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"Algunas personas pasan toda su vida buscando una oportunidad. Otras pasan toda su vida intentando sobrevivir hasta encontrarla."
Alex R. Schrader nació el 30 de enero de 2006 en Detroit, Michigan, Estados Unidos. Es hija de Michael Schrader, un trabajador de la industria automotriz, y Jennifer Collins, una mujer que dedicó gran parte de su vida a desempeñar distintos empleos para sostener a su familia.
Creció en una ciudad donde la violencia, la pobreza y la incertidumbre formaban parte de la vida cotidiana. Mientras muchas personas conocían Detroit por las noticias o los documentales sobre su decadencia económica, Alex la conoció desde sus calles, sus barrios deteriorados y las dificultades que enfrentaban miles de familias trabajadoras cada día. Su historia no está marcada por logros extraordinarios ni por momentos heroicos, sino por la capacidad de resistir cuando las circunstancias parecían estar siempre en su contra.
"Las ventanas tenían rejas. Las puertas tenían dos cerraduras. Y aun así, nadie se sentía completamente seguro."
Durante sus primeros años de vida, Alex vivió junto a sus padres en una modesta vivienda ubicada en el lado oeste de Detroit. Aunque la familia nunca disfrutó de grandes comodidades, existía cierta estabilidad. Michael trabajaba largas jornadas en una fábrica de autopartes mientras Jennifer alternaba entre distintos empleos para complementar los ingresos del hogar. Ambos se esforzaban por ofrecerle una infancia tranquila, incluso cuando el entorno hacía que aquello pareciera una tarea imposible.
La realidad del barrio estaba presente en cada aspecto de la vida diaria. Los edificios abandonados, las patrullas policiales recorriendo las calles y los conflictos que surgían a pocas cuadras de casa formaban parte del paisaje habitual. Para Alex, todo aquello era normal. No conocía otra realidad y, como muchos niños de la zona, creció adaptándose a circunstancias que para otras personas resultarían alarmantes.
Sin embargo, la situación familiar cambió drásticamente cuando tenía ocho años. Una noche, mientras regresaba de trabajar, su padre quedó atrapado en medio de un intento de robo que terminó en un intercambio de disparos. Aunque logró sobrevivir, las heridas que sufrió le dejaron secuelas permanentes que afectaron tanto su salud como su capacidad para continuar trabajando con normalidad.
La recuperación fue larga y costosa. Con el paso de los meses, las facturas médicas comenzaron a acumularse y los ingresos familiares disminuyeron considerablemente. Jennifer se vio obligada a asumir jornadas cada vez más extensas para mantener el hogar, mientras Michael intentaba adaptarse a una vida muy distinta de la que había conocido hasta entonces.
"Detroit tenía una extraña manera de enseñarle a los jóvenes que crecer no era una opción, sino una obligación."
A medida que avanzaban los años, Alex comenzó a comprender mejor la realidad que la rodeaba. Muchos de sus compañeros abandonaban los estudios para buscar trabajo, mientras otros terminaban involucrándose con pandillas o actividades ilegales. Algunos desaparecían del barrio después de ser arrestados y otros simplemente se convertían en una estadística más dentro de una ciudad acostumbrada a las tragedias.
La violencia dejó de ser una noticia distante para convertirse en algo cercano. Alex perdió conocidos, asistió a funerales a una edad demasiado temprana y entendió que, en determinados lugares, el futuro podía desaparecer de un momento a otro. Aquellas experiencias la marcaron profundamente y contribuyeron a convertirla en una persona reservada y observadora.
Gran parte de las personas con las que creció pertenecían a familias afroamericanas que llevaban años viviendo en el mismo vecindario. Alex pasó buena parte de su infancia jugando en sus patios, compartiendo comidas familiares y siendo recibida en muchos hogares como una más. Aunque nunca estuvo involucrada directamente en actividades criminales, aprendió desde pequeña a convivir con una realidad donde el sentido de pertenencia al barrio, la lealtad entre vecinos y la protección mutua tenían una importancia fundamental.
Aquellas relaciones terminaron convirtiéndose en una especie de segunda familia para ella. Gracias a ello desarrolló una gran facilidad para relacionarse con personas provenientes de entornos similares y aprendió a comprender dinámicas sociales que muchas veces resultaban incomprensibles para quienes crecían en lugares más privilegiados.
A pesar de todas las dificultades que la rodeaban, decidió mantenerse enfocada en terminar sus estudios. Nunca fue una estudiante brillante, pero comprendía que la educación representaba una de las pocas oportunidades reales de construir algo diferente para sí misma. Durante aquellos años comenzó a realizar pequeños trabajos ocasionales para ayudar económicamente a sus padres, aceptando cualquier tarea que le permitiera aportar algo al hogar. Aquella responsabilidad temprana la obligó a madurar más rápido que la mayoría de los jóvenes de su edad.
Cuando Alex tenía quince años, la situación volvió a complicarse. Jennifer comenzó a sufrir problemas de salud que le impidieron mantener el mismo ritmo laboral de años anteriores. La reducción de ingresos provocó nuevas dificultades económicas y la familia volvió a enfrentarse a la incertidumbre que tantas veces había acompañado sus vidas.
Durante varios meses convivieron con el temor constante de perder la vivienda o acumular deudas imposibles de afrontar. Fueron tiempos difíciles, marcados por la preocupación y la sensación de que cualquier imprevisto podía derrumbar lo poco que habían conseguido conservar. Sin embargo, pese a todas las dificultades, la familia permaneció unida y encontró la forma de seguir adelante.
"Para algunos era un simple diploma. Para Alex, era la prueba de que no todo estaba perdido."
Contra todo pronóstico, Alex logró terminar sus estudios secundarios. Lo que para muchas personas podía parecer un objetivo común, para ella representaba años de sacrificios, dificultades económicas y esfuerzo constante. Había visto a numerosos compañeros abandonar la escuela por distintos motivos, por lo que llegar hasta el final tenía un significado especial.
El día de su graduación permanece grabado en su memoria. Mientras recibía su diploma, observó a sus padres entre el público. Después de todo lo que habían atravesado juntos, aquel momento simbolizaba mucho más que un logro académico. Era la confirmación de que aún existían oportunidades y de que los años más difíciles no habían sido en vano.
Desde pequeña había sentido curiosidad por los automóviles. Crecer en una ciudad tan ligada históricamente a la industria automotriz despertó en ella un interés natural por los motores y la mecánica. Tras finalizar la escuela comenzó a trabajar como ayudante en un pequeño taller local, donde aprendió el oficio observando a mecánicos con más experiencia y realizando tareas básicas.
Con el paso del tiempo adquirió conocimientos sobre diagnósticos, mantenimiento y reparación de vehículos. Descubrió que disfrutaba resolver problemas mecánicos y que encontraba cierta tranquilidad en un trabajo donde cada avería tenía una causa concreta y una posible solución.
"Los motores eran más fáciles de entender que las personas. Cuando algo fallaba, siempre existía una razón."
La mecánica terminó convirtiéndose en mucho más que una fuente de ingresos. Representó una forma de encontrar estabilidad en una vida donde pocas cosas habían sido realmente estables.
A los diecinueve años surgió una oportunidad que cambiaría el rumbo de su vida. Un conocido que se había trasladado tiempo atrás a Los Santos le habló sobre talleres mecánicos que buscaban personal con experiencia básica. La oferta no prometía grandes beneficios, pero sí algo que Alex necesitaba desesperadamente: la posibilidad de empezar desde cero.
Después de ahorrar durante meses, tomó la decisión de abandonar Detroit. Empacó sus pertenencias, se despidió de sus padres y emprendió el viaje hacia una ciudad completamente desconocida. Aunque dejar atrás su hogar no fue fácil, sentía que permanecer allí significaba estancarse en una realidad que conocía demasiado bien.
Los primeros meses en Los Santos estuvieron llenos de dificultades. Tuvo que adaptarse a una nueva ciudad, encontrar alojamiento y abrirse camino prácticamente sola. Sin embargo, muchas de las dinámicas sociales que encontró en determinados barrios le resultaron sorprendentemente familiares. Algunas comunidades compartían valores, costumbres y formas de relacionarse muy parecidas a las que había conocido durante toda su vida en Detroit.
"En South Central aprendió una regla sencilla: trabajar, cobrar y observar antes de actuar."
Finalmente consiguió empleo en un taller mecánico ubicado en South Central. La zona poseía una reputación complicada y, en muchos aspectos, le recordaba a ciertos barrios de Detroit. Por allí pasaban trabajadores honestos, vecinos comunes y también personas relacionadas con actividades criminales. Los vehículos llegaban con historias que nadie quería explicar y los clientes, en ocasiones, preferían mantener ciertas conversaciones para sí mismos.
A diferencia de otros recién llegados, Alex no tardó demasiado en adaptarse al entorno. Muchas de las costumbres, formas de relacionarse y valores de la comunidad le recordaban a las personas con las que había crecido. Gracias a su trabajo comenzó a interactuar frecuentemente con residentes de Grove Street que acudían al taller por reparaciones, mantenimiento o simplemente para pasar el tiempo conversando mientras esperaban sus vehículos.
Lo que inicialmente fueron encuentros ocasionales terminó convirtiéndose en amistades genuinas. Con el paso de los meses empezó a pasar parte de su tiempo libre en el barrio, compartiendo reuniones familiares, barbacoas, celebraciones comunitarias y tardes enteras conversando con vecinos que terminaron convirtiéndose en personas importantes para ella. Poco a poco dejó de ser vista como una recién llegada y comenzó a formar parte de la vida cotidiana de la comunidad.
Varias familias de Grove Street terminaron abriéndole las puertas de sus hogares de la misma forma que muchas familias afroamericanas lo habían hecho durante su infancia en Detroit. Aquella sensación de comunidad, apoyo mutuo y pertenencia le resultó familiar y reconfortante, especialmente estando tan lejos de casa. Con el tiempo desarrolló vínculos cercanos con numerosos residentes del barrio y encontró en ellos una segunda familia dentro de Los Santos.
A medida que fue fortaleciendo esas relaciones, Alex también comenzó a conocer una realidad que existía más allá de las reuniones familiares, las barbacoas y la vida cotidiana del vecindario. Muchas de las personas que apreciaba estaban ligadas, de una forma u otra, a actividades que se movían al margen de la ley. Al principio observó todo aquello desde la distancia, impulsada más por la curiosidad que por una intención real de involucrarse. Sin embargo, convivir diariamente con ese entorno terminó despertando su interés.
Lejos de lanzarse de cabeza a un mundo que conocía bien por su experiencia en Detroit, Alex optó por avanzar con cautela. Comprendía los riesgos, las consecuencias y las historias que solían acompañar ese estilo de vida, pero también veía las oportunidades, el respeto y el sentido de pertenencia que muchas personas encontraban en él. Poco a poco comenzó a mostrarse más receptiva a conocer ese lado de Los Santos, siempre a su propio ritmo y procurando mantener cierto equilibrio entre la vida que había construido como mecánica y la creciente atracción que sentía por un camino que durante años había intentado evitar.
Actualmente, con veinte años de edad, Alex continúa trabajando en South Central mientras intenta construir una vida más estable que la que tuvo durante su infancia. Quienes la conocen suelen describirla como una mujer reservada, observadora y difícil de impresionar. No busca protagonismo ni reconocimiento; prefiere escuchar antes que hablar y entender el terreno antes de tomar decisiones.
"Detroit le enseñó a resistir. Los Santos le está enseñando quién quiere llegar a ser."
A pesar de las tragedias, las dificultades económicas y los obstáculos que marcaron gran parte de su vida, Alex nunca permitió que esas experiencias definieran completamente quién sería. Hoy se encuentra en una etapa de transición, construyendo nuevas relaciones, explorando caminos que antes evitaba y descubriendo poco a poco qué lugar quiere ocupar dentro de una ciudad donde las oportunidades y los riesgos suelen caminar de la mano. Mientras siga avanzando, seguirá convencida de que el futuro aún no está escrito.
Rowan Michael Mechlowicz nació el 15 de marzo de 1995 en Chicago, Estados Unidos, en el seno de una familia trabajadora. Su madre, Sarah, era una dedicada enfermera en un hospital local, y su padre, Robert, se desempeñaba como técnico en mantenimiento en una fábrica. Desde pequeño, Rowan fue testigo del esfuerzo diario y la pasión de sus padres por superar los desafíos, lo que le inculcó valores como la perseverancia, el compromiso y la empatía.
Durante su infancia en un barrio de clase media en Chicago, Rowan vivió momentos llenos de juegos en las calles, tardes de estudio en la biblioteca pública y fines de semana en familia, aunque también enfrentó las dificultades propias de una niñez normal, marcada por pequeñas adversidades y la necesidad de aprender a resolver conflictos con amigos y vecinos. A pesar de los altibajos, su entorno familiar le brindó el apoyo necesario para desarrollar una personalidad resiliente y compasiva.
En el transcurso de sus años escolares, Rowan destacó por su interés en el área de la salud, motivado en parte por ver a su madre en acción. Durante la educación primaria y secundaria, se destacó por ser un alumno responsable y comprometido, participando en actividades extracurriculares que fomentaban el trabajo en equipo y la solidaridad. Tras culminar el bachillerato, decidió inscribirse en un programa universitario de enfermería en una reconocida institución de Chicago, donde se sumergió en el estudio de materias como anatomía, fisiología y cuidados clínicos. Además, complementó su formación con cursos de primeros auxilios y técnicas de atención integral, lo que le permitió desarrollar una base sólida para su carrera profesional.
Al graduarse, Rowan inició su trayectoria laboral en el ámbito hospitalario, desempeñándose en diferentes roles que le permitieron ganar experiencia práctica y un conocimiento profundo del entorno sanitario. Durante sus primeros años, trabajó en un hospital comunitario, atendiendo a pacientes y colaborando estrechamente con un equipo multidisciplinario. Su desempeño le abrió puertas para asumir responsabilidades mayores, aunque siempre mantuvo un perfil profesional equilibrado y acorde a su experiencia.
Con el tiempo, en busca de nuevas y mejores oportunidades laborales, Rowan tomó la decisión de mudarse a Los Santos. En esta ciudad, reconocida por su dinamismo y diversidad, Rowan encontró el ambiente ideal para seguir creciendo profesionalmente.
Hoy, a sus treinta años, Rowan Mechlowicz es un profesional comprometido, cuya vida ha estado marcada tanto por los aprendizajes de su entorno familiar como por las experiencias adquiridas en el área de la salud. Aún esperando y buscando cada oportunidad de desarrollo personal y profesional, como también una estabilidad relacionado a esto último.
David Knischnik nació el 14 de mayo de 1994 en el Hospital General de Harlem, Nueva York, Estados Unidos.
Hijo de Marlon Knischnik y Lisa Thompson, creció en uno de los barrios más difíciles de Harlem, donde las oportunidades eran limitadas y la violencia formaba parte de la vida cotidiana. De tez negra y con una estatura imponente, David desde niño tuvo que aprender a navegar un entorno lleno de desafíos.
David pasó su infancia en un pequeño apartamento en Harlem, rodeado de un vecindario plagado de problemas sociales. Su padre, Marlon, trabajaba como obrero de la construcción, un hombre íntegro que luchaba por mantener a su familia alejada de las influencias negativas del barrio. Sin embargo, su rechazo a involucrarse con las pandillas locales lo convirtió en un blanco. Las tensiones crecieron y, cuando David tenía solo diez años, su padre fue asesinado brutalmente en un ataque perpetrado por miembros de una pandilla que buscaban castigar su resistencia.
La muerte de Marlon devastó a la familia. Lisa, la madre de David, cayó en una profunda depresión que la llevó a refugiarse en las drogas. Esta adicción la dejó incapaz de cuidar de su hijo, obligando a David a asumir responsabilidades adultas desde una edad temprana. Su infancia, ya marcada por la pobreza, se vio aún más empañada por la soledad y el dolor.
A pesar de las dificultades, David asistió a la PS 200 James McCune Smith School en Harlem para su educación primaria. Aquí, sus profesores notaron su potencial y su capacidad para aprender rápidamente, a pesar de las distracciones y los peligros que enfrentaba fuera del aula. Sin embargo, la tragedia familiar afectó su rendimiento y su vida social, aislándolo de otros niños de su edad.
Para su educación secundaria, David asistió a la Frederick Douglass Academy, una escuela con reputación de ser dura pero que ofrecía programas académicos sólidos. Aunque las tentaciones de la vida callejera estaban siempre presentes, David se mantuvo enfocado en sus estudios, motivado por el deseo de honrar la memoria de su padre y escapar del ciclo de pobreza y violencia que había consumido su vecindario.
Decidido a hacer una diferencia y evitar que otros pasaran por las tragedias que marcaron su vida, David decidió estudiar un Técnico en Emergencias y Protección Civil en el Community College of the Bronx. Durante sus estudios, se destacó por su capacidad para mantener la calma en situaciones críticas y su habilidad para aprender rápidamente las técnicas necesarias para salvar vidas. Este programa no solo le dio una carrera, sino también una misión: proteger y servir a los más vulnerables en momentos de crisis.
Buscando un nuevo comienzo y oportunidades fuera de Nueva York, David se mudó a Los Santos, una ciudad que presentaba sus propios desafíos, pero también un gran potencial. Fue aquí donde encontró empleo en Los Santos Emergency Services, donde rápidamente se ganó el respeto de sus colegas por su dedicación y habilidades excepcionales en el campo. En Los Santos, David encontró una comunidad diversa que necesitaba de sus conocimientos y experiencia, y se comprometió a utilizar sus habilidades para mejorar la vida de los demás.
David Knischnik es un hombre de carácter fuerte y resiliente, forjado por las adversidades que enfrentó desde temprana edad. La tragedia de perder a su padre y la adicción de su madre le enseñaron el valor de la autodisciplina y la importancia de la autosuficiencia. Es una persona reservada, que rara vez muestra sus emociones, pero que posee una profunda empatía por aquellos que sufren. Esta empatía, combinada con su sentido de justicia, lo impulsa a proteger a los más vulnerables y a trabajar incansablemente para prevenir tragedias como las que marcaron su vida.
David es pragmático y realista, pero también optimista en su creencia de que el cambio es posible, incluso en los entornos más difíciles. Es un líder natural, aunque prefiere trabajar en silencio, dejando que sus acciones hablen por él. En su trabajo, es conocido por su capacidad para mantener la calma bajo presión y tomar decisiones rápidas y efectivas en situaciones de emergencia.
Jamás pensé que alguien tendría en cuenta la ley RICO, excelente información la cual siempre debería de tenerse en cuenta para este tipo de organizaciones. Viendo que está en construcción espero poder leer aún más. +1
Está bastante bien la guía, aunque considero que las organizaciones deberían de tener un bajo perfil y no ir paseándose con un super deportivo, la mejor ropa, etc. Claro esto cambiaría un poco cuando el personaje en cuestión tenga una justificación para tanto dinero como lo suelen tener en general por empresas, negocios, y demás. Soy de pensar que un perfil bajo suma más en estos roles.
Julius Pauliukas, nacido el 21 de marzo de 1990 en Seattle, Washington, Estados Unidos en el First Hill Medical Swedish Hospital. Hijo único un lituano llamado Henry Pauliukas y una norteamericana bajo el nombre de Nysha Hughs.
En la actualidad con 30 años, una estatura de 186 centímetros, peso de 75 kilogramos, una condición física medianamente atlética. Tez blanca, ojos claros, cabello corto.
Henry Pauliukas, quien era un empresario no muy conocido pero quien lograba llegar a grandes empresas por lo cual su nombre no pasaba desapercibido. Era un hombre en buen estado físico bastante musculado, activo y con gustos por el deporte. Tenía ojos color café claro, tez blanca, cabello negro bastante oscuro y algo ondulado hacía la zona de las puntas, un altura alrededor de los 190 centímetros y peso de unos 90 kilogramos. Carácter fuerte, alguien de pocas palabras, muy serio pero podría dejar esa seriedad por un momento para compartir unas risas con amigos en alguna ocasión, empático, en la mayoría de situaciones prefería actuar y luego preguntar.
Nysha Hughs una humilde mujer ama de casa con estudios medios, dedicada a su hijo y su bienestar, esposa sin igual. Al igual que su esposo mantenía un buen físico, cosa que cambio un poco luego de quedar embarazada del pequeño Julius, por obvias razones. También con tez blanca pero con ojos verdes muy claros, por lo general delgada pero debido a su embarazo con algunos kilos extras, cabello castaño claro considerablemente largo. De carácter sentimental, observadora, subjetiva, retrospectiva, obsesiva, testaruda, idealista y romántica. Mucha dificultad para aceptar los cambios, más aún grandes cambios.
Su crecimiento durante la niñez fue perfecta, no era de quejarse, lo obtenía todo ya que su padre era un importante hombre de negocios siendo socio de una de las más grandes empresas de seguridad de Washington y como resultado a su familia no le faltaba nada durante aquel tiempo.
Comenzó a ir al Beacon Hill International Elementary School. Desde los primeros años, Pauliukas tuvo dificultades, no en cuanto a lo académico, ya que sus calificaciones eran muy buenas, sino en lo social. En esos años, la ciudad estaba tratando de recuperarse de la epidemia del crack que sufrió Seattle en 1992, por lo que las pandillas hacían lo que querían en la primaria donde asistió Julius. ¿Por qué que tenía dificultades sociales? Simple, su padre, Henry Pauliukas, era un asociado de una de las más grandes empresas de seguridad, más precisamente, pertenecía a Tyco Integrated Security. Ésto generaba que la mayoría de sus compañeros lo dejasen de lado, ya que, en mayor o menor medida, éstos eran amigos, familiares o conocidos de algún delincuente de la zona, lo que les podía traer problemas si se enteraban que se juntan con nuestro protagonista, el pequeño Pauliukas.
Terminó sus estudios primarios, con pocos amigos, pero buenas calificaciones. Hasta aquí, tuvo una infancia relativamente normal. Cuando cumplió 12 años, en 2004, comenzó a ir al West Seattle High School. Aquí es donde comienza la etapa complicada de Julius. Desde que comenzó el instituto hasta 2007, sufrió el constante bullying proveniente de un joven afiliado a la pandilla Young Seattle Boyz Bloodz. Éste sujeto era conocido en el lugar como "Bloody", aparentemente era un problemático pandillero de la zona que tenía mala junta. Aquí es cuando vuelve a escena el padre de Julius, Henry. Él, como socio de Tyco Integrated Security, hizo detener al tal Bloody incontable cantidad de veces, es por eso que el cabrón éste se la agarraba con el hijo de Henry, Julius.
Con el pasar de los años, ocurrió un incidente que marcaría la vida de Julius Pauliukas para siempre. El 23 de Abril de 2007, el tal Bloody cometió el robo a una licorería de la Spring Street que terminó con la muerte de su dueño. Al ver que ésta era su oportunidad para vengarse de tantos años de bullying, éste averiguó el paradero de su némesis y lo entregó a su padre. Fue entonces cuando se montó un pequeño operativo y se detuvo a Bloody. Así fue como al joven pandillero lo llevaron detenido, pero éste no dejaría las cosas así.
Pasaron varios meses y los miembros de Young Seattle Boyz Bloodz lo seguían con enojo a Julius por el arresto de Bloody. Los amigos de éste no dejarían las cosas como estaban, sino que planearon el asesinato de uno de los socios más importantes del Tyco Integrated Security. Henry Pauliukas. Ésto ocurrió el 31 de octubre de 2008, aprovechando las festividades de Halloween, los amigos del preso decidieron disfrazarse con túnicas negras y máscaras de calaveras. Robaron un Tailgater negro a un peatón que cruzaba por North 45th Street y fueron a hacer lo que Julius menos se esperaría, asesinar a su padre.
Eran al rededor de las 11 p.m., plena noche de Halloween, con muchos adolescentes en las calles tomando, festejando y haciendo travesuras a los vecinos. Henry volvía a su casa luego de un difícil día de trabajo, estacionó el Revolter gris que tenía y se dirigió hacia la puerta, en cuanto trató de abrirla, percibió que alguien lo observaba, por lo que se da vuelta y ve el Tailgater de los pandilleros estacionado justo delante de su coche. En menos de un abrir y cerrar de ojos, se bajaron los vidrios del auto negro y los ocupantes del mismo comenzaron a disparar con pistolas glock 17, a sangre fría y sin escrúpulos, para terminar con lo que empezaron. Para cuando los casquillos de bala dejaron de caer en el suelo, el Tailgater se había esfumado y Henry yacía muerto en el suelo. Se rumorea por las calles que el mismísimo Bloody fue el que organizó, desde King County Juvenile Detention (correccional de menores), el asesinato del socio de esta empresa de seguridad.
El funeral y velorio del padre de Julius fue realizado un mes después del suceso, ya que la policía no entregaba el cuerpo a la familia porque debían hacerle la autopsia correspondiente. La celebración tuvo que realizarse a cajón cerrado, puesto que el cuerpo, de tantos disparos que recibió, tenía el rostro y pecho destrozados. Nysha se convirtió en madre soltera, puesto que enviudó, y quedó a cargo de Julius.
Pasaron unos años y Pauliukas, en 2009, se gradúa del instituto con 17 años ya cumplidos. Su madre, Nysha, luego de quedarse viuda, comenzó a meterse en el mundo de las drogas, como una adicta. Gastaba todo su sueldo en crack, que se lo vendía nada más y nada menos que los ex-miembros de la extinta Young Seattle Boyz Bloodz.
Nuestro protagonista con dificultades, pudo salir adelante trabajando en una empresa de transportes interurbanos, la cual se dedicaba a llevarle mercadería a las principales cadenas de supermercados y ropa de Seattle. Luego de un tiempo logró reunir el dinero suficiente para salir de una vez de esa ciudad donde sufría tanto por ver a su madre consumiendo esa maliciosa sustancia. De esta forma Julius y su madre Nysha llegaron a Los Santos donde alquilaron un departamento en Vespucci Beach para residir con tranquilidad, al menos por un tiempo.
Carácter fuerte. Tendencia a actuar antes que leer o informarse previamente. Destaca su tranquilidad en situaciones complicadas o adversas. Un poco avanzado para mentes débiles, habilidoso aunque poco usa esa ventaja, un sujeto avaro y codicioso, emprendedor y espontaneo, ¿Pasarse de listo con él? atrévete, pero luego espera que te pague con la misma moneda o quizá peor debido a que en estas situaciones suele volverse muy temerario, no confía mucho ya que se ha topado con diversas personas que lo han hecho pensar de esa manera, transparente a la hora de tomar una elección, enfatiza un gran sarcasmo a la hora de decir mentiras; A pesar de todo eso, es una persona humilde, leal y amable siempre con las personas que le extienden su mano sin esperar nada a cambio, no le importa lo que piensen o digan de él, tiene un autoestima alta, es serio en casi todo momento, pero también se puede decir algo ocurrente y un tanto gracioso. Aún siendo un poco reservado no sufre de ningún trastorno mental o emocional.
• Educación de nivel primario en Beacon Hill International Elementary School. • Educación de nivel secundario en West Seattle High School.