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La noche estaba densa y la ciudad parecía dormir, pero V sabía que no había tiempo para errores. Afuera, la lluvia ligera mojaba el pavimento, reflejando las luces distantes de Los Santos en charcos dispersos. La entrada al lugar que nadie debía conocer estaba delante de él, silenciosa, oculta entre viejos edificios y callejones vacíos.
V observaba cada detalle: la puerta que ocultaba el acceso, la oscuridad que se filtraba por las rendijas, el sonido lejano de la ciudad que apenas alcanzaba a entrar. Cada paso debía ser calculado, cada movimiento vigilado. Sabía que dentro lo esperaba el secuestrado, y que cada segundo perdido podía complicar todo el plan.
Respirando hondo, V se acercó al edificio, sus ojos recorriendo el entorno y sus manos firmes sobre el arma. La tensión crecía con cada instante que pasaba; el silencio de la noche pesaba, recordándole que aquel lugar estaba bajo su control y que nadie más podía intervenir. Cada decisión que tomara afuera definiría lo que ocurriría dentro.
Al abrir la puerta, el aire frío del interior golpeó la piel de V. La bombilla colgante apenas iluminaba la habitación, proyectando sombras que se retorcían en las paredes desnudas. Allí estaba el secuestrado, sentado, consciente de que cada movimiento era observado y cada palabra medida.
V dio un paso adelante, sus ojos fijos en el rehén. La escopeta descansaba firme en sus manos, y su presencia llenaba el espacio de autoridad absoluta. “No digas nada que no debas”, dijo V con voz grave. Cada palabra era un recordatorio de que allí, en ese lugar que nadie más conocía, solo él marcaba las reglas.
El secuestrado intentó respirar con calma, pero la tensión era palpable. Cada segundo que pasaba, cada sombra que se movía con la luz parpadeante, aumentaba la presión. V se acercó más, dejando claro que la cooperación inmediata era esencial y que las consecuencias de cualquier error serían inmediatas.
El ambiente estaba cargado, el silencio absoluto salvo por la respiración contenida del rehén. Todo estaba controlado, todo planeado. V observaba cada gesto, cada reacción, asegurándose de que la misión avanzara sin imprevistos, y que nadie más supiera nunca lo que allí había ocurrido.
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