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La noche estaba cubierta por el manto de estrellas, rota únicamente por las luces de la camioneta estacionada junto a un par de motocicletas. El polvo en el aire aún vibraba con las huellas recientes de los neumáticas.
En medio de aquel silencio solo se escuchaba el crujir de las botas sobre la grava. Espinosa y Berto avanzaban cargando un par de bolsos negros sobre la espalda. Al llegar al círculo, los dejarian caer con un golpe sobre el suelo, levantando una pequeña nube de polvo.
Las miradas se cruzaron, no había hostilidad pero tampoco confianza plena. Tras un breve intercambio de palabras, Berto se inclinó y abrió uno de los bolsos. Dentro, varias bolsas con tabletas de polvo de ángel acomodadas con precisión meticulosa.
— Está completo… no esperaba menos — dijo con voz grave uno de los receptores, revisando el interior antes de asentir.
Un sobre apareció de entre las manos del comprador, hichado de dinero. El sonido del papel al ser abierto se mezcló con el chasquido de un encendedor: Oscar sostenía un cigarro en su boca mientras contaba rápidamente los billetes, la brasa iluminando su rostro en un destello rojizo.
Los hombres se observaron en silencio por un instante más, cada uno con su propia lectura de la escena. Afuera, el desierto seguía mudo, ajeno al negocio que acababa de sellarse bajo su cielo infinito.
RESERVADO