Cuaderno de Bitácora

Fecha: 25 de Septiembre de 2025 - El único dueño del Norte, es el Norte.

La noticia le llegó a Javi por la voz de un vecino, uno de esos viejos que lo ha visto todo y que sabe cuándo algo no cuadra. — “Hay unos chavales nuevos en Blaine, con el parche de Grapeseed cosido en la espalda” — le dijo, mientras escupía en la tierra reseca. Javi se quedó quieto, sin gesticular, solo apretando la mandíbula.

No necesitó más detalles. Esa misma tarde mandó el aviso: Démosles la bienvenida.

No fue en ningún bar ni en ninguna casa. Eligieron un pequeño porche elevado de madera que había en medio de la nada, construido para no pisar arena ni levantar polvo. Era un sitio neutral, sin banderas ni muros que recordaran a nadie de quién era el lugar. Al caer el sol, Javi llegó primero, escoltado por los suyos. El calor del día aún se sentía en las tablas, y los peldaños crujieron con cada pisada. El sonido metálico de las cadenas colgando de sus cinturones acompañaba el momento, marcando un compás tenso, casi ceremonial.

Los nuevos moteros ya estaban allí, de pie sobre el entablado, a su espera. Sus parches de Grapeseed parecían demasiado nuevos, demasiado limpios. Javi subió el último escalón, se plantó delante de ellos y habló con voz firme.

—Bonito parche — dijo, con esa calma que hace que cada palabra pese—. ¿Sabéis lo que significa llevar eso?

Uno de los nuevos le sostuvo la mirada.
— Somos moteros, somos del Norte, y llevamos este parche con orgullo, porque así lo queremos, no necesitamos el permiso de nadie.

Javi se giró, anduvo hacia el centro del corro, y tomando aire, enunció:

— Aquí no hay permisos, no hay dueños, el Norte no es así, pero el Norte no regala nada, es al Norte a quien debéis demostrar que podéis llevar ese parche. Ese parche se gana con sudor, con tiempo, con respeto, no ante mí, no ante otro club; como nos tocó hacer a nosotros; sino ante el Norte, ante su comunidad, sus vecinos, sus clubes, sus comercios, sus caminos, asfaltados y de tierra o barro. Si no te lo ganas, si no sabes llevarlo, si no respetas al Norte, te lo quitas. Así de simple.

El silencio fue brutal. Nadie se movió. Y pese a que muchos tendrían algo que decir, nadie cedió. Javi no gritó, no amenazó. Solo dejó la frase caer como una piedra en un pozo. Luego se dio media vuelta y bajó del porche, seguido de los suyos. No hizo falta decir más.

En cuestión de horas, gente del norte comentaba lo sucedido. Los vecinos se acercaban, algunos preocupados, otros curiosos, preguntando por qué había habido un enfrentamiento con otro club.

Javi fue claro, mirando al cielo, y recordando el rostro de quien todos los seguidores de las Bestias imaginaréis dijo:

— El Norte no es de nadie. Y, a la vez, es de todos. Nadie es más que nadie aquí. No somos jueces ni dictadores, solo cuidamos de este lugar como lo haría cualquier otro club. Queremos paz, no guerra. Pero paz de verdad, no paz en la que uno solo se lleve el pastel entero. —

Esa misma noche, con los huevos bien cargados, las Bestias salieron en patrulla con los vecinos, controlando los caminos de tierra, lugar frecuentado en las noches por atracadores y bandas que asaltan a los granjeros que vagan por ellos. Echaron a unos sureños que venían a buscar problemas y esa noche el condado volvió a dormir en calma.

Era curioso, como si alguien lo hubiera planeado, comenzaron a aparecer nuevos clubes de moteros, tanto en el norte como en el sur. Justo después de que el gobierno anunciara ayudas y subvenciones para los “clubes más auténticos”. Javi, ya descansando del largo día, pensó de nuevo en ello, una vez más, se rio para sí mismo:

—Vaya casualidad —murmuró, encendiendo un cigarro—. Caray… no existen tales putas casualidades.

Esa noche, sentado en el porche de un viejo almacén de Grapeseed, se quedó mirando el humo que subía lento. Y, disfrutando de ese cigarro como si fuera el último, pensando en Viktor, en Vaki, y en todos aquellos que desprendieron el sudor por darle vida al Norte aún cuando los clubes de moteros iban desapareciendo tiempo atrás. En aquellos clubes que los vieron crecer y que tanto le enseñaron, de lo bueno y de lo malo.

Llevó su cigarro encendido a la boca, sorbió una fuerte calada de este y ,tras ello, lanzó la colilla a la lejanía con una toba. Aún con el humo en sus pulmones, se levantaba quejoso, y decía de nuevo mientras se carcajeaba sarcásticamente:

— No existen tales putas casualidades.