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Tras la separación de Natasha, la vida de Mateo Daniel comenzó a recuperar cierta estabilidad poco a poco. Aunque el dolor de haber dejado atrás una parte tan importante de su vida seguía presente, la compañía de Asier Jenkins se convirtió en un apoyo inesperado que lo ayudó a atravesar uno de los momentos más difíciles que había enfrentado desde su expulsión de Valhalla. Lo que había comenzado como una simple amistad nacida de la preocupación genuina de Asier fue transformándose lentamente en algo más profundo. No ocurrió de la noche a la mañana ni fue resultado de un momento impulsivo. Fueron meses de conversaciones, de confianza mutua y de pequeños momentos compartidos que, sin que ninguno de los dos lo notara al principio, fueron creando un vínculo cada vez más especial.
Asier se había convertido en una presencia constante en la vida de Mateo. Era una de las pocas personas capaces de verlo más allá de su posición en Klix Security, más allá de su reputación o de los errores que habían marcado su pasado. Con él no era necesario fingir fortaleza ni cargar siempre con el peso de ser quien protegía a los demás. Por primera vez en mucho tiempo, Mateo sentía que podía simplemente ser él mismo.
Una tarde, Asier le propuso hacer una pequeña escapada a las montañas que rodeaban Los Santos. No le explicó demasiado, únicamente le pidió que confiara en él.
"Prometo que te va a gustar", le dijo con una sonrisa que despertó la curiosidad de Mateo.
Aunque intentó averiguar más detalles durante el trayecto, Asier se limitó a responder con evasivas y alguna que otra broma. Cuando finalmente llegaron a uno de los miradores más hermosos de la zona, Mateo quedó completamente sorprendido. El lugar había sido cuidadosamente decorado con flores, globos con forma de corazón y una pequeña mesa preparada para dos personas. Sobre ella descansaban una botella de vino y dos copas, mientras una suave melodía acompañaba el sonido del viento y las vistas de la ciudad extendiéndose a lo lejos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando todo aquello.
"Asier... ¿hiciste todo esto?", preguntó sin poder ocultar la sorpresa.
El bailarín soltó una pequeña risa nerviosa mientras desviaba la mirada.
"Quizás me esforcé un poco más de la cuenta."
Aquella respuesta consiguió arrancarle una sonrisa sincera a Mateo.
Las horas transcurrieron entre conversaciones tranquilas y recuerdos compartidos. Hablaron de sus vidas, de los caminos que los habían llevado hasta aquel lugar y de todo lo que habían aprendido a lo largo de los años. El ambiente era tranquilo, sincero y diferente a cualquier cosa que Mateo hubiera experimentado en mucho tiempo. Mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas y el cielo se teñía de tonos anaranjados, Asier empezó a mostrarse cada vez más nervioso. Mateo lo notó de inmediato. Había algo que parecía querer decir desde hacía horas.
Finalmente, Asier reunió el valor que llevaba meses intentando encontrar.
"Mateo... hay algo que necesito decirte."
Aquellas palabras hicieron que el ambiente cambiara por completo. Mateo lo observó en silencio mientras Asier metía una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacaba una pequeña caja.
Dentro descansaba un anillo dorado con el diseño de dos corazones entrelazados.
Por primera vez en toda la tarde, Asier parecía realmente vulnerable.
"Durante mucho tiempo pensé que debía guardar esto para mí", comenzó a decir mientras intentaba controlar el temblor de su voz. "Pero cada vez que estoy contigo siento que puedo ser yo mismo. Me ayudaste a entender muchas cosas y, sin darme cuenta, te convertiste en alguien muy importante para mí."
Mateo permaneció inmóvil, escuchando cada palabra.
"Cuando te conocí solo quería ayudarte porque veía que estabas sufriendo. Pero con el tiempo eso cambió. Y la verdad es que... me gustas, Mateo. Muchísimo."
El silencio volvió a instalarse entre ambos mientras el viento recorría suavemente el mirador.
Asier tomó aire profundamente antes de continuar.
"Quiero saber si estás dispuesto a intentar algo conmigo. Quiero saber si quieres ser mi novio."
Durante unos instantes, Mateo no fue capaz de responder.
Las emociones comenzaron a mezclarse dentro de él de una manera imposible de describir. Recordó todo lo que había vivido con Natasha, los años de matrimonio, el nacimiento de Odette y el dolor de una separación que jamás había querido experimentar. También recordó las noches más difíciles de los últimos meses, cuando sentía que todo se derrumbaba y Asier aparecía simplemente para acompañarlo.
Una parte de él sintió miedo.
No porque dudara de Asier.
Sino porque iniciar una nueva historia significaba aceptar que su vida había cambiado para siempre.
Sin embargo, mientras observaba al hombre que tenía delante, comprendió algo que llevaba tiempo evitando reconocer. Siempre había sabido que era bisexual. Lo que sentía por Asier era real. No era producto de la soledad ni de la tristeza. Era algo que había crecido lentamente entre conversaciones, apoyo mutuo y momentos compartidos.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
Asier, al verlo, sintió que el corazón se le detenía por un instante.
Pero entonces Mateo sonrió.
Una sonrisa sincera.
Una de esas sonrisas que solo aparecen después de atravesar mucho dolor.
"Sí."
La respuesta salió casi en un susurro.
Asier parpadeó, como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien.
"Sí, quiero intentarlo contigo."
Las lágrimas terminaron recorriendo las mejillas de Mateo mientras una sensación de alivio y felicidad invadía su pecho. Después de tantos años reconstruyéndose una y otra vez, jamás imaginó que volvería a sentirse de aquella manera.
Con manos ligeramente temblorosas, Asier tomó el anillo y lo colocó en uno de sus dedos. Durante unos segundos permanecieron observándose en silencio, sin necesidad de añadir más palabras.
Finalmente, la distancia entre ambos desapareció. Bajo las luces lejanas de Los Santos y el último resplandor del atardecer, compartieron un beso cargado de emoción, uno que no representaba un final ni una sustitución del pasado, sino el comienzo de algo completamente nuevo.
No se trataba de una historia perfecta ni de un amor destinado a borrar las heridas anteriores. Tanto Mateo como Asier eran conscientes de que aún existían desafíos por delante. Sin embargo, mientras permanecían juntos en aquel mirador observando la ciudad que tantas veces había puesto a prueba sus vidas, ambos comprendieron que estaban iniciando una nueva etapa. Una etapa todavía incierta, todavía joven y llena de preguntas, pero también llena de posibilidades.
Y por primera vez en mucho tiempo, Mateo dejó de mirar hacia atrás para comenzar a mirar hacia adelante.
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