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No hay nada que decir...
Killian Bermudez. 23 años. Hombre.
Llegó a la ciudad hace poco tras el fallecimiento de su madre, la última supérstite que quedaba en su familia, buscando empezar de cero y dejar atrás todos los dolores que lo han acompañado desde joven. Nació en Los Santos, una ciudad agitada y contradictoria, donde aprendió a sobrevivir entre las sombras y el ruido constante de las calles. Es estadounidense, aunque con mezcla de sangre mexicana e irlandesa que heredó de sus padres, una combinación que le dio carácter, ingenio y una determinación que, pese a todo, nunca ha perdido del todo. Su padre,José Bermudez, fue militar durante años y un hombre estricto, de los que enseñan que el respeto se gana con hechos, no palabras. Su madre, María Delgado, trabajó como enfermera y fue la luz que mantuvo a la familia a flote mientras pudo. De él aprendió la disciplina; de ella, la empatía. Pero aquellas bases se desmoronaron demasiado pronto, siendo así que a los 13 años perdió a su padre y, meses después, a su abuela, quedando únicamente él y su madre, quien se encargó de sacarlo adelante hasta sus últimos días. Aquella infancia dura, marcada por la pérdida y la escasez, lo forjó como un hombre independiente, silencioso y fuerte. De joven, intentó dar un giro a su vida dejando atrás los estudios y se unió a la academia policial de San Andreas, donde aprendió táctica, leyes y cómo sobrevivir en situaciones límite. Llegó a servir un tiempo como agente en distintas ciudades, enfrentándose a la corrupción y la desigualdad hasta que los problemas personales y la frustración lo obligaron a colgar el uniforme. Después vinieron los trabajos más comunes —segurita, basurero, pescador— los cuales asumió sin quejarse, como parte de una rutina necesaria para mantenerse a flote. Aquellos años le enseñaron a valorar lo cotidiano y a entender el verdadero desgaste de la vida urbana. De apariencia firme y algo descuidada, mide cerca de un metro ochenta y cinco, tiene ojos verdes cansados y un cabello oscuro con mechones castaños que caen sin orden. Sus manos son grandes, curtidas por el trabajo, y suele vestir con ropa práctica, chaquetas gastadas y botas que lo acompañan desde hace años. No busca destacar, prefiere pasar desapercibido. En su forma de moverse hay cierta calma que esconde vigilancia; conoce bien la calle y mide cada paso antes de actuar. En cuanto a su personalidad, es reservado y poco expresivo, aunque detrás de su silencio se esconde una mente que analiza y observa todo. No confía fácilmente, pero su lealtad es férrea cuando alguien logra ganársela. Tiene un sentido del bien algo ambiguo, marcado por la experiencia y la supervivencia. Aunque evita meterse en problemas, sabe que, si la situación lo exige, puede hacer lo necesario por proteger a los demás o a sí mismo, incluso si eso significa ensuciar las manos. Actualmente vive solo en un pequeño apartamento cerca del puerto, rodeado del ruido de la ciudad y el olor del mar. Trabaja de forma estable, buscando mantenerse en regla y construir una vida tranquila, lejos de los fantasmas del pasado. Conserva una placa policial guardada en una caja, símbolo de lo que fue y lo que no quiere volver a ser. A veces escribe en un cuaderno viejo, con letras torpes pero sinceras, reflexionando sobre su pasado y sobre lo que aún le queda por recuperar. Su educación, aunque marcada por interrupciones, fue sólida: completó la secundaria y formación profesional en seguridad pública, lo cual le da una visión pragmática de la ley y de la justicia. Tiene una vieja motocicleta que usa para recorrer la ciudad cuando necesita despejar la mente. No persigue la gloria ni grandes ambiciones; solo anhela mantener su rumbo y encontrar una paz que, hasta ahora, se le ha resistido casi tanto como la felicidad.