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Little Seoul | Top Secret Garage
En otra pieza del taller había algo que no esperaba: una cama tirada contra una pared, sucia y llena de ropa arrugada. No estaba en el plan, pero ya que estaba ahí, la acomodé también. La dejé tendida y limpia, como si alguien fuera a dormir ahí esa misma noche.
Después seguí con el escritorio. Papeles por todos lados, tazas viejas, envoltorios… como si hubiera pasado un huracán. Ordené hoja por hoja, tiré basura, limpié el polvo y acomodé todo hasta que quedó prolijo.
Pero después de un buen rato, el cuerpo me empezó a pasar factura. Entre el polvo, el esfuerzo y el calor, me empecé a marear. De un momento a otro, estaba tirado en el piso tratando de recuperar el aire.
Cuando logré incorporarme, vi el dispensador de agua al lado. Me serví un vaso y me senté unos minutos, respirando lento para volver a la normalidad.
Cuando me sentí mejor, fui a lavarme la cara al baño… y ahí vino otra sorpresa. El baño estaba peor que el taller entero. Sucio, con olor fuerte, descuidado hace meses. Me miré al espejo para asegurarme de que no estaba lastimado por la caída… y después agarré los guantes.
A pesar del olor, lo limpié igual. Piso, lavamanos, inodoro, paredes. No quedó lindo de hacer, pero quedó limpio, que era lo importante.
Ya sin energía y pensando en mi salud, decidí terminar el día ahí. Antes de irme, llamé a Trevaug para contarle todo lo que había pasado y asegurarme de que supiera que el trabajo estaba hecho.
Al final del día entendí algo: no existe trabajo pequeño ni grande, existe gente que lo hace o no lo hace. Y si a uno le pagan por hacer algo, lo tiene que hacer bien.