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    publicado en Organizaciones Legales (OOC)
    Nekotta
    Nekotta
  • RE: Mid Night Club LS

    Nekotta

    Nekotta Arnette nació en las frías y tranquilas calles de Paleto Bay, donde el sonido del mar chocando contra el muelle se mezclaba con los motores oxidados de los coches olvidados en los garajes del norte. Desde pequeña, el olor a gasolina le resultaba más familiar que el perfume de cualquier flor costera. Su padre, un hombre severo y obsesionado con el control, intentó moldearla a su imagen: disciplina rígida, reglas estrictas y un destino que no le pertenecía.

    Pero Nekotta siempre miraba hacia el sur.

    Hacia las luces infinitas de Los Santos.
    Hacia la velocidad.
    Hacia la libertad.

    La noche que decidió huir, el cielo estaba cubierto y el viento soplaba fuerte desde el océano. No llevó mucho: algunas herramientas, ropa básica y un viejo mapa arrugado. Condujo durante horas en un coche prestado que apenas resistía la autopista. Cuando las luces de la ciudad comenzaron a brillar en el horizonte, supo que no volvería atrás.

    En Los Santos empezó desde cero. Consiguió un pequeño local en el centro comercial de la ciudad "El rincón del gato", una tienda modesta donde vendía accesorios personalizados, ropa alternativa y piezas modificadas para vehículos. De día, atendía clientes con una sonrisa tranquila y una mirada calculadora. De noche, trabajaba en el verdadero proyecto de su vida.

    Un Nero custom abandonado y cubierto de polvo que encontró casi desahuciado en un taller del sur de la ciudad.

    Durante meses lo restauró pieza por pieza. Ajustó el motor hasta que rugiera como una bestia contenida. Modificó la suspensión. Reforzó el chasis. Pintó la carrocería en un negro profundo con detalles carmesí que brillaban bajo los neones nocturnos. No era solo un coche. Era su declaración de independencia.

    El rumor sobre “la chica del Nero” empezó a correr por las calles. Carreras ilegales en autopistas elevadas, derrapes milimétricos en las curvas de Vinewood, aceleraciones imposibles en el puerto. Nekotta no competía por dinero. Competía por demostrar que nadie volvería a controlarla.

    Fue una noche sin luna cuando recibió la invitación.

    Un mensaje simple, sin firma:
    “Mid Night Club LS. 23:00. Si realmente sabes conducir.”

    El punto de encuentro estaba en un estacionamiento subterráneo, iluminado por luces parpadeantes. Decenas de motores rugían al unísono. Allí estaban los mejores: pilotos anónimos, coches imposibles, miradas que analizaban cada movimiento.

    Cuando el Nero de Nekotta descendió por la rampa, el sonido grave de su motor hizo que varias cabezas se giraran. No era el coche más llamativo, pero sí uno que imponía respeto.

    La prueba fue clara: una carrera hasta el observatorio, sin reglas, sin segundas oportunidades.

    La ciudad se convirtió en un tablero de luces mientras los coches salían disparados. Nekotta mantuvo la calma. No era la más agresiva, pero sí la más precisa. Tomó atajos imposibles, aprovechó el tráfico, anticipó cada curva como si la hubiera recorrido mil veces. En la última recta, el Nero rugió con una furia contenida, adelantando por centímetros al líder.

    Silencio.

    Luego aplausos.

    Un hombre dio un paso al frente y asintió con respeto.
    —Bienvenida al Mid Night Club LS.

    Nekotta no sonrió ampliamente. Solo apoyó la mano sobre el volante, sintiendo la vibración del motor bajo sus dedos.

    Había escapado de un pasado que intentó encerrarla.
    Había construido su propio camino.
    Y ahora, en las noches de Los Santos, su nombre empezaba a convertirse en leyenda.

    Porque Nekotta Arnette no corría para huir más.

    Corría porque finalmente era libre.

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    publicado en Organizaciones Ilegales (OOC)
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