El precio del adiós

Lamentablemente, la calle tiene una sola salida… y hoy nos tocó a nosotros. Perdimos a un hermano, un amigo, un padre, un loco bueno que siempre estaba firme pa’ los suyos. Sabíamos que algo así podía pasar, porque en la calle todos jugamos con el riesgo, pero uno siempre piensa que eso le pasa a otros, que todavía falta, que no nos va a tocar tan cerca. Pero se fue… y esta vez el golpe fue directo al pecho.

La calle no perdona, tarde o temprano cobra. Y hoy nos quitó a alguien que valía oro, alguien que no se vendía, que tenía códigos y corazón. Duele, de verdad, duele ver partir a uno de los nuestros, alguien con quien compartimos risas, peleas, noches largas y sueños rotos.

En el funeral, se nos acercó un tipo de la funeraria con cara seria. Dijo que, cuando lo preparaban, encontraron un papel en su cuerpo. Nos lo pasó en silencio. Estaba doblado, gastado, como si lo hubiera tenido guardado hace tiempo.

Al abrirlo, vimos su letra. Pocas palabras, pero con peso. Era unas coordenadas con una fecha y una hora

Luego de que con los muchachos vimos la nota, nos dio mucha curiosidad. No sabíamos exactamente qué era ni por qué la había escrito de esa manera. Había algo en esas coordenadas que nos llamaba la atención, que nos hacía querer saberlo todo.

Sentíamos que no era cualquier cosa, que detrás de esas numero había un mensaje, un secreto, algo que él quería que supiéramos. Por eso, Brian y John decidimos investigar más a fondo. Nos juntamos, a mirar un mapa de la ciudad, tratamos de recordar momentos y cosas que él nos había dicho antes. Pero cada vez todo tenia menos sentido

Luego de investigar un rato logramos dar con la ubicacion exacta donde estaba marcada la nota ya solo teniamos que esperar 3 horas para poder ir al lugar.

Llegamos al aeropuerto de Sandy Shores, todo seco, polviento y medio muerto. Mientras nos acercábamos a la pista, vimos algo que nos sacó un poco del modo normal: un avión con camuflaje militar estacionado y un tipo parado al frente, mirándonos fijo. La verdad, era raro, algo que no habíamos visto nunca. Su postura, la manera en que nos miraba y el avión detrás suyo daban la sensación de que no estábamos en cualquier lado… esto pintaba para algo grande y jodido.

Al llegar, el tipo no perdió tiempo. Nos miró, serio, y nos soltó:
—Qué bueno que llegaron. Necesito que vayan a esta ubicación, allí los estará esperando un socio mío.

John acepto de una, sin preguntar nada. Se notaba que la curiosidad y la adrenalina los habían picado demasiado. Yo me quedé unos segundos más pensando “qué mierda está pasando”, pero era claro que no iba a haber explicaciones fáciles.

El viento levantaba arena, el aeropuerto estaba silencioso y todo parecía más pesado de lo normal. Cada movimiento del tipo, cada sombra, todo daba la sensación de que estábamos entrando en algo que no conocíamos y que iba a ser peligroso. Sin pensarlo mucho, John y Brian se fueron rumbo a la ubicación que les había dado el sujeto, con la adrenalina a full y la curiosidad dominando todo. El aire estaba cargado de tensión, y uno podía sentir que esa noche no iba a terminar igual que empezó.

Una vez que teníamos la ubicación que nos dio el sujeto de la pista, llegamos a una carretera solitaria, polvienta, típica de las afueras de la ciudad. Ahí estaba estacionado un camión grande, y al lado, un tipo parado, vigilando como si supiera que íbamos a llegar. Todo era raro, todo olía a que no era cualquier movida común, pero decidimos acercarnos con seguridad y paso firme.

Brian se quedó al lado de la camioneta, listo por si algo salía mal, preparado para cualquier emergencia. Mientras tanto, John se acercó al viejo que estaba parado junto al camión, midiendo cada gesto, cada palabra. El viejo lo miró fijamente y le dijo que, si querían comprar la mercadería, primero tenían que pasar una prueba. Una prueba para asegurarse de que no fueran policías ni de alguna agencia gubernamental metida en problemas que no les correspondían.

Después de un momento de tensión, el viejo les entregó unas cajas que John y Brian subieron al pickup de la cara cara sin hacer preguntas. Les dieron las direcciones de entrega y les dejaron claro que su trabajo era sencillo: tomar las cajas, llevarlas a los lugares indicados y dejarlas en la entrada, sin abrirlas ni mirar lo que había dentro. Les repitió varias veces que esa era la regla principal: cumplir la misión y nada más.

Mientras viajaban por la carretera, el silencio dentro del vehículo estaba lleno de preguntas. ¿Qué estabamos transportando para el viejo? Ninguno sabía, y cada uno trataba de adivinar sin hacerse muchas ilusiones. Aun así, dentro de todo, parecía una misión fácil: solo tomar las cajas, llegar a las casas y dejarlas. Nada de complicaciones… o al menos eso era lo que aparentaba desde afuera. Pero algo en el ambiente, en la manera en que el viejo nos entregó las cajas y en la tensión de la carretera, hacía sentir que cualquier error podía ser caro, y que la calle siempre tiene sus formas de cobrar.

Luego de terminar de repartir todas las cajas, nos quedamos un momento sin saber qué hacer. No habíamos preguntado nada antes de salir, y ahora, con todo hecho, se sentía raro, como si estuviéramos a la deriva. Brian y John se miraban, con esa mirada que dice más que mil palabras, preguntándose entre ellos mismos por qué no habían hecho preguntas, por qué no habían querido entender más de la movida antes de meterse en ella.

Mientras nos estacionábamos a la orilla de una casa, tratando de procesar todo, el silencio era casi pesado, lleno de preguntas sin respuesta. Cada uno estaba metido en sus propios pensamientos, repasando la misión, imaginando qué podía haber dentro de esas cajas y quién las recibiría.

De repente, el teléfono sonó, rompiendo el silencio como un disparo. Era una llamada con una nueva ubicación. La adrenalina volvió al instante, mezclada con curiosidad y tensión. Sabíamos que esto no había terminado, que la calle nunca deja que algo quede tranquilo por mucho tiempo. Y así, sin tiempo para procesar, Brian y John se miraron de nuevo, asintiendo al mismo tiempo: la misión continuaba, y ellos tenían que seguir, sin preguntar demasiado, solo cumpliendo lo que les pedían.

Una caravana en la nada.....

Al llegar a la ubicación, vimos una caravana tirada en medio de la nada, cerca de Sandy Shores. No había ni un alma por ahí, solo polvo, viento y un silencio que te ponía los pelos de punta. El lugar estaba muerto, y se sentía raro, como si hubiéramos caído en otro mundo donde nadie más existía.

Nos acercamos con cuidado, paso firme pero alerta. La caravana estaba vieja, la pintura pelada, las ventanas casi opacas, y cada crujido del suelo hacía que la adrenalina subiera un poco más. Tocamos la puerta, y el golpe se sintió enorme en medio de la nada. Por un segundo, solo hubo silencio, y todos nos miramos, sabiendo que lo que venía podía ser cualquier cosa.

Nos abrió la puerta una chica vestida de negro. Se notaba que estaba esperando a alguien, pero por la forma en que nos miraba, entendimos rápido que no sabía exactamente quién iba a llegar. Ahí caímos en que todo era parte de la prueba que nos había hecho el viejo: asegurarse de que realmente éramos nosotros y que no éramos ningún policía o agente escondido.

Nos invitó a sentarnos y, con calma, nos contó que el cargamento que habíamos pedido ya estaba listo y que lo traería al tiro. John, de reojo, miró a Brian, intentando descifrar qué estaba pasando, mientras Brian asentía, entendiendo el juego de la situación. Todo estaba fríamente calculado, pero dentro de ese ambiente tenso, la adrenalina no dejaba de subir.

Una vez que llegó la chica con la mercadería, comenzó la negociación por una AK. Nos dijo que partían en 22 millones, y enseguida entendimos que estaba dispuesta a negociar. Ahí arrancó el trueque de palabras: empezamos a tirar precios, ella respondía, nosotros subíamos, y así, de ida y vuelta, hasta que finalmente llegamos a un acuerdo por 17 millones y con un nuevo contacto dentro de la ciudad.

No nos dio su nombre, pero ya teníamos su número para empezar a comunicarnos y pedir nuevas cosas en el futuro. Mientras anotábamos todo y Brian y John asimilaban lo que acababa de pasar, quedó claro que la calle siempre tiene sus reglas y hoy aprendimos que no todos se mueven igual en la ciudad.