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  • FAMILIES







    El cuaderno de la Families

    En una noche, después de fumarse una banda de marihuana, Cenicero, perdido entre el humo y el viaje de la hierba, recuerda el talento que tenía pa’ los graffitis. Ahí nomás decide sacar su cuaderno de bocetos y empieza a rayar y bocetear todo lo que pasó después de la última charla con K y con LocDog…

    Mientras la pieza se llenaba de humo y el ambiente estaba re pesado, Cenicero dejaba caer toda la locura y los pensamientos en cada trazo, como un verdadero soldado de la calle marcando historia en papel.

    Luego de una semana...

    Era otra noche pesada en el hood. La casa estaba completamente llena de humo mientras Cenicero se hundía en el sofá, quemando hierba sin parar. El olor del porro se había adueñado de todo el lugar y apenas dejaba ver la televisión que seguía prendida al frente suyo. Sus ojos estaban completamente achinados de tanto fumar; cada tanto soltaba una carcajada mirando una serie cómica de la ciudad, y entre risa y risa le agarraba una tos seca que retumbaba en la sala.

    La música sonaba bajito desde una radio vieja tirada en la esquina, mientras afuera se escuchaban motores pasando por el barrio y uno que otro negro gritando desde la calle. Era una noche tranquila para las Families… o al menos eso parecía.

    En medio de la locura que le pegaba la hierba, Cenicero volteó la cabeza y vio, tirado al lado del sofá, el mismo cuaderno de bocetos que había usado la semana pasada. El negro se quedó mirándolo unos segundos, sonriendo como si mil recuerdos le estuvieran cruzando la cabeza al mismo tiempo. Entonces se inclinó, lo agarró y lo abrió lentamente.

    Con los dedos todavía temblando por el humo y la mente completamente volada, empezó a dibujar y bocetear todo lo que había pasado durante la semana en el barrio. Cada página se llenaba de rayones, nombres, símbolos y escenas de la calle.

    Anotó aquellas charlas entre colegas en el hood, donde los negros hablaban de respeto, negocios y problemas que se venían acercando. También dejó marcadas las reuniones con unos tipos del norte de la ciudad, sujetos que parecían venir con plata y propuestas para futuros movimientos entre las calles.

    Entre humo y humo, siguió dibujando las vueltas por la ciudad en los vehículos de la pandilla, simplemente rodando para pasar el rato, mirando cómo se movía la noche mientras sonaban temas de rap viejo en los parlantes. Después plasmó la llegada de nuevos negros al barrio, jóvenes buscando ganarse un lugar dentro de las Families y demostrar que tenían corazón para representar los colores.

    Las páginas también se mancharon con escenas de noches saliendo a pintar graffitis, dejando la marca de la pandilla en paredes y callejones, reclamando territorio como siempre lo hacía la calle. Y entre toda esa locura, también quedaron anotados algunos golpes rápidos: robos a gente distraída y el momento exacto en el que se llevaron una camioneta mientras la ciudad dormía sin enterarse de nada.

    Cenicero seguía escribiendo y dibujando sin parar, completamente perdido en el humo y los recuerdos de la semana. Porque para él, aquel cuaderno no era solo papel… era prácticamente la historia viva de las Families.

    Luego de una semana...

    La noche caía pesada sobre el hood. El humo de la hierba se mezclaba con el olor a cerveza barata y concreto caliente mientras Cenicero estaba sentado afuera de los bloques junto a Big-Tebi, mejor conocido como Big-T. Ambos tenían una botella en la mano y un blunt que iba y venía mientras hablaban mierda de la semana, de los problemas en la calle y de los negros que andaban cayendo presos por andar dormidos.

    Big-T. soltó una risa ronca mientras daba una calada larga y, entre el humo que le nublaba la vista, notó algo enrollado saliendo del bolsillo trasero del pantalón de Cenicero.

    —Eh, negro… ¿qué mierda es eso que cargas ahí? —preguntó señalándole el bolsillo.

    Cenicero se acomodó en el sofá viejo donde estaban sentados, sacó el cuaderno enrollado y lo dejó sobre sus piernas.

    —Nada del otro mundo, hermano… solo unas mierdas que rayo cuando ando volado.

    Big-T. arqueó una ceja mientras Cenicero abría el cuaderno. Las hojas estaban llenas de dibujos, bocetos, letras torcidas y escenas del hood. Había caras de negros del barrio, pistolas, patrullas, graffitis y momentos que parecían congelados entre tinta negra y humo.

    Cenicero empezó a mostrarle algunas páginas mientras tomaba otro trago de cerveza.

    —Todo esto fue pasando esta semana… pa’ no olvidar las vueltas del hood.

    Big-T. miraba cada hoja con los ojos rojos por la hierba y el alcohol. Soltó una carcajada antes de señalar uno de los dibujos.

    —Negro… esta mierda está buena. Con todo esto muchos van a aprender qué es lo que vivimos día a día en esta puta ciudad.

    Cenicero sonrió apenas mientras encendía nuevamente el blunt.

    Entonces Big-T. volvió a mirarlo y, todavía riéndose, le dio un golpe amistoso en el hombro.

    —¿Y por qué no boceteas todo lo que pasó esta semana, negro?

    Cenicero le dio una calada profunda al cigarro de hierba. El humo salió lento de su boca mientras miraba primero a Big-T y después el cuaderno entre sus manos.

    —Bien, hermano… ahora vengo. Iré a rayar esta mierda.

    Cenicero se levantó del sofá y entró a la casa mientras afuera seguían sonando risas, botellas chocando y música vieja del hood. Caminó hasta la habitación donde apenas alumbraba una lámpara gastada y dejó el cuaderno sobre la mesa.

    Abrió una nueva página.

    Entonces empezó a rayar todo.

    Primero dejó boceteada aquella reunión tranquila entre los negros del hood, donde todos hablaron sobre organizarse mejor para ciertas ocasiones; tanto para salir a pintar graffitis como para responder si algún hermano terminaba perseguido o en peligro por culpa de la policía.

    Después dibujó la cancha del parque detrás de los bloques. Los negros fumando hierba, tomando cerveza y haciendo batallas de rap mientras otros golpeaban las rejas y gritaban cada rima como si fueran himnos de guerra.

    La siguiente hoja mostraba a aquel sujeto que intentó robar dentro del hood. Cenicero rayó cómo lo arrastraron hasta la fábrica abandonada y cómo entre sombras y fierros oxidados terminó aprendiendo que en esas calles no se roba a la Families.

    Luego dejó marcado el momento donde una de las negras enseñaba cómo desmontar y volver a montar un arma sobre una mesa llena de piezas y casquillos vacíos, mientras todos observaban atentos entre humo y carcajadas.

    Más adelante boceteó a una de las blanquitas del hood pintando las letras de la pandilla sobre una pared vieja, dejando verde y negro chorreando por el concreto mientras los demás cuidaban la esquina.

    Otra página mostraba a los negros caminando de madrugada por el barrio, cuando las calles estaban vacías y solo se escuchaban perros ladrando a la distancia y las sirenas perdidas del centro.

    También rayó aquella charla que tuvo dentro del almacén con varios negros del barrio, hablando sobre respeto, lealtad y las vueltas que se venían para la Families.

    Después dibujó cuando todos pararon frente al edificio Pillbox en pleno centro, observando las luces de la ciudad mientras fumaban y se reían como si nada pudiera tocarles esa noche.

    Y para cerrar la semana, dejó boceteado el encuentro con aquellos moteros que decían llamarse Riders Sinaloa. Motos rugiendo en mitad de la noche, miradas pesadas y conversaciones tensas mientras el humo seguía cubriendo el aire.

    Cenicero apoyó el lápiz sobre la mesa y observó todas las páginas llenas.

    Cada raya, cada mancha y cada dibujo representaban una parte de la vida del hood.

    Luego de una semana...

    La lluvia golpeaba fuerte los techos oxidados del hood aquella noche. Las calles estaban vacías, silenciosas… demasiado silenciosas. De repente, la puerta de la casa se abrió de golpe y Cenicero entró corriendo, empapado de pies a cabeza. Respiraba agitado mientras cerraba rápido y miraba por las pequeñas ranuras de la persiana de la ventana.

    Afuera no había nadie.

    Solo una vieja luz amarillenta titilando por lo gastada que estaba, algunos autos estacionados apagados y la lluvia cayendo sobre el asfalto húmedo del barrio. Todo parecía tranquilo… pero él sabía que no lo estaba.

    Sin decir una palabra, caminó hasta el dormitorio y comenzó a quitarse la ropa manchada de sangre, dejándola tirada en el suelo. Tomó una muda limpia del armario mientras la ropa sucia terminaba girando dentro de la lavadora, mezclando el agua con el rojo oscuro de aquella semana infernal.

    Luego fue al living y se dejó caer sobre el sofá viejo. El ambiente olía a humedad, pólvora y calle. Encendió un porro lentamente, dándole una larga pitada mientras el humo llenaba la habitación.

    Fue entonces cuando vio su cuaderno sobre la mesa ratona improvisada con dos canastos y unas maderas viejas.

    El humo, el cansancio y la locura acumulada le hicieron agarrarlo sin pensarlo dos veces. Abrió una página vacía y empezó a bosquejar todo lo ocurrido durante la semana…

    Las peleas en el barrio con unos negros rivales que llegaron drogados buscando problemas. Los gritos. Las corridas. Los golpes.

    Después los cops apareciendo para intentar controlar la disputa… pero aquello se salió de control demasiado rápido. Los Families no retrocedieron. Sacaron las armas y comenzaron los disparos.

    Durante más de una hora, el único sonido en el hood fueron las balas reventando paredes y el eco de los disparos perdiéndose entre las calles mojadas. El olor a pólvora cubría el aire, mezclándose con el hierro de la sangre derramada sobre el suelo… sangre de cops muertos y de algunos soldados del barrio que también cayeron aquella noche.

    Fue una semana dura.

    Algunos murieron.

    Otros terminaron presos después de una gran redada.

    Y otros simplemente desaparecieron en la oscuridad de la ciudad para sobrevivir un día más.

    Pero después de todo el caos, las pérdidas y la sangre… los Families seguían unidos, representando el hood como siempre.

    F4L—Families For Life

    Luego de una semana...

    Green House

    Caía la noche en la rotonda. Adentro de la Green House, el aire era espeso, amarillo y dulce. La luz del foco colgando apenas cortaba el humo. Olía a blunt, a sudor viejo y a pintura en aerosol.

    Las paredes eran un museo callejero: graffitis de Grove St. 4 Life, placas de los caídos, tags frescos de Families tapando beefs antiguos. En una esquina, un equipo de música Technics robado escupía "I Don’t Give a Damn" de MC Ren desde un cassette gastado. El bajo hacía vibrar las botellas de 40oz vacías en el piso.

    Sofás viejos, cuero rajado, relleno saliéndose. Una mesa ratona de madera astillada al centro, llena de mota desmenuzada, papelillos Zig-Zag, un grinder, encendedores Bic y un cenicero rebalsado de tukas.

    Toque ochentero de hip hop:
    Un poster de N.W.A. pegado con cinta sobre un hueco en la pared. Una patineta sin ruedas clavada como repisa con latas de spray Montana y un walkman con audífonos enrollados. En el rincón, una TV de tubo con el VHS de Wild Style pausado. El suelo: linóleo ajedrezado blanco y negro, quemado por colillas. Todo tetrico, abandonado... pero con alma. Decorado por la calle.

    Cenicero y Sweet

    (Harper Sweet Compton)
    De complexión delgada pero atlética, Sweet es una negra que impone respeto con solo entrar. Piel oscura, mirada que corta, y una mandíbula que nunca se relaja. Tatuajes de letras góticas le suben por el cuello hasta la sien: F4L, 7, Grove ST 4life. Ropa holgada, bandana verde en el bolsillo trasero, Jordans desgastados pero limpios. Camina como si las calles de Los Santos fueran suyas porque lo son. No habla mucho, pero cuando lo hace, el hood escucha. Sangre fría, decisiones rápidas, lealtad de acero. Por eso llegó a Big OG.

    Repasando la Semana

    Cenicero (le da un jalón al blunt, lo pasa y tose. El humo le dibuja fantasmas en la cara.)

    Cenicero: (exhala)
    Mierda... qué semana, locas. Todavía tengo la cabeza dando vueltas.

    Sweet: (asiente, recostada en el sofá, mirando el techo)
    Semana pesada. Empezó con esos burgeros. Dueños de una hamburguesería queriendo contratarnos... pa' qué, ¿te acuerdas?

    Cenicero:
    Pa' secuestrar gente, OG. (se ríe, negando con la cabeza)
    Llegaron al hood con corbata, hablando suave. Pensaron que los Families éramos sicarios de alquiler. Les dijimos que aquí no jugamos así... todavía.

    Sweet: (toma el blunt)
    Por eso hicimos la reunión. Todo el set en el callejón, lluvia cayendo. Los negros discutiendo qué mierda hacer con esa oferta. Unos querían el billete, otros dijeron que era caliente. Yo dije que no. No metemos a Families en pedos de civiles.

    Cenicero:
    Y ahí mismo cayeron los Riders Sinaloa. Esos del norte, ¿no? Hablando de que hay movimiento raro en sus tierras. Buscando respeto... o alianza. Dijeron que si hay guerra, quieren saber de qué lado estamos.

    Sweet: (tira humo por la nariz)
    Tierra es tierra. Pero primero cuidamos Grove. Que no nos usen pa' sus guerras.

    Cenicero: (se endereza)
    Después fue lo de los rusos. Me llevé a Ryan y algunos negros mas. Aparecieron esos blancos en el hood con maletas. Querían mover kilos de tussi. Precio bueno, pero esos vatos tienen ojos muertos. Les compramos poco... pa' probar. El hood anda raro desde eso.

    Sweet:
    El tussi trae paranoia, Cenicero. Ojo con eso. (sonríe de lado)
    Por lo menos cerramos la semana bien. Salimos anoche con los botes. Pintamos medio grove y chamberlain. Dejamos Families bien marcado en verde. Que la ciudad sepa que seguimos aquí.

    Cenicero: (choca el puño con Sweet y acotan)
    4 Life, OG. 4 Life.

    El Cuaderno

    El beat de MC Ren baja. Cenicero deja caer la cabeza hacia atrás, los ojos rojos, la mente flotando. Mira la mesa ratona: un desastre hermoso. Montañitas de mota desmenuzada, semillas sueltas, papelillos pegados por la resina, un encendedor dorado robado, y al lado... su cuaderno.

    Tapa negra, gastada, esquinas dobladas. Hojas llenas de tags, de caras, de bloques de Grove dibujados de memoria. Lo agarra lento, como si pesara cien libras.

    Cenicero: (murmura, trabado)
    Simón... tengo que... tengo que bajarlo...

    Abre el cuaderno sobre sus rodillas. El humo le hace ver doble. Agarra un lápiz mordido de la mesa. Con la mano temblando por el viaje, empieza a rayar.

    Primero sale la Green House, el sofá, el humo. Luego la cara de Sweet, seria, con la bandana. Después bocetea la reunión bajo la lluvia, los burgeros con maletines, los Riders con sus chaquetas, los rusos con ojos fríos y maletas metálicas. Termina con una pared: Families, verde sobre ladrillo.

    No escribe palabras. Solo trazos. Pero ahí queda toda la semana. Toda la calle. Todo el humo.

    Sweet lo mira de reojo y sonríe. No dice nada. Le da otro jalón al blunt y le deja que el lápiz hable.

    Sweet:
    Plásmalo, Cenicero. Pa' que el hood no olvide.

    El cassette se traba. Solo queda el hiss de la cinta y el humo.

    Luego de una semana...

    El Aguantadero.

    el aguantadero.... El patio trasero de una de las casas de la rotonda...
    luce completamente descuidado, como si hubiera sido olvidado hace años. La tierra seca y endurecida cubre casi todo el terreno, mientras la maleza crece entre montones de basura, botellas vacías y restos de comida abandonados. En una de las esquinas descansa el esqueleto oxidado de un viejo vehículo desarmado, sin ruedas ni cristales.
    La cerca que rodea el lugar apenas se mantiene en pie; varias tablas están rotas o simplemente desaparecieron. Los grafitis de distintas generaciones de pandilleros cubren parte de las paredes, algunos ya desgastados por el sol y el paso del tiempo. El olor a hierba quemada, cerveza derramada y humo de cigarrillo parece haberse impregnado permanentemente en el ambiente.
    Bajo una improvisada estructura hecha con chapas oxidadas se encuentra un viejo sofá manchado, acompañado por una mesa de plástico rota y algunas sillas desvencijadas. Varias botellas vacías, colillas y envoltorios se acumulan a su alrededor. A pesar de su aspecto abandonado, el lugar sigue teniendo vida; durante las tardes y noches suele servir como punto de reunión para los homies del barrio, quienes se juntan a fumar, beber, escuchar música y hablar de los asuntos de la calle. Es uno de esos rincones ocultos de Grove Street donde el tiempo parece haberse detenido y donde cada objeto cuenta una historia de la vida en el hood.

    Joss Castillo el maldito Big J

    Joss "Big J" Castillo es un hombre de presencia imponente. Su mirada fría y calculadora deja claro que no es alguien con quien convenga jugar. Su postura relajada transmite una confianza absoluta, propia de alguien acostumbrado a dar órdenes y recibir respeto.

    Dentro de Families, Big J ocupa el rango de BIG OG, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes y temidas de la organización. Considerado la mano derecha de Cenicero y de K, es el encargado de mantener el orden en los barrios, supervisar las operaciones de la pandilla y asegurarse de que cada miembro respete los códigos de la calle.

    Su reputación se construyó a base de lealtad, inteligencia y determinación. A lo largo de los años, demostró ser un hombre capaz de tomar decisiones difíciles sin titubear, ganándose la confianza de los líderes y el respeto de los miembros de la organización.

    Cuando Big J habla, los demás escuchan. No necesita levantar la voz para imponer autoridad; su historial y su nombre son suficientes para recordar que detrás de esa actitud tranquila se encuentra uno de los pesos pesados de Families. En las calles, su palabra vale tanto como una orden directa de los líderes, y son pocos los que se atreven a desafiarla.

    Big J y Cenicero.

    La noche había caído sobre Grove Street. En el viejo patio trasero conocido entre los homies como "El Aguantadero.", una radio antigua escupía un instrumental boom bap lleno de bajos y scratches. El humo de la hierba flotaba lentamente sobre el sofá desgastado donde Big J y Cenicero se encontraban relajados, observando las luces del barrio.

    Big J
    Damn, homie... fue una semana larga. mientras soltaba una nube de humo.

    Cenicero
    Sí, pero productiva. respondió Cenicero apoyándose contra el respaldo roto del sofá.

    Durante varios minutos repasaron todo lo ocurrido. Hablaron de las reuniones que habían tenido con los homies del barrio para coordinar responsabilidades y mantener el movimiento de la pandilla organizado.Recordaron las largas conversaciones bajo las farolas de Grove y las decisiones tomadas para fortalecer la presencia de Families en el hood.

    Después llegaron las risas al recordar al aspirante que quería unirse a la pandilla.

    Big J
    Ese chico realmente creyó que no iba a volver a ver el amanecer. soltando una carcajada.

    Cenicero
    No podía dejar de temblar, homie. riendo también.

    La conversación continuó hasta llegar a aquella extraña reunión en el norte. Un contacto relacionado con unos motociclistas conocidos como "Los Jinetes" los había citado en un viejo bar de carretera. Sin embargo, al llegar encontraron a varios sujetos de apariencia rusa sentados junto a ellos.

    Cenicero
    Todavía sigo sin entender qué fue esa reunión. comentó riendo.

    Big J
    Ni yo. Hablaron durante horas y horas. Al final creo que solo querían presentarse y que supiéramos quiénes eran. respondio riendo y tociendo por el humo del porro.

    Ambos se quedaron unos segundos en silencio observando el patio mientras la música seguía sonando.

    Finalmente recordaron cómo había terminado la semana: los homies reunidos en el hood, música saliendo de los autos, risas, historias y un ambiente tranquilo celebrando que todo había salido bien.

    Big J sonrió y señaló a Cenicero con el porro entre los dedos.

    Big J
    ¿Sabés qué deberías hacer, homie?. riendo pero a la ves en un tono "serio".

    Cenicero
    ¿Qué cosa?. sin entender lo que J queria ya que este estaba demaciado drogado.

    Bing J
    Agarrá ese Cuaderno de la Families y bocetá todo lo que pasó esta semana. Algún día estos jóvenes van a pensar que inventamos estas historias. en un tono serio mientras de daba una calada al porro.

    Cenicero
    La verdad... no es mala idea. soltando una sonrisa.

    Se levantó del sofá, atravesó la puerta trasera y entró en la vieja casa. Un minuto después regresó con un cuaderno gastado de tapas verdes y una pluma que había encontrado sobre la mesa de la cocina.

    Volvió a sentarse bajo las chapas oxidadas y abrió lentamente las páginas mientras comenzaba a escribir.

    Big J observó aquello con satisfacción. Luego se acomodó en el sofá, escuchó el ritmo del boom bap que salía de la radio vieja y comenzó a improvisar unas rimas sobre el barrio, los homies y las historias de Grove Street.

    Mientras las páginas del cuaderno empezaban a llenarse de recuerdos y anotaciones, la noche siguió avanzando sobre el hood. El humo de la hierba, la música y las risas de ambos quedaron flotando en aquel viejo patio abandonado que, para ellos, seguía siendo el corazón de Families.

    Luego de una semana...

    Green Corner

    En la vereda, justo frente a la vivienda, hay unos viejos sillones de piedra colocados en forma de "U", rodeando una pequeña mesa improvisada. Sobre la mesa se alcanzan a ver varias botellas de cerveza y algunos porros a medio consumir, dando la sensación de que alguien estuvo allí hace poco o de que la reunión apenas está comenzando.
    "Ese rincón no es una simple vereda; es donde los homies se sientan a pasar la noche, echar humo, abrir unas frías y hablar de lo que se mueve en la calle. Cada botella vacía y cada colilla cuentan historias de negocios, problemas y lealtades. Cuando las luces de la ciudad se apagan, ese spot sigue vivo."

    Ryan Compton A.K.A Erre

    "R" un negro de mirada fría y penetrante, conocido por mantener la calma incluso en las situaciones más peligrosas. Siempre viste de verde, llevando los colores de Families con orgullo y dejando claro de qué lado está. Su rostro marcado y su expresión seria reflejan los años de violencia, lealtad y sacrificio que ha vivido en las calles.
    Criado entre callejones y conflictos de barrio, R se ganó su lugar en Families a base de respeto y acciones, no de palabras. Comenzó como un simple soldado, controlando puntos de venta y participando en trabajos para la pandilla. Con el tiempo demostró ser un estratega y un hombre de confianza, ascendiendo hasta convertirse en High OG, el tercer rango más alto de la organización, solo por debajo de los Big OG y del King OG.

    R y Cenicero

    La madrugada caía sobre The Green Corner. La lluvia ya había parado y el asfalto seguía húmedo, reflejando las luces de la calle. R y Cenicero estaban sentados en los viejos sillones de la vereda, una cerveza en la mano y un porro compartido entre ambos. Sobre la pequeña mesa descansaban varias botellas vacías, cenizas y el viejo cuaderno de la Families.

    R
    Movida estuvo la semana, ¿eh?.
    dijo soltando una nube de humo.

    Cenicero
    Ya ves, negro. Salimos a llenar las paredes de graffiti y a dejar nuestro nombre por todo el barrio.
    respondió entre risas.

    R
    Y la otra noche... esos negros se pusieron locos, sacaron los fierros y terminaron disparándose con los cops.
    dijo mirando al cielo y largando el humo del porro hacia arriba.

    Cenicero
    Pensé que alguno no volvía esa noche.
    negó con la cabeza y dio un trago a su cerveza.

    R
    Si... pero al final terminamos en aquella fiesta, bebiendo y riéndonos como si nada hubiera pasado.
    soltó una carcajada.

    Ambos se quedaron en silencio unos segundos. Entonces R fijó la mirada en el cuaderno de la Families que estaba sobre la mesa. Lo tomó entre las manos y comenzó a hojearlo.

    R
    —Oye, Cenicero... ¿te molesta si hago unos bocetos de todo lo que pasó esta semana?

    Cenicero todavía perdido por el efecto del porro, sonrió y asintió.
    Dale, negro... hazlo.
    todavía perdido por el efecto del porro, sonrió y asintió.

    R sacó un lápiz y comenzó a dibujar. Bocetó las salidas nocturnas, los graffitis en las paredes, las carreras por las calles y la fiesta al final de la semana. Después de unos minutos, le mostró las páginas a Cenicero.

    Cenicero
    ¡Mierda, negro, tienes talento!
    observando los dibujos durante un instante y luego soltó una carcajada.

    R sonrió, dejó el cuaderno nuevamente sobre la mesa y tomó otra cerveza.

    Los dos siguieron fumando, bebiendo y riendo en los viejos sillones de la vereda, mientras las primeras luces del amanecer empezaban a iluminar el barrio.

    CONTINUARA...

    publicado en Organizaciones Ilegales (OOC)
    kbron barraza
    kbron barraza
  • Javier Barraza – Vida entre sombras

    Descripción Javier Barraza

    Es la viva imagen del respeto callejero. Su cuerpo es un lienzo marcado por la vida: tatuajes y cicatrices que hablan por él. En el pecho, una gran figura de la Santa Muerte con la frase “Dead men no tales” recuerda a todos su código de silencio y lealtad.

    Sus brazos están cubiertos por tinta oscura: símbolos callejeros, armas y mensajes ocultos que sólo los suyos entienden. En el abdomen, una pistola tatuada recuerda que, incluso desarmado, siempre fue un hombre peligroso. En la espalda, una calavera con un reloj rodeado de flores negras simboliza el tiempo que ha pasado cara a cara con la muerte.

    Su estilo mezcla raíces callejeras con lujo moderno. Cadenas de perlas, relojes caros y pantalones de diseñador contrastan con sus tatuajes, como un recordatorio de que, aunque haya escalado en la vida, jamás ha olvidado de dónde viene.

    Historia

    Nacido en Davis, uno de los barrios más pobres y violentos de Los Santos, Javier creció entre
    carencias y violencia. Desde niño aprendió que en su mundo nadie regala nada: o peleabas, o
    caías.

    A los 15 años encontró en los graffitis un refugio y una forma de expresión. Pero la pintura no
    llenaba la mesa de su casa. Pronto se sumergió en el negocio de las drogas y los robos.Silencioso, calculador y rápido, comenzó a ganarse un nombre en las calles.

    A los 18 años conoció a M.M, un mecánico que le ofreció un empleo en su taller. Para Javier fue un respiro: de día trabajaba legalmente, pero de noche seguía inmerso en lo ilegal. El dinero fácil siempre lo llamaba, y las paredes pintadas seguían siendo su firma en la ciudad.

    La calle, sin embargo, cobra su precio. Uno a uno, amigos y hermanos fueron cayendo: tiroteos,
    ajustes de cuentas, traiciones y policías que disparaban sin preguntar. Las pérdidas lo atormentaban por las noches y el insomnio se volvió parte de su vida.

    Screenshot_12.png Grand_Theft_Auto_V_Screenshot_2025.07.25_-_18.38.09.100.png Grand_Theft_Auto_V_Screenshot_2025.07.06_-_02.39.03.03.png

    El gran golpe y la cárcel

    A los 20 años, decidido a cambiar su suerte, planeó un gran asalto: una licorería conocida en el
    centro. Entró armado y con un bolso preparado para llevarse el botín. Pero todo salió mal. Dos policías murieron y, tras una persecución, Javier fue emboscado y arrestado.

    La condena lo llevó a pasar cuatro años en una prisión fuera de la ciudad.

    En la cárcel, Javier se endureció. Su carácter frío y violento lo volvió respetado. Nunca delató a nadie, nunca habló de más. Su silencio y su forma despiadada de resolver los conflictos le ganaron el apodo de “Tumba”. Para unos, era la muerte en persona; para otros, una tumba viviente donde todo quedaba enterrado.

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    Grand Theft Auto V Screenshot 2025.09.01 - 02.57.18.97.png

    Tumba: El nacimiento de un nombre maldito

    Cuando Javier Barraza cayó preso por primera vez, tenía apenas 20 años. Lo encerraron en una de las cárceles más frías y violentas de Los Santos, un lugar donde la vida no valía nada y la muerte era la única certeza.

    Allí no era nadie… al menos al principio. En los pabellones, los nombres se ganaban con sangre, y Javier entendió rápido que debía dejar de ser un muchacho del barrio para convertirse en algo más.

    La primera semana, un veterano intentó humillarlo en el patio. Decían que aquel hombre llevaba más de diez años sobreviviendo entre rejas, que nadie lo tocaba. Pero Javier no dudó: con una mirada fría y un pedazo de metal afilado, lo mandó al suelo. El silencio fue absoluto cuando el cuerpo quedó inmóvil. En ese instante, los reclusos vieron en él algo distinto: no era un novato… era la muerte caminando.

    Las semanas siguientes, los muertos empezaron a acumularse. Nadie podía tocar a Javier sin pagar el precio. Siempre atacaba directo, sin piedad, como si supiera que el tiempo de cada hombre estaba contado. Y cada vez que uno caía, la misma frase se repetía en los pasillos:
    El que entra en sus manos… cae a la Tumba.

    Fue así como el apodo nació y se propagó. “Tumba” no era solo un mote: era una advertencia, una marca de terror. Entre los presos, decían que cuando Javier te miraba a los ojos, era como ver a la mismísima Santa Muerte en persona.

    Al salir de prisión, el nombre lo acompañó a las calles. Ya no era Javier Barraza, el chico de Devis. Era Tumba, un hombre convertido en leyenda, el que llevaba la muerte en la mirada y la imponía con sus actos.

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    Camino a una nueva vida

    Con 24 años, al recuperar su libertad, encontró un mundo distinto al que había dejado. Intentó mantenerse alejado de la vida criminal y consiguió empleo en un taller mecánico. Allí conoció a dos hombres que cambiarían su destino...

    • Yoshi Shinoda: un hombre reservado, sereno, pero con una mirada que escondía más de lo quemostraba.
    • Ramonsin Tarazca: carismático, peculiar, y de una lealtad a prueba de fuego.

    Con ellos, Javier forjó una verdadera amistad. Risas, confianza y hermandad lo hicieron pensar, por primera vez en mucho tiempo, que quizás podía encontrar paz.

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    La propuesta de Yoshi

    La calma duró poco. Un día, Yoshi lo llamó para un encuentro privado. Allí le reveló que conocía su pasado y le hizo una oferta imposible de ignorar: unirse a la Black Family, una organización criminal de alto nivel dedicada al tráfico de drogas y armas, poderosa tanto en la sombra como en la superficie

    En una reunión secreta, Javier conoció a los padrinos:

    • Vycheslav “Cero” Sicorenkiz: ruso, exmilitar, frío y letal, amante del lujo y la disciplina.
    • Alejo “Fiera” Dachary: Estadounidense, amable en apariencia pero brutal en acción, empresario
      con negocios legales como fachada.
    • Esteban “Tebi” Almonacid: el más impredecible, un hombre silencioso y violento, capaz de sonreír mientras comete atrocidades.

    Le hablaron de la Black Family como algo más que una organización: una familia real, donde el respeto y la lealtad estaban por encima de todo.
    Javier aceptó.

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    Juramento de Sangre de Javier Barraza a la Black Family

    Hoy, ante la mirada de la muerte y con la sangre caliente de mis venas, sello mi lealtad con la Black Family. Quien traicione este pacto, sentirá mi furia; quien intente quebrarlo, verá su sangre derramada como testigo de mi palabra. Prometo caminar entre las sombras, repartir respeto y temor en igual medida, y mantener el código más sagrado que existe: lealtad hasta el último aliento. Mi puño, mi cuchillo y mi palabra serán la extensión de la familia. Que esta sangre derramada sirva como promesa eterna: mientras mi corazón lata, la Black Family será mi vida, y cualquier enemigo, mi víctima.

    Actualidad – El Patrón

    Hoy, Javier “Tumba” Barraza es Patrón de la Black Family, solo un escalón por debajo de los padrinos, compartiendo ese lugar con Yoshi.

    Su papel es claro:

    • Formar a los nuevos integrantes en los códigos de la calle y del crimen.
    • Dirigir operaciones estratégicas con mentalidad casi militar.
    • Coordinar el tráfico de drogas y armas con precisión y control absoluto.

    De ser un chico de las calles de Davis, pasó a convertirse en un líder respetado y temido en Los Santos. No grita, no amenaza: simplemente actúa. Su palabra es ley porque su lealtad está probada y su reputación enterrada en sangre.
    Para unos es un amigo, para otros un mentor. Pero para todos, Tumba es un nombre que no se olvida.

    TUMBA

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    Nombre completo : Javier Barraza
    Edad : 25 años
    Nacionalidad : Estadounidense, Devis, Los Santos

    publicado en Biografías de Personajes
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