veces.
    La salida de la escuela.
    Cuando el timbre sonaba y los chicos salían en tropel, el patio se llenaba de madres, padres, abuelas con bolsas, parejas que llegaban juntas. Era un ruido particular ese, el de los chicos gritando el nombre de sus viejos, el de los abrazos de todos los días que para los demás eran rutina y para ella eran otra cosa.
    Alisson salía y miraba sin querer mirar. Una madre que le acomodaba el pelo a su hijo. Un padre que cargaba la mochila sin que el chico se lo pidiera. Los dos juntos, hablando de cómo le había ido, caminando despacio hacia casa.
    Ella volvía con los amigos del barrio y sus familias, entre el ruido de los demás, o a veces sola, o a veces con Ethan cuando podía estar. Nunca los dos. Nunca su mamá esperándola en la puerta con esa cara que tienen las madres cuando ven aparecer a sus hijos entre la multitud.
    A veces alguna madre de sus amigos le ponía la mano en la cabeza al pasar, una caricia corta, de esas que se dan sin pensar. Le preguntaban cómo te fue hoy Alisson, qué aprendiste, tenés hambre. Con genuina ternura, sin obligación. Alisson respondía bien gracias, con una sonrisa que le salía sola porque era una nena educada y agradecida. Pero adentro algo retumbaba. No era enojo ni era tristeza del todo, era algo sin nombre exacto, el eco de una voz que nunca iba a escuchar preguntándole eso a ella, una mano que nunca iba a acomodarle el pelo de esa forma, con esa familiaridad que solo tiene una madre.
    Respondía, sonreía, y seguía caminando.
    No sintió celos de los otros chicos. Nunca fue eso. Era algo más quieto, más adentro, un dolor sordo que no hacía escándalo. Lo sentía un momento y después lo empujaba para abajo con esa destreza que fue desarrollando sin darse cuenta.

    Los momentos más difíciles no eran los grandes, eran los chicos.
    Eran las noches en que la casa estaba demasiado silenciosa y Ethan no había vuelto todavía. Alisson se sentaba en el piso de su cuarto con la espalda contra la cama y miraba la pared sin mirar nada en particular. No lloraba siempre, a veces simplemente estaba ahí, quieta, con ese peso encima que los chicos no deberían conocer tan pronto.
    O eran las tardes de lluvia en que todos sus amigos se habían ido a sus casas y ella se quedaba un rato más en la calle bajo el alero de algún edificio, mirando caer el agua, sin apuro de llegar a ningún lado. No porque no quisiera entrar. Sino porque entrar significaba el silencio, y el silencio a veces hablaba demasiado.
    O eran los domingos. Los domingos eran los peores sin que nadie lo supiera. El pueblo tenía ese ritmo lento de domingo en que las familias salían juntas, comían juntas, caminaban juntas por las calles de piedra. Alisson salía igual, sola o con algún amigo, y lo pasaba bien porque ella sabía pasarlo bien. Pero había un momento, siempre había un momento, en que se sentaba en algún banco de plaza y miraba a su alrededor y lo sentía todo de golpe antes de apagarlo otra vez.
    Levantaba la cabeza.
    Seguía caminando.
    Y si algún amigo la miraba raro ella ya estaba sonriendo antes de que pudiera preguntar algo.

    JUVENTUD

    El secundario le cayó bien a Alisson. No de esa forma en que le cae bien a los chicos que se la pasan sin esforzarse, sino de la forma en que le cae bien a alguien que necesitaba tener las manos ocupadas y la cabeza enfocada en algo concreto.
    Aprendió mucho en esos años. Medicina básica, lo suficiente para entender lo que su madre había estudiado toda la vida, lo suficiente para que cuando alguien se lastimaba cerca ella supiera qué hacer antes de que llegara cualquier otro. Artes marciales, distintas disciplinas, aprendió a moverse con una calma que desconcertaba a los que la veían por primera vez. No era agresiva, nunca lo fue, pero había algo en la forma en que se paraba, en cómo ocupaba el espacio, que decía claramente que no era alguien a quien convenía subestimar.
    Ethan le enseñó el resto.
    Los fines de semana que estaba, que no eran todos pero eran los que había, la llevaba al campo de tiro. Le enseñó a usar armas de fuego con la misma seriedad con que le enseñaba cualquier otra cosa, sin dramatismo, con respeto. Le explicó que una herramienta así se aprende a usar para saber lo que es, para entenderla, no para otra cosa. Alisson escuchaba, aprendía rápido, y Ethan la miraba disparar a veces con una mezcla de orgullo y algo parecido al miedo que prefería no nombrar.
    También le enseñó a cocinar. Cosas simples primero, después más elaboradas. Le decía que una persona que sabe cocinar nunca depende de nadie para lo básico y Alisson se lo tomó en serio. La costura vino por el mismo camino, por esa filosofía silenciosa de Ethan de que su hija tenía que saber arreglárselas sola en cualquier circunstancia. No lo decía con tristeza aunque probablemente algo de eso había. Lo decía como quien prepara a alguien para un mundo que sabe que no siempre es amable.
    Alisson creció ocupada. Siempre había algo que hacer, algo que aprender, algún lugar adonde ir. Y eso le venía bien porque el movimiento siempre había sido su forma de no quedarse demasiado tiempo a solas con los pensamientos.

    Cuando cumplió dieciocho años Ethan tomó una decisión.
    No fue fácil para ninguno de los dos aunque ninguno lo dijo del todo. La mandó a Los Santos. Un lugar distinto, lejos de Goslar, lejos de los inviernos grises y las calles de piedra y la tumba de Charlotte en el cementerio del pueblo. Lejos de todo lo conocido.
    Ethan se quedó en Alemania. Tenía su trabajo, tenía su vida, tenía esa tumba que visitar. Pero le había prometido algo a Charlotte años atrás, escrito en una carta manchada de sangre, y lo estaba cumpliendo a su manera. Sacarla de ahí. Darle algo más. Darle mundo.
    Se llamaban seguido. Ethan no era hombre de muchas palabras por teléfono pero estaba, y Alisson sabía que estaba aunque el océano de por medio hiciera todo más raro y más silencioso.
    Se fue con lo que tenía. Con todo lo que su padre le había enseñado, con la medicina básica, con las manos que sabían defenderse y también sanar, con esa columna vertebral recta que había construido a fuerza de levantarse sola más veces de las que nadie sabía.
    Y con ese dolor quieto de siempre, bien guardado, bien abajo.
    Como siempre.

    ACTUALIDAD

    Alisson tiene veintiún años y Los Santos ya no le es ajeno.
    Habla inglés con una fluidez que costó pero que llegó, de esas personas que cuando hablan un segundo idioma no traducen en la cabeza sino que simplemente piensan en él. La nacionalidad la tramitó con la misma metodicidad con que hace todo, paso a paso, sin apuro pero sin parar. Ya es de acá en el papel y en la práctica.
    Vive una vida normal en la superficie. Trabajos de medio tiempo, nada extraordinario, lo suficiente para mantenerse sin depender de nadie. Sale a caminar, se ejercita, conoce el barrio, saluda a los vecinos. Una chica más entre millones en una ciudad que no para nunca. Nadie que la cruza en la calle sabe todo lo que carga ni todo lo que sabe hacer.
    Pero un día apareció una campaña del FIB.
    Lo leyó sin buscarlo, de esas cosas que aparecen y te detienen aunque no tengas intención de detenerte. Lo leyó una vez. Después otra. Y algo encajó adentro con un clic que no esperaba.
    No fue nostalgia ni fue impulso. Fue reconocimiento. Era el tipo de trabajo que había visto de cerca toda su vida, primero de lejos cuando era chica y su padre llegaba y se iba sin poder explicar adónde, después más de cerca cuando fue creciendo y entendiendo qué significaba realmente lo que Ethan hacía. Coordinar, investigar, ir contra lo que la mayoría prefiere ignorar. Proteger aunque cueste. Estar donde otros no quieren estar.
    Por qué no intentarlo, pensó.
    Y la pregunta no venía de un lugar oscuro. No era venganza, no era ese rencor que podría haber construido perfectamente después de todo lo que le arrebataron. No había nada de eso. Era algo más limpio y más profundo, ese sentido de la justicia que no necesita un agravio personal para existir, ese querer que las cosas estén bien no porque alguien te lo deba sino porque creés genuinamente que vale la pena pelear por eso.
    Su madre salvó vidas sin importar el costo. Su padre dedicó los mejores años a combatir lo que otros no podían ver. Alisson no lo hace por ellos ni para honrarlos, o al menos no solo por eso. Lo hace porque es lo que es, porque lo lleva adentro de una forma que no eligió pero que tampoco cambiaría.
    Quiere ser alguien. Quiere servir de algo concreto. Quiere que su presencia en este mundo signifique una diferencia para alguien, aunque sea para uno solo.
    Mientras tanto sigue con su rutina, sus trabajos, sus caminatas por la ciudad. Con los pies en la tierra y la vista despejada. Sin dejarse llevar por lo que brilla demasiado ni por lo que asusta demasiado. Con esos principios que nadie le regaló, que se ganó a fuerza de crecer sola y de levantarse cada vez que el piso se movió.
    Recta. Como siempre.
    Como le enseñaron.

    publicado en Biografías de Personajes
    Emaa
    Emaa
  • Ficha Leia Russell

    INFORMACIÓN PERSONAL

    • NOMBRE COMPLETO: Leia Russell.

    • EDAD: 21 Años.

    • LUGAR DE NACIMIENTO: Residencia Pillbox, Los Santos..

    • NACIONALIDAD: EstadoUnidense

    • SEXO: Femenino

    PADRES

    Leia viene de una familia Humilde de buenos principios y enseñanzas, la vida de Leia junto a sus padres Ethan Russell y Cloe Becker fue dura y llena de necesidades.
    Leia se crio en un ambiente sano pero con necesidades, aun que su padre siempre intento cubrir todas las necesidades junto a su madre siempre faltaba algo de ropa u otros gustos que deseaba tener Leia, fuera de eso nunca falto la educación y un plato caliente en la mesa.
    Asi mismo Leia iba a la escuela sufría Bullying por su apariencia, estado económico entre otros aspectos, aun asi ella nunca junto odio o hizo daño a sus compañeros de clase, ella siempre les saludaba con una sonrisa.
    El padre de Leia,Ethan Russell trabajaba en las minas de carbón, y su madre Cloe Becker trabajaba de empleada domestica por lo que muchas veces Leia debía cocinarse ella sola limpiar ordenar y realizar sus deberes escolares sola, asi es como ella desarrollo un gran nivel de disciplina en cada tarea que se propone a hacer, a la edad de 18 años termino el secundario con buenas calificaciones.
    Desde hace tiempo en ella nacio el deseo de hacer el bien y cuidar de los demas,entonces asi mismo inicio su carrera estudiando y alistándose al cuerpo policial

    APARIENCIA FÍSICA

    Leia Russell es una joven común y corriente con un aspecto que transmite confianza amabilidad alegría y seriedad.
    Tiene un rostro ovalado, ojos azules nariz normal y otros aspectos como labios cejas llamativos, Mide 1.68 aproximadamente pesa 54kg cabello negro oscuro, liso y bien peinado, es de tez blanca suave acompañado de una sonrisa cual brinda alegría y calma

    PERSONALIDAD

    Leia es una persona dedicada centrada en toda meta que se proponga, en cada tarea que realiza dia a dia coloca toda su dedicación alma y corazon en las acciones decisiones teniendo una linda sonrisa y empatía asi mismo un sentido de justicia bien definido, inculcado por mis padres es empática bondadosa y de buen corazon.
    Claramente como todo ser humano tiene defectos, tomo inseguridades dependiendo la situación, debido a que siempre quiere lo mejor para los demás por eso duda bastante a la hora de realizar acciones que puedan ocasionar daño físico o mental directa u indirectamente a una persona, tambien es una persona perfeccionista, le gusta realizar cada tarea u objetivo que se propone de la mejor manera posible aun asi deba intentar varias veces hasta perfeccionarse , sabe que si ella cae puede levantarse y volver a intentar, asi mismo con ayuda de alguien intenta levantase mas fuerte, decidida y progresar.

    INFANCIA

    Leia creció en una casa Humilde con la ropa justa y necesaria sin faltarle un plato caliente en la mesa, educación diciplina y valores, siempre fue una niña alegre y mimada por sus padres, aun asi ellos debido a temas laborales para darle lo mejor posible no siempre estaban en casa asi que Leia debía atenderse sola o aveces pasaba rato donde la vecina jugando hasta que llegaran sus padres, fuera de eso siempre desde niña sufrio bullying por parte de niños de jardín u niños de su pueblo
    aun asi nunca se defendió o realizo daño alguno.
    Asi mismo Leia creció y siempre fue una niña bien portada con valores y siempre compartió lo que tenia sea mucho o poco aun asi fuera un cacho pequeño de pan.

    JUVENTUD

    Al pasar los años Leia crecio y se convirtio en toda una dama estudio en el secundario sin deber materia alguna salio con las mejores calificaciones educación y junto a sus padres aveces tomaba empleos de medio tiempo para cubrir sus gastos y no ser una carga para ellos ya que siempre estaban al pendiente de que le faltara algo a Leia, aun asi ella aveces ayudaba en casa con una compra pequeña pero siempre aportaba su grano de arroz, Leia siempre fue una joven activa asi que inicio a hacer atletismo y investigar mas sobre lo necesario para introducirse al cuerpo policial asi que desde temprana edad inicio su camino y una lucha fuerte para lograr sus objetivos.

    ACTUALIDAD-|
    Leia Russell en la actualidad tiene 21 es una joven sana y fuerte independiente, y continua sus estudios para introducirse al cuerpo policial, renta un piso en PillBox pequeño pero cómodo, no le falta un plato caliente ni ropa cubriendo sus gastos con trabajos de medio tiempo, aun asi no quita el ojo a sus objetivos y busca ser una joven fuerte y al lograr sus objetivos tener nuevos y luchar por lo que ella se proponga

    publicado en Biografías de Personajes
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