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Me llamo Vicente Vega. Tengo 24 años y nací con gasolina en las venas y el ruido de un motor como cuna. Desde morro supe una verdad que muchos tardan toda la vida en entender: la libertad no se encuentra en la cima, ni en los libros, ni en la plata... se encuentra entre el rugido del escape y el temblor del manubrio a 200 por hora. Vine al mundo en Aguascalientes, en el centro ardiente de México, entre calles polvorientas donde el sol no da tregua y la esperanza se oxida con los años. Una ciudad maldita, brillante y traicionera, donde los sueños o se entierran... o se incendian. Mi jefe era mecánico. De los de antes. No hablaba mucho, pero con una navaja oxidada, un trapo sucio y una caguama tibia, podía revivir lo que otros daban por muerto. No fue el mejor padre, pero me regaló una lección eterna: "Si quieres respeto en esta vida, haz ruido. Y si es con una moto, que truene como el infierno".