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NOMBRE COMPLETO: Ryan_Fortnet
EDAD: 25 años
LUGAR DE NACIMIENTO: Holanda
NACIONALIDAD: holandes
SEXO: Hombre APARENCIA FISICA: Estatura: 1.75. Peso: 86 kg.
Personalidad: Tranquilo, fiel y con experiencia de la vida. No anda detrás de problemas, pero si toca enfrentarlos, no se echa atrás. Conoce las reglas, se mantiene discreto y mide cada palabra antes de decirla. Sencillo, pero con carácter. Siempre al lado de los suyos.
Ryan_Fortnet llegó a Los Santos a los 20 años y rápidamente supo cómo integrarse. Apenas arribó, empezó a hacer contactos y a buscarse el pan de manera honrada, desempeñándose como camionero. Durante cerca de tres años recorrió las carreteras del estado, conociendo cada detalle de la ciudad y levantando, con dedicación y trabajo constante, una base económica firme.
Fue en ese momento cuando su camino laboral cambió de dirección: la empresa “Taxis Libres” lo incorporó, brindándole la posibilidad de crecer y perfeccionarse en el rubro. Allí se desempeñó desde su tercer hasta su quinto año en la ciudad, destacándose como un trabajador cumplidor y dedicado. Sin embargo, ese quinto año marcaría un punto de inflexión en su historia.
después de unos meses lo echaron de su trabajo por problemas que tuvo y también para seguir estudiando psicología criminal, tácticas de desescalada y derechos civiles. Su apodo entre los instructores era R, por su obsesión con “hacer las cosas bien”.
NOMBRE COMPLETO: William Sheppard
EDAD: 21 años
LUGAR DE NACIMIENTO: Estados Unidos, barrio de Strawberry, Los Santos
NACIONALIDAD: Estadounidense
William Sheppard llegó a Los Santos a los 20 años y rápidamente supo cómo integrarse. Apenas arribó, empezó a hacer contactos y a buscarse el pan de manera honrada, desempeñándose como camionero. Durante cerca de tres años recorrió las carreteras del estado, conociendo cada detalle de la ciudad y levantando, con dedicación y trabajo constante, una base económica firme.
después de unos meses lo echaron de su trabajo por problemas que tuvo y también para seguir estudiando psicología criminal, tácticas de desescalada y derechos civiles. Su apodo entre los instructores era Blueblood, por su obsesión con “hacer las cosas bien”.
andrea melina nació un martes lluvioso de noviembre en hollywood, en el año 2000, Desde chico mostraba una madurez poco común: mientras otros niños jugaban a ser superhéroes, ella se disfrazaba de policía y decía que quería “ayudar a los que están tristes y proteger a los buenos”.
su infancia transcurrió entre libros de aventuras, juegos en el jardín y conversaciones con su abuelo, un veterano del ejército que le contaba historias sobre coraje, honor y servicio. Esos relatos marcaron profundamente a andrea y moldearon su vocación. adolescencia con propósito durante la secundaria, andrea se inscribió en un programa de liderazgo juvenil de su escuela, y luego se sumó a grupos comunitarios que colaboraban con la seguridad del barrio. No era el más popular, pero sí el más confiable. Se ganó el respeto de docentes y compañeros por su entrega y ética.
Al terminar la secundaria, eligió estudiar Justicia Criminal en la Universidad Estatal de hollywood. Allí no solo aprendió sobre leyes y criminología, sino que también participó en simulacros policiales, entrenamiento físico y resolución de conflictos. En paralelo, trabajaba como voluntario en centros de apoyo a víctimas de violencia doméstica.
lucas Ferreyra nació un martes lluvioso de noviembre en hollywood, en el año 2000, Desde chico mostraba una madurez poco común: mientras otros niños jugaban a ser superhéroes, él se disfrazaba de policía y decía que quería “ayudar a los que están tristes y proteger a los buenos”.
su infancia transcurrió entre libros de aventuras, juegos en el jardín y conversaciones con su abuelo, un veterano del ejército que le contaba historias sobre coraje, honor y servicio. Esos relatos marcaron profundamente a Lucas y moldearon su vocación. adolescencia con propósito durante la secundaria, Lucas se inscribió en un programa de liderazgo juvenil de su escuela, y luego se sumó a grupos comunitarios que colaboraban con la seguridad del barrio. No era el más popular, pero sí el más confiable. Se ganó el respeto de docentes y compañeros por su entrega y ética.
Lucas Ferreyra nació una tarde calurosa de diciembre en la ciudad de Santa Fe, Argentina. Desde chico sintió una fascinación poco común por los agentes de la ley: no tanto por las armas ni la acción, sino por el sentido de justicia silenciosa que veía en las películas de investigación y en los documentales sobre cuerpos élite.
Era observador, disciplinado y reservado. Mientras otros soñaban con jugar en Europa o ser influencers, él pasaba horas leyendo sobre criminología y estudiando inglés con series subtituladas. Se graduó con honores en Seguridad Ciudadana y, a los 25 años, decidió dar el salto: viajó a Estados Unidos con una beca parcial para estudiar Criminal Justice en Virginia.
La llegada no fue fácil. Cambiar de idioma, de costumbres, y soportar la soledad de estar lejos de su familia lo puso a prueba. Pero Lucas tenía una meta: quería ingresar al U.S. Marshals Service, una de las agencias más antiguas y respetadas de Estados Unidos.
Benjamin Ward nació en una tarde de verano en Santa Fe, Argentina, con el sonido de los teros volando sobre la costanera. Su madre era bibliotecaria y su padre electricista, y desde chico creció rodeado de historias, cables y preguntas. A los 12 años, una serie sobre detectives en Nueva York lo dejó fascinado. No por las persecuciones, sino por la idea de justicia: alguien que escucha, entiende y actúa.
Cuando terminó el colegio, estudió criminología en Buenos Aires, pero sentía que su destino lo esperaba más allá del mapa. A los 21 años, con un inglés que aprendió viendo películas sin subtítulos y trabajando medio turno en una cafetería, logró una beca en una academia de justicia criminal en Texas.
El contraste fue brutal. Del mate compartido a la soledad del café en vaso descartable. Del acento arrastrado al choque de culturas. Pero Benjamin no se rindió. Aprendió técnicas, leyes, y también a mantenerse firme sin perder su esencia. Su particular mirada como extranjero lo volvió valioso: entendía lo que era sentirse “el otro”, y eso le dio empatía con comunidades diversas.
Izan Torres, 25 años, había vivido toda su vida en Boston. Trabajaba como restaurador de muebles antiguos: puertas, escritorios, baúles marcados por siglos de manos, palabras y silencios. Desde chico, tenía la sensación de que los objetos le decían cosas. No en palabras claras, sino en intuiciones precisas: “Este cajón oculta algo”, “Este clavo no pertenece aquí”.
Un día, llegó a su taller una cómoda de roble con una inscripción en griego tallada en el reverso. Al tocarla, una escena se activó en su mente: una plaza en Salónica, el bullicio de un mercado, un niño huyendo con un libro en brazos. No era una alucinación, sino una memoria que no era suya. O eso pensó.
Movido por la intriga, Izan viajó a Grecia, donde descubrió que su apellido, Torres, aparecía en archivos de comunidades sefardíes que vivieron allí siglos atrás. Cada ciudad que pisaba encendía en él nuevos fragmentos: rostros conocidos que no podía nombrar, canciones que tarareaba sin haberlas aprendido nunca.
Pronto comprendió que había heredado una habilidad única: ciertos objetos y lugares podían reconstruir recuerdos de sus antepasados. Pero esa conexión no era solo un regalo… también lo arrastraba hacia secretos familiares que muchos preferían que quedaran enterrados.
Ahora, su viaje no era solo geográfico ni histórico: era una carrera para recuperar una historia dispersa por generaciones, mientras otros —que también sentían el eco de esas memorias— trataban de evitar que llegara al final.