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Los días de Drew como Hangaround habían sido intensos. Cada tarea, cada ruta y cada trabajo lo había llevado al límite, pero también lo habían fortalecido. En ese tiempo, Drew aprendió no solo sobre la operación de los Desert's Bastards, sino también sobre sí mismo. Poco a poco, había ganado el respeto de los miembros del club y, más importante aún, había demostrado su lealtad y determinación. Sin embargo, el camino aún estaba lejos de terminar.
Era una noche fresca en el norte. Los Desert’s Bastards habían convocado una reunión en su sede, un almacen robusto y oscuro en medio de un paraje desolado, rodeado de un aire de misterio. Drew había estado allí antes, pero esta vez todo tenía un tono diferente. Los miembros oficiales hablaban en susurros, mientras los prospectos y hangarounds se mantenían a distancia, sin saber exactamente lo que estaba por venir.
Tras un trabajo reciente en el que Drew había jugado un papel clave, los Bastards decidieron que era momento de reconocer su esfuerzo. Cuando Johnny Murray, el presidente, lo llamó al frente de la sala principal, Drew sintió una mezcla de orgullo y nerviosismo. Todos los ojos estaban sobre él, incluyendo los de los veteranos más duros, que ahora lo observaban con una ligera sonrisa de aprobación.
Murray llevaba consigo un chaleco de tela celeste. En el pecho estaba la bandera de los Estados Unidos bordada, y en la espalda destacaba el parche de Prospect. El silencio llenó la sala mientras Murray, con voz grave, comenzó a hablar.
Drew aceptó el chaleco con firmeza, aunque su interior era un torbellino de emociones. Mientras lo ponía sobre sus hombros, un murmullo de aprobación recorrió la sala. Para él, este momento no solo marcaba un hito, sino también un compromiso renovado con el club. Sabía que llevar ese parche no solo era un honor, sino una carga que debía llevar con orgullo y dedicación.
Con el chaleco puesto y el parche en su lugar, Drew fue conducido al corazón de la sede: La Mesa. Este era un lugar especial, casi sagrado para los Desert's Bastards. Una larga mesa de madera oscura ocupaba el centro de la sala, rodeada de sillas donde se sentaban únicamente los miembros oficiales. Las paredes estaban decoradas con recuerdos del club, fotos de rutas pasadas, herramientas antiguas y un estandarte con el símbolo de los Bastards.
Drew, como Prospect, no tenía voto ni palabra en ese lugar, pero su presencia significaba que estaba dando el primer paso hacia algo más grande. Se le asignó un lugar al final de la mesa, un lugar reservado para los prospectos, desde donde podía escuchar y aprender.
La reunión comenzó con el sonido del martillo de Murray golpeando la mesa, señalando el inicio oficial. Las conversaciones iban desde planes para nuevas rutas y trabajos hasta la gestión de conflictos internos. Drew escuchó con atención cada palabra. Aunque estaba al margen de las discusiones, sabía que este era un momento crucial en su integración al grupo.
Tras la ceremonia en La Mesa, Murray anunció que los Bastardos se reunirían con un club hermano, los Death Nation. La relación entre ambos grupos era de respeto mutuo, y las reuniones servían tanto para fortalecer alianzas como para disfrutar de la camaradería que compartían como motor clubs.
Esa noche, los Bastardos y los Death Nation se encontraron en un claro al pie de una montaña, un lugar que resonaba con el rugido de decenas de motores. Drew, con su nuevo chaleco de Prospect, sintió la emoción de ser parte de algo más grande. La ruteada comenzó poco después, y el grupo recorrió las serpenteantes carreteras del norte, iluminados por la luna y el brillo de los faros. El sonido de las choppers y el viento en el rostro le recordaron a Drew por qué había elegido esta vida.
Después de casi una hora de ruta, el grupo llegó a un pequeño bar en las afueras de Paleto Bay. Era un lugar modesto, con mesas de madera desgastadas y luces tenues, pero tenía suficiente espacio para acomodar a los dos clubes. La atmósfera era animada; los miembros de ambos grupos compartían historias, reían y alzaban sus cervezas en un brindis tras otro. Drew, aún en su papel de Prospect, se movía entre las mesas, asegurándose de que los vasos nunca estuvieran vacíos y ayudando en lo que se necesitara. Sabía que cada detalle contaba para construir su reputación.
Nadie ha respondido aún
Lewis, un poco más acomodado económicamente luego de varios trabajos con los alemanes, se encontraba rendido por la nostalgia de sentir el dolor de cabeza al armar un motor o rearmar un vehículo desde cero. Decidió iniciar un proyecto nuevo que lo devolviera a sus raíces. A través de un contacto confiable, logró comprar un Kanjo en mal estado, con la chapa picada y todo roto.
El auto estaba fuera de la ley, con patentes truchas, pero a Lewis no le importó. Sabía que le esperaba mucha mano de obra, pero ese era precisamente el desafío que buscaba.
Para repararlo, Lewis necesitaba muchas cosas, pero lo principal era un taller. Como buen mecánico y amante de los autos, rápidamente se hizo de uno en Murrieta. Era pequeño, pero bastaba para sus propósitos. Comenzó por comprar los materiales necesarios: algunas herramientas, modificaciones estéticas y poco más. Para esto, visitó el Mega Mall de Davis.
Sin embargo, lo más importante era el motor, y en eso lo ayudó su viejo amigo Mosley, del autoservicio de Chamber. Mosley, aunque parecía un tipo avejentado, conseguía los mejores motores de Los Santos. Juntos pasaron varias tardes discutiendo sobre cuál sería el mejor motor para el Kanjo, revisando catálogos y haciendo llamadas a viejos contactos de Mosley.
Con todas las piezas reunidas, Lewis arrancó por lo básico: modificaciones al motor, arreglo de válvulas, bujías, y demás detalles necesarios para que el motor arranque y funcione. Sabía que luego lo cambiaría por uno a la altura del proyecto. Cada paso lo acercaba más a revivir su pasión por los autos y la mecánica. Mientras trabajaba, la satisfacción de ver cómo el Kanjo comenzaba a cobrar vida bajo sus manos le devolvía la alegría y el propósito que había estado buscando. Pasó días enteros en su taller, a veces hasta altas horas de la madrugada, completamente absorto en su trabajo. Sus manos se llenaban de grasa y sus músculos se tensaban con el esfuerzo, pero nada podía compararse con la sensación de ver el progreso tangible de su esfuerzo.
El taller de Murrieta se convirtió en su santuario, un lugar donde podía escapar del mundo y sumergirse en su pasión. Cada vez que lograba solucionar un problema, por pequeño que fuera, sentía una oleada de satisfacción. El rugido inicial del motor del Kanjo, aunque aún no perfecto, fue música para sus oídos. Sabía que el camino por delante era largo, pero eso no lo desanimaba. Al contrario, lo motivaba a seguir adelante. Con cada pieza que colocaba, con cada ajuste que hacía, sentía que estaba reconstruyendo no solo el coche, sino también una parte de sí mismo.
Poco a poco Lewis fue resolviendo los problemas que se le presentaban en el Kanjo, renegó mucho, pero un día pudo sacarlo a la calle...
21 de Mayo del 2024. Una fecha que marcaría un antes y un después en la vida de Darius. En esa fecha sonaría su teléfono y recibiría la peor noticia que un hijo puede recibir: la noticia de la muerte de su madre. ¿El motivo? Causas naturales.
Horas después de recibir esa llamada impactante, Juana, la recepcionista del edificio, le notifica que ha recibido una carta.
Darius recibiendo la carta en el hall del edificio donde reside.
Marks odia este tipo de papelerios, para eso tiene un grupo de personas encargadas, pero esto debía afrontarlo solo.
Momento de leer la carta.
Spoiler
Abrir el spoiler para leer la carta.
Muere su madre, horas despues recibe la noticia de que es el único heredero y familiar en vida junto con su Abuela...
Luego de iniciar los trámites correspondientes para recibir su herencia, que poco le importaba, Darius decide solicitar que el cuerpo sea enterrado en el cementerio de la ciudad de Los Santos, ya que, siendo el único hijo de Mariela, nadie más en la familia asistirá al funeral...