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  • Brock Burton

    Brock Burton nació el 2 de abril del 2005 en Brownsville, Brooklyn, Nueva York, una de las zonas más duras de la ciudad. Desde pequeño, su vida estuvo marcada por la ausencia de estabilidad. Su padre, Cristopher Burton, estaba profundamente involucrado en las calles y las drogas, lo que ponía en riesgo constante la seguridad de su familia. Las amenazas comenzaron a volverse frecuentes, y en un punto, se llegó incluso a hablar de atentar contra la vida del pequeño Brock. Esa situación llevó a su madre a tomar una decisión drástica: enviarlo a vivir con su abuela en Los Santos, esperando darle un nuevo comienzo.

    Al llegar a Jamestown Street, un barrio humilde pero lleno de vida en Los Santos, Brock se sintió completamente fuera de lugar. No conocía a nadie, ni entendía la dinámica de aquel nuevo entorno. Sin embargo, pronto encontró una chispa de esperanza: su primo Kobbe Burton, quien se convirtió en su compañero inseparable. Juntos pasaban las tardes jugando en el patio de la iglesia con otros niños del barrio, especialmente durante la misa, donde los adultos se distraían lo suficiente para que los niños pudieran hacer de las suyas. Con el tiempo, Brock y su círculo de amigos empezaron a involucrarse en actividades más productivas, como ayudar en la licorería "Beer & Wine", propiedad del abuelo de uno de los chicos.

    Pero la calma duró poco. Cuando Brock cumplió 16 años, su mundo volvió a tambalearse con la muerte de su abuela, la única figura maternal que le quedaba. Este evento lo sumió en una profunda depresión, y buscando escape, comenzó a experimentar con las drogas. Pronto, él y su grupo de amigos pasaron de consumidores a pequeños vendedores. Al principio, se trataba de cosas menores: robos de motos, bicicletas, autos mal estacionados... delitos que parecían casi juegos de adolescentes, pero que iban marcando un camino peligroso.

    A medida que los años pasaron, los golpes se hicieron más grandes, más organizados. El grupo que alguna vez jugó en la iglesia se convirtió en una pandilla estructurada, con códigos y jerarquías. Sin embargo, lo que los diferenciaba del resto era su sentido de comunidad. Aunque sus actividades eran ilegales, cuidaban de su barrio, mantenían la iglesia segura y se aseguraban de que los vecinos estuvieran protegidos de otras amenazas externas. Brock, sin proponérselo, se convirtió en una figura de respeto y temor, un joven marcado por el dolor, pero también forjado por la lealtad a los suyos.

    Sin embargo, la calle no perdona. A los 19 años, sufrió un atentado por parte de una pandilla rival de El Burro Heights. Recibió dos disparos en una emboscada, uno en el hombro y otro en el muslo. Pasó varios meses en recuperación, y durante ese tiempo empezó a ver las cosas de otra manera. No se trataba de volverse santo ni de dejar el juego, pero entendió que ya no podía seguir siendo tan lanzado, tan impulsivo. Si quería durar, si quería mantener el control y proteger a los suyos, tenía que empezar a moverse con cabeza fría.

    Hoy, con 20 años, Brock Burton sigue metido hasta el cuello en el mismo mundo. No ha salido, ni pretende hacerlo por ahora. Pero ya no se tira a lo loco como antes. Piensa más, analiza cada paso, mide las consecuencias. No porque le tenga miedo a la muerte, sino porque aprendió que en esta vida, un mal movimiento no solo lo borra a él, sino que arrastra a los que están detrás. En su círculo ya no es solo el más temido, sino también el más calculador.

    Sigue siendo ese chico de Brooklyn que le tocó madurar a golpes. Pero ahora con la mirada más fría, la mente más clara, y las manos igual de sucias. El juego no ha cambiado. Brock tampoco… solo aprendió a jugarlo mejor.

    publicado en Biografías de Personajes
    Slice
    Slice

Últimos posts de Slice

  • Dayvon Burton

    Dayvon Burton nació el 2 de abril del 2005 en Brownsville, Brooklyn, Nueva York, una de las zonas más duras de la ciudad. Desde pequeño, su vida estuvo marcada por la ausencia de estabilidad. Su padre, Cristopher Burton, estaba profundamente involucrado en las calles y las drogas, lo que ponía en riesgo constante la seguridad de su familia. Las amenazas comenzaron a volverse frecuentes, y en un punto, se llegó incluso a hablar de atentar contra la vida del pequeño Dayvon. Esa situación llevó a su madre a tomar una decisión drástica: enviarlo a vivir con su abuela en Los Santos, esperando darle un nuevo comienzo.

    Al llegar a Jamestown Street, un barrio humilde pero lleno de vida en Los Santos, Dayvon se sintió completamente fuera de lugar. No conocía a nadie, ni entendía la dinámica de aquel nuevo entorno. Sin embargo, pronto encontró una chispa de esperanza: su primo Kobbe Burton, quien se convirtió en su compañero inseparable. Juntos pasaban las tardes jugando en el patio de la iglesia con otros niños del barrio, especialmente durante la misa, donde los adultos se distraían lo suficiente para que los niños pudieran hacer de las suyas. Con el tiempo, Dayvon y su círculo de amigos empezaron a involucrarse en actividades más productivas, como ayudar en la licorería "Beer & Wine", propiedad del abuelo de uno de los chicos.

    Pero la calma duró poco. Cuando Dayvon cumplió 16 años, su mundo volvió a tambalearse con la muerte de su abuela, la única figura maternal que le quedaba. Este evento lo sumió en una profunda depresión, y buscando escape, comenzó a experimentar con las drogas. Pronto, él y su grupo de amigos pasaron de consumidores a pequeños vendedores. Al principio, se trataba de cosas menores: robos de motos, bicicletas, autos mal estacionados... delitos que parecían casi juegos de adolescentes, pero que iban marcando un camino peligroso.

    A medida que los años pasaron, los golpes se hicieron más grandes, más organizados. El grupo que alguna vez jugó en la iglesia se convirtió en una pandilla estructurada, con códigos y jerarquías. Sin embargo, lo que los diferenciaba del resto era su sentido de comunidad. Aunque sus actividades eran ilegales, cuidaban de su barrio, mantenían la iglesia segura y se aseguraban de que los vecinos estuvieran protegidos de otras amenazas externas. Dayvon, sin proponérselo, se convirtió en una figura de respeto y temor, un joven marcado por el dolor, pero también forjado por la lealtad a los suyos.

    Sin embargo, la calle no perdona. A los 19 años, sufrió un atentado por parte de una pandilla rival de El Burro Heights. Recibió dos disparos en una emboscada, uno en el hombro y otro en el muslo. Pasó varios meses en recuperación, y durante ese tiempo empezó a ver las cosas de otra manera. No se trataba de volverse santo ni de dejar el juego, pero entendió que ya no podía seguir siendo tan lanzado, tan impulsivo. Si quería durar, si quería mantener el control y proteger a los suyos, tenía que empezar a moverse con cabeza fría.
    La recuperación no solo dejó cicatrices visibles. Durante esos meses alejado de la calle, Dayvon empezó a notar algo que antes ignoraba: mientras él estaba en una cama, el barrio seguía funcionando. Algunos lo visitaban por respeto, otros por interés y unos pocos directamente desaparecieron. Ahí entendió algo que le quedó grabado: en ese mundo, el miedo dura poco y la lealtad vale más que cualquier nombre.

    Cuando volvió a caminar por Jamestown Street, ya no era el mismo. Empezó a dejar de estar en primera línea y a moverse más desde atrás. Organizó mejor a los suyos, evitó conflictos innecesarios y dejó de aceptar trabajos que no valieran el riesgo. Muchos pensaron que se había ablandado por los disparos, pero era al revés: se había vuelto más peligroso porque dejó de actuar por orgullo.

    También volvió a acercarse a la iglesia del barrio. No por fe ni por buscar perdón, sino porque era el único lugar que le recordaba una época donde todavía no tenía que mirar por encima del hombro. A veces se quedaba unos minutos sentado afuera, viendo a los chicos jugar donde él alguna vez estuvo. Nunca hablaba mucho de eso, pero los que lo conocían sabían que, en el fondo, seguía intentando que los más chicos no terminaran igual que él.

    Desde entonces apareció una regla nueva dentro de su grupo: ningún problema de la calle podía entrar al barrio. Afuera podían hacer negocios, arreglar cuentas o moverse como quisieran. Pero Jamestown seguía siendo casa.

    Y aunque nadie lo decía en voz alta, muchos empezaron a entender que Dayvon ya no buscaba hacerse el más fuerte. Buscaba quedarse el suficiente tiempo para que su nombre siguiera pesando incluso cuando él no estuviera.
    Hoy, con 21 años, Dayvon Burton sigue metido hasta el cuello en el mismo mundo. No ha salido, ni pretende hacerlo por ahora. Pero ya no se tira a lo loco como antes. Piensa más, analiza cada paso, mide las consecuencias. No porque le tenga miedo a la muerte, sino porque aprendió que en esta vida, un mal movimiento no solo lo borra a él, sino que arrastra a los que están detrás.

    Sigue siendo ese chico de Brooklyn que le tocó madurar a golpes. Pero ahora con la mirada más fría, la mente más clara y las manos igual de sucias. El juego no ha cambiado. Dayvon tampoco… solo aprendió a jugarlo mejor. !

    publicado en Biografías de Personajes
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  • Brock Burton

    Brock Burton nació el 2 de abril del 2005 en Brownsville, Brooklyn, Nueva York, una de las zonas más duras de la ciudad. Desde pequeño, su vida estuvo marcada por la ausencia de estabilidad. Su padre, Cristopher Burton, estaba profundamente involucrado en las calles y las drogas, lo que ponía en riesgo constante la seguridad de su familia. Las amenazas comenzaron a volverse frecuentes, y en un punto, se llegó incluso a hablar de atentar contra la vida del pequeño Brock. Esa situación llevó a su madre a tomar una decisión drástica: enviarlo a vivir con su abuela en Los Santos, esperando darle un nuevo comienzo.

    Al llegar a Jamestown Street, un barrio humilde pero lleno de vida en Los Santos, Brock se sintió completamente fuera de lugar. No conocía a nadie, ni entendía la dinámica de aquel nuevo entorno. Sin embargo, pronto encontró una chispa de esperanza: su primo Kobbe Burton, quien se convirtió en su compañero inseparable. Juntos pasaban las tardes jugando en el patio de la iglesia con otros niños del barrio, especialmente durante la misa, donde los adultos se distraían lo suficiente para que los niños pudieran hacer de las suyas. Con el tiempo, Brock y su círculo de amigos empezaron a involucrarse en actividades más productivas, como ayudar en la licorería "Beer & Wine", propiedad del abuelo de uno de los chicos.

    Pero la calma duró poco. Cuando Brock cumplió 16 años, su mundo volvió a tambalearse con la muerte de su abuela, la única figura maternal que le quedaba. Este evento lo sumió en una profunda depresión, y buscando escape, comenzó a experimentar con las drogas. Pronto, él y su grupo de amigos pasaron de consumidores a pequeños vendedores. Al principio, se trataba de cosas menores: robos de motos, bicicletas, autos mal estacionados... delitos que parecían casi juegos de adolescentes, pero que iban marcando un camino peligroso.

    A medida que los años pasaron, los golpes se hicieron más grandes, más organizados. El grupo que alguna vez jugó en la iglesia se convirtió en una pandilla estructurada, con códigos y jerarquías. Sin embargo, lo que los diferenciaba del resto era su sentido de comunidad. Aunque sus actividades eran ilegales, cuidaban de su barrio, mantenían la iglesia segura y se aseguraban de que los vecinos estuvieran protegidos de otras amenazas externas. Brock, sin proponérselo, se convirtió en una figura de respeto y temor, un joven marcado por el dolor, pero también forjado por la lealtad a los suyos.

    Sin embargo, la calle no perdona. A los 19 años, sufrió un atentado por parte de una pandilla rival de El Burro Heights. Recibió dos disparos en una emboscada, uno en el hombro y otro en el muslo. Pasó varios meses en recuperación, y durante ese tiempo empezó a ver las cosas de otra manera. No se trataba de volverse santo ni de dejar el juego, pero entendió que ya no podía seguir siendo tan lanzado, tan impulsivo. Si quería durar, si quería mantener el control y proteger a los suyos, tenía que empezar a moverse con cabeza fría.

    Hoy, con 20 años, Brock Burton sigue metido hasta el cuello en el mismo mundo. No ha salido, ni pretende hacerlo por ahora. Pero ya no se tira a lo loco como antes. Piensa más, analiza cada paso, mide las consecuencias. No porque le tenga miedo a la muerte, sino porque aprendió que en esta vida, un mal movimiento no solo lo borra a él, sino que arrastra a los que están detrás. En su círculo ya no es solo el más temido, sino también el más calculador.

    Sigue siendo ese chico de Brooklyn que le tocó madurar a golpes. Pero ahora con la mirada más fría, la mente más clara, y las manos igual de sucias. El juego no ha cambiado. Brock tampoco… solo aprendió a jugarlo mejor.

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