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La noche era densa y el motor de la última camioneta resonaba entre los edificios desgastados de Rancho. La pandilla había tomado la decisión de trasladarse de Strawberry a Rancho, un territorio que no era desconocido para sus líderes. Aquí, en estas calles, muchos de ellos habían aprendido las reglas de la supervivencia. La experiencia en Rancho los hacía sentir en casa, y para algunos, regresar a estos rincones era como un retorno a las raíces, a un lugar donde el peligro era una constante, pero donde el respeto y el control tenían un valor incalculable.
Mientras se instalaban, surgía un aire de renovación. Los líderes sabían que cada cambio de territorio traía sus propios desafíos, y en Rancho, la pandilla no podía permitirse ninguna debilidad. Los errores del pasado no podían repetirse, y la paciencia para aquellos que no aportaban al grupo se estaba agotando. La pandilla había arrastrado por mucho tiempo a algunos miembros que habían mostrado una lealtad débil, errores repetidos o, peor aún, una traición silenciosa.
En esta nueva etapa, solo quedarían aquellos que demostraran ser imprescindibles. Cada uno que caminaba por las calles de Rancho debía tener claro que, a partir de ahora, las reglas serían estrictas. Aquellos que no pudieran adaptarse o que mancharan el nombre de la pandilla con sus fallos o traiciones serían rápidamente apartados.
Esa misma noche los miembros fueron llamados. Las conversaciones eran breves y directas. Las segundas oportunidades ya se habían agotado; esta vez, se quedaba solo quien mostrara un compromiso sólido. Varios fueron despedidos en silencio, sin escándalos, mientras los demás observaban y comprendían que el cambio era real. Cada salida de uno de esos miembros marcaba el peso de una lección: aquí, en Rancho, el margen de error era inexistente.
Al instalarse en los barrios bajos de Los Santos, Kentaro rápidamente aprendió que la ciudad tenía sus propias reglas y que sobrevivir allí no sería fácil. La vida en las calles le mostró que había que ser siempre cauteloso, desconfiando de todos y cuidándose las espaldas en cada momento. Los engaños, las traiciones y la violencia formaban parte del día a día, y Kentaro comenzó a adaptarse a ese mundo despiadado.
Con el tiempo, aprendió a disparar y, si era necesario, a matar sin dudar. La necesidad de protegerse y de proteger a su grupo lo convirtió en alguien que no titubeaba ante la violencia cuando la situación lo requería. Esta experiencia le enseñó a sobrevivir en un entorno donde solo los más fuertes y astutos lograban salir adelante.
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