Un reencuentro inesperado...

Había pasado meses entre rejas, el tiempo suficiente para recordar lo pequeño que podía sentirse el mundo entre cuatro paredes. Pero esa no era su primera vez, y sabía bien cómo moverse en ese entorno hostil. Los federales lo esperaban afuera, con rostros impasibles, sin decir palabra, lo escoltaron hasta un edificio de ladrillos donde le entregarían sus pertenencias. Un oficial le pasó una bolsa de plástico. Dentro había una vieja navaja oxidada, un mechero sin gas y una cadena de plata con la cruz que le había dejado su madre. Respiró hondo y salió sin mirar atrás. La prisión era solo una etapa más en su vida. Pero algo le esperaba.

Mientras revisaba sus pertenencias, un trozo de papel arrugado llamó su atención. No recordaba haberlo tenido antes. Frunció el ceño, tomándolo entre sus dedos. El papel estaba amarillento y desgastado, como si hubiera sido guardado por mucho tiempo. Lo desdobló con cuidado, esperando encontrar alguna nota o firma, pero no había palabras. Solo un número escrito con tinta negra y, en la parte superior, un símbolo dibujado a mano. Su respiración se volvió pesada. Ese sello no era cualquiera. Lo había visto antes. Su mente lo transportó años atrás, a un tiempo en el que su situación lo llevó a formar parte de algo más grande, algo más peligroso. Un grupo que no solo compartía su visión del mundo, sino que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para restaurar lo que ellos llamaban "orden". No necesitaba más detalles. Sabía exactamente de quién venía y qué significaba. Sus manos se cerraron en un puño alrededor del papel. No esperaba que volvieran a buscarlo.

Ryan mantuvo la carta en su mano por un momento más, dejando que los recuerdos lo invadieran. Años atrás, ese símbolo significaba hermandad, lealtad y un propósito claro. No importaban los años que hubieran pasado, ni las veces que intentó dejarlo atrás. En el fondo, siempre había sabido que este día llegaría. Guardó la carta en su chaqueta y dejó escapar una leve sonrisa. No de alegría, pero sí de certeza. El número en la carta no era un misterio para él. Sabía a dónde debía ir. Tomó el primer auto que pudo conseguir, un viejo sedán cubierto de polvo con el motor que rugía como un animal herido. A medida que se alejaba del pueblo, la carretera le resultaba extrañamente familiar. El tiempo había cambiado muchas cosas, pero algunos caminos siempre llevaban al mismo destino.