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Hernan Migo | Costado Derecho
El sonido de los motores al ralentí se mezclaba con el zumbido de los neones, tiñendo el asfalto con reflejos que cambiaban entre verde, violeta y rojo. Hernan apoyó una mano sobre el costado derecho del auto, respiró hondo y observó el espacio limpio que había dejado minutos antes. El metal frío reflejaba su silueta, recortada por la luz del estacionamiento.
Sacó la pegatina con cuidado, alineándola con precisión, como si se tratara de una firma que debía quedar perfecta. Cada movimiento era medido, casi ritual. La sostuvo un segundo más, mirándola brillar bajo la luz, y luego presionó firme, alisando los bordes con la palma. El logo quedó ahí, sólido, limpio, como una marca que no necesitaba explicación.
Al dar un paso atrás, sintió que el auto ya no era solo suyo. Era parte de algo más grande. A su alrededor, los demás terminaban de pegar las suyas, las luces se reflejaban en los capós, y el aire tenía ese aroma a caucho y gasolina que anunciaba que algo estaba por comenzar.
Hernan encendió las luces. El reflejo del neón rebotó sobre la pegatina recién colocada y se mezcló con el humo que salía del escape. Sonrió apenas. La insignia brillaba bajo la noche, firme, como si el propio asfalto la reconociera.
Overclutch ya estaba marcado. Y no había vuelta atrás.