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Rubén creció en La Puerta, un distrito costero marcado por el contraste entre los muelles comerciales y el dinero rápido del contrabando. Hijo de un inspector de aduanas que dedicó su vida a destapar redes de evasión fiscal y tráfico marítimo, Rubén aprendió desde pequeño a observar lo que otros pasaban por alto: la logística detrás del crimen organizado. Mientras sus compañeros de infancia caían en pandillas locales, él se obsesionó con la estructura formal del delito: quién financia, quién facilita y quién se queda con el porcentaje limpio.
Tras graduarse en Criminología por la Universidad de San Andreas (ULSA), rechazó puestos de oficina en el sector privado para vestir el uniforme del Departamento de Policía de Los Santos (LSPD). Durante tres años sirvió en la División de Patrullas, donde destacó por su frialdad en situaciones de alta tensión y una memoria fotográfica para las matrículas y los rostros vinculados al crimen organizado.
El motivo que impulsó su ambición ocurrió durante una operación conjunta entre el LSPD y el FIB contra una red de blanqueo de dinero que operaba en los muelles de Elysian Island. Rubén identificó un contenedor sospechoso que la policía local pretendía pasar por alto por trabas burocráticas. Su insistencia permitió interceptar un cargamento clave, pero la falta de jurisdicción federal del LSPD provocó que la cúpula de la organización criminal escapara por vacíos legales localizados fuera del estado.
Ese día entendió que la policía local solo corta las ramas del problema, mientras que el FIB tiene el alcance para arrancar la raíz.
Rubén no busca el FIB por estatus ni por la placa dorada; lo mueve un ajuste de cuentas metodológico contra la impunidad de cuello blanco. Su apellido, Miñanco, carga con el peso de constantes sospechas en los barrios del sur debido a antiguos rumores familiares que nunca se probaron. Entrar al FIB representa para él dos cosas: la plataforma definitiva para desmantelar las redes financieras que corrompen San Andreas desde las sombras y la oportunidad de consolidar una carrera intachable en el escalafón más alto de la ley.
Rubén Moretti — El día de las pruebas
Ayer llegó el día que Rubén llevaba semanas esperando.
Desde que había superado la primera fase de selección, sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse al momento de la verdad. Había conseguido avanzar entre más de un centenar de candidatos, pero aquello no significaba que tuviera asegurado un puesto en SAES. Todo lo contrario.
Ayer comenzaba la verdadera prueba.
Rubén se levantó temprano, mucho antes de lo necesario. Había dormido poco y, aunque intentaba mantenerse tranquilo, tenía esa sensación en el estómago que hacía tiempo no experimentaba. No era miedo. Era una mezcla de nervios, ilusión y ganas de demostrar que realmente merecía estar allí.
La noche anterior había dejado preparada la ropa y la mochila. Antes de salir comprobó una última vez que no le faltara nada.
Se miró al espejo.
Por unos segundos recordó al niño que había sido en Italia, al chico que creció rodeado de peleas y problemas y que durante años pensó que aquella vida era la única que conocía.
Después sonrió ligeramente.
Ayer no iba a demostrar quién había sido. Iba a demostrar quién quería ser.
Las pruebas físicas
Al llegar a las instalaciones pudo comprobar que no era el único que había llegado con nervios.
Había aspirantes de todo tipo. Algunos parecían estar perfectamente preparados físicamente; otros intentaban disimular los nervios hablando entre ellos.
Rubén observó en silencio.
Había aprendido desde pequeño que antes de enfrentarse a un rival era importante observarlo.
Pero esta vez no había rivales.
Todos estaban allí por el mismo objetivo.
Durante las pruebas físicas tuvieron que demostrar su resistencia, fuerza y capacidad para mantener el esfuerzo incluso cuando el cuerpo empezaba a pedir que parasen.
Para Rubén, aquella parte fue probablemente la más familiar.
Los años de entrenamiento y las innumerables horas dentro de un gimnasio le habían enseñado a controlar la respiración, administrar las fuerzas y continuar incluso cuando los músculos empezaban a doler.
Pero no quiso confiarse.
Sabía que SAES no buscaba simplemente a alguien fuerte.
Buscaban personas capaces de trabajar bajo presión y de mantener la cabeza fría cuando las cosas se complicasen.
Y eso era precisamente lo que Rubén quería demostrar.
Las pruebas médicas
Después llegó otra parte que le llamó especialmente la atención.
Las analíticas y diferentes comprobaciones médicas.
Rubén permaneció tranquilo mientras esperaba su turno.
Aquello le hizo pensar en lo mucho que había cambiado su vida.
Años atrás había sido él quien entraba en una consulta esperando saber si las lesiones de una pelea le permitirían volver a entrenar.
Ahora estaba allí porque quería convertirse en la persona que algún día pudiera estar al otro lado.
Quería ayudar.
Quería aprender.
Y quería demostrar que podía convertir todas aquellas experiencias en algo positivo.
Las preguntas
Pero quizás lo que más le hizo pensar fueron las preguntas.
No bastaba con estar en buena forma.
Querían conocer a las personas que tenían delante.
Sus motivos.
Su forma de pensar.
Su capacidad para reaccionar ante determinadas situaciones.
Y, sobre todo, por qué querían formar parte de SAES.
Rubén tuvo que pensar cuidadosamente algunas de sus respuestas.
Podría haber contado muchas cosas sobre su pasado.
Podría haber hablado de Italia, de su familia, de las peleas clandestinas y de todo aquello que había vivido.
Pero decidió centrarse en lo que realmente importaba.
El futuro.
Explicó que quería construir una vida diferente en Los Santos y que siempre había sentido interés por el mundo sanitario. Que sus experiencias personales le habían enseñado lo importante que es tener a alguien preparado cuando una persona se encuentra en el peor momento de su vida.
Y que no quería limitarse a llevar un uniforme.
Quería servir.
Y quería convertirse en un buen profesional.
Al terminar
Cuando finalmente terminaron las pruebas, Rubén salió de las instalaciones completamente agotado.
El cuerpo le pesaba.
La cabeza estaba cansada de tantas preguntas y de estar concentrado durante horas.
Pero, al mismo tiempo, sentía algo que no había sentido en mucho tiempo.
Satisfacción.
No sabía todavía cuál sería el resultado.
No sabía si los responsables considerarían que estaba preparado.
No sabía si conseguiría finalmente convertirse en médico de SAES.
Pero sabía que había dado todo lo que tenía.
Mientras caminaba hacia su vehículo, miró hacia atrás durante unos segundos.
Había llegado hasta allí después de superar la primera fase entre más de cien personas.
Y ayer había conseguido superar otro obstáculo.
Ahora solo quedaba esperar.
La espera
Hoy Rubén se encuentra en ese extraño punto entre la ilusión y la incertidumbre.
Por un lado, está orgulloso de cómo transcurrió el día.
Por otro, sabe que todavía no puede dar nada por hecho.
Está pendiente de saber cuándo podrá comenzar su primera clase.
Esa clase será importante para él.
Será el momento en el que deje de ser simplemente un aspirante y empiece realmente a aprender lo que significa formar parte de un equipo médico.
Rubén sabe que todavía le queda muchísimo por aprender.
Procedimientos.
Protocolos.
Trabajo en equipo.
Atención a civiles.
Situaciones de emergencia.
Y muchas otras cosas que todavía desconoce.
Pero por primera vez desde que llegó a Los Santos siente que su vida empieza a tomar una dirección clara.
Ya no está huyendo de su pasado.
Está construyendo su futuro.
Y mientras espera esa llamada, ese mensaje o esa indicación que le diga cuándo debe presentarse para su primera clase, Rubén vuelve a mirar aquella vieja fotografía que guarda desde Italia.
La del niño con los guantes puestos.
Esta vez no siente vergüenza de aquel pasado.
Porque ahora entiende algo:
Quizá aquellas peleas no fueron el destino que le correspondía, pero sí fueron las que le enseñaron a resistir.
Y ahora piensa utilizar esa resistencia para algo completamente diferente.
Salvar vidas. (https://ibb.co/tM9mM8BL)
El gran día
Habían pasado meses desde que Rubén Moretti había tomado la decisión de cambiar definitivamente su vida.
Meses de trabajo, entrenamiento, estudio y preparación.
Meses intentando demostrar, tanto a los demás como a sí mismo, que el hombre que había sido en Italia ya no era el hombre que quería ser en Los Santos.
Y ahora, después de todo ese tiempo, había llegado el momento.
Faltaban exactamente siete horas.
Siete horas para que Rubén se presentara en las oficinas de San Andreas Emergency Services y comenzara oficialmente su instrucción.
Siete horas para descubrir si todo el esfuerzo había servido de algo.
Pero antes de llegar hasta allí, había tenido que superar un primer obstáculo que no esperaba que fuera tan complicado.
La selección.
Más de cien personas habían presentado su candidatura buscando exactamente lo mismo que él.
Más de cien aspirantes.
Más de cien historias diferentes.
Personas con experiencia, conocimientos, preparación y motivos propios para querer formar parte de SAES.
Rubén sabía perfectamente que no tenía derecho a sentirse especial.
Todos habían llegado allí por alguna razón.
Sin embargo, él tenía algo que no podía explicar fácilmente en una entrevista.
Tenía una razón personal.
No quería entrar simplemente para conseguir un trabajo.
Quería cerrar una etapa de su vida.
Y, después de revisar todas las candidaturas, Rubén consiguió superar la primera fase.
De todos aquellos aspirantes, él seguía adelante.
Ahora quedaba lo más difícil.
La instrucción.
Y las pruebas.
Siete horas
Aquella mañana Rubén se despertó mucho antes de que sonara la alarma.
Abrió los ojos y permaneció unos segundos mirando el techo.
No estaba nervioso.
O al menos eso intentaba convencerse.
Había estado delante de hombres mucho más grandes que él.
Había entrado en un ring sabiendo que podía terminar gravemente herido.
Había abandonado Italia dejando atrás a su familia.
Había llegado a una ciudad completamente desconocida sin saber qué sería de su futuro.
Pero aquello era diferente.
Esta vez no estaba luchando por dinero.
No estaba luchando para sobrevivir.
Estaba luchando por conseguir la oportunidad de convertirse en la persona que llevaba años queriendo ser.
Se levantó de la cama y comenzó su rutina habitual.
Una ducha.
Un desayuno ligero.
Y después, unos minutos de ejercicio para despejar la cabeza.
No quería llegar cansado.
Quería llegar preparado.
Al terminar, comenzó a preparar sus cosas.
La ropa para las pruebas ya estaba comprada.
La había elegido cuidadosamente.
Nada llamativo.
Nada que pudiera distraerlo.
Ropa cómoda, resistente y adecuada para realizar las pruebas físicas.
La dobló cuidadosamente y la colocó sobre la cama.
Después preparó su mochila.
Revisó cada cosa varias veces.
Agua.
Documentación.
Material personal.
Ropa de repuesto.
Y todo aquello que consideraba necesario para afrontar el día.
Cuando terminó, dejó la mochila junto a la puerta.
Después se quedó mirándola durante unos segundos.
Parecía una mochila cualquiera.
Pero para Rubén significaba mucho más.
Dentro no llevaba únicamente ropa.
Llevaba meses de preparación.
Llevaba sus dudas.
Sus nervios.
Sus recuerdos.
Y, sobre todo, una oportunidad.
El recuerdo de Nápoles
Antes de salir, Rubén abrió uno de los cajones de su habitación.
Dentro estaba la vieja fotografía que su madre le había entregado antes de abandonar Italia.
La cogió.
En ella aparecía un Rubén mucho más joven, con los guantes puestos y una mirada completamente diferente.
Un niño que todavía no sabía qué camino iba a tomar.
Rubén sonrió ligeramente.
Durante años había pensado que aquella fotografía representaba todo aquello de lo que quería escapar.
Ahora la veía de otra manera.
Representaba el principio.
El niño que aparecía en aquella fotografía todavía no sabía que algún día acabaría en Los Santos.
No sabía que trabajaría como mecánico.
No sabía que dejaría atrás a su familia.
No sabía que terminaría intentando convertirse en médico.
Pero quizá, en el fondo, aquel niño ya sabía algo.
Sabía que quería utilizar su fuerza para algo más que pelear.
Rubén volvió a guardar la fotografía.
Cogió la mochila.
Y salió de casa.
El camino hacia SAES
Durante el trayecto intentó no pensar demasiado.
Miraba las calles de Los Santos a través de la ventana.
La ciudad comenzaba a despertar.
Coches circulando.
Personas dirigiéndose a sus trabajos.
Luces encendiéndose en los edificios.
Una ciudad completamente normal.
Pero para Rubén no era una mañana cualquiera.
Era el comienzo de una nueva etapa.
Pensó en todas las personas que habían quedado atrás.
En su padre.
En Luca.
En Marco Bellini.
En aquel pequeño gimnasio de Nápoles.
En las peleas.
En las noches en las que había vuelto a casa con las manos vendadas.
Y recordó aquella frase que había pronunciado años atrás:
«He pasado toda mi vida aprendiendo a hacer daño. Ahora quiero aprender a salvar.»
Por primera vez sentía que realmente estaba siguiendo esas palabras.
La llegada
Cuando faltaba poco para la hora indicada, Rubén llegó a las oficinas.
Aparcó.
Apagó el motor.
Y permaneció unos segundos dentro del vehículo.
Miró su mochila.
Después miró las instalaciones.
Respiró profundamente.
Ya no había nada más que preparar.
Había superado la primera fase.
Había conseguido estar entre los seleccionados después de que más de cien personas intentaran conseguir aquella misma oportunidad.
Ahora dependía de él.
Abrió la puerta del coche.
Y salió.
Mientras caminaba hacia las oficinas sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía.
Orgullo.
No por haber ganado una pelea.
No por haber derrotado a alguien.
No por el apellido Moretti.
Sino por haber llegado hasta allí por sus propios medios.
El comienzo
Dentro de unas horas comenzará su instrucción.
Allí descubrirá realmente hasta dónde llega su preparación.
Habrá pruebas físicas.
Habrá formación.
Habrá situaciones en las que tendrá que demostrar que sabe trabajar bajo presión.
Tendrá que aprender.
Escuchar.
Obedecer.
Trabajar en equipo.
Y demostrar que tiene las cualidades necesarias para formar parte de un equipo médico.
Rubén sabe que superar la primera fase no significa que ya tenga el puesto.
Al contrario.
Ahora empieza la verdadera prueba.
Puede fallar.
Puede quedarse fuera.
Puede descubrir que todavía no está preparado.
Pero hay algo que no piensa hacer.
Rendirse.
Porque si algo aprendió durante los años de entrenamiento en Nápoles es que una pelea no termina cuando recibes el primer golpe.
Termina cuando decides que ya no puedes continuar.
Y Rubén Moretti todavía tiene mucho que luchar.
Siete horas.
Solo quedan siete horas para descubrir si el hombre que llegó a Los Santos intentando escapar de su pasado puede finalmente convertirse en el hombre que siempre quiso ser.
La mochila está preparada.
La ropa para las pruebas está lista.
La primera fase está superada.
Más de cien personas han quedado atrás.
Ahora solo queda una cosa.
Entrar por esas puertas.
Y demostrar que Rubén Moretti está preparado para comenzar su camino como médico de SAES.
Rubén Moretti — Entre la sangre y la vida
Rubén Moretti nació en Nápoles, Italia, en el seno de una familia cuyo apellido era conocido en determinados círculos, aunque no precisamente por buenos motivos.
Los Moretti llevaban generaciones moviéndose cerca de los límites de la legalidad. No eran una de las familias más poderosas de la ciudad, pero tenían contactos suficientes para moverse entre apuestas, cobros, negocios clandestinos y, especialmente, peleas ilegales de MMA.
Su padre, Enzo Moretti, estaba profundamente involucrado en aquel mundo. Organizaba combates clandestinos en gimnasios, almacenes y sótanos donde circulaban grandes cantidades de dinero.
Para Rubén, aquello no era simplemente el trabajo de su padre.
Era el mundo en el que había nacido.
Desde muy pequeño aprendió que en su familia había cosas de las que no se hablaba.
En la mesa nunca se preguntaba de dónde venía determinado dinero. Nunca se preguntaba quién era aquel hombre que esperaba a su padre en un coche. Y, sobre todo, nunca se hablaba de lo que ocurría después de una pelea.
Pero había una parte de aquel mundo que siempre llamó especialmente la atención de Rubén.
Las personas que llegaban después.
Los sanitarios.
Cuando era niño, Rubén vio en numerosas ocasiones cómo una pelea terminaba con alguien herido y cómo, minutos después, aparecían personas preparadas para atender al lesionado.
Mientras su padre y los demás hablaban del dinero perdido, de las apuestas o del resultado del combate, Rubén se quedaba mirando a quienes atendían al herido.
Le llamaba la atención la tranquilidad con la que trabajaban.
Mientras todos los demás estaban nerviosos, ellos mantenían la cabeza fría.
No preguntaban quién era la persona.
No preguntaban de dónde venía.
No les importaba si había sido el ganador o el perdedor.
Simplemente intentaban ayudar.
Aquello se quedó grabado en su memoria.
Dos caminos
A los ocho años, su padre comenzó a llevarlo al gimnasio.
Rubén empezó a entrenar MMA.
Aprendió a correr, saltar a la cuerda, mantener la guardia, caer correctamente y controlar la respiración.
Con el tiempo descubrió que tenía talento.
Era resistente, disciplinado y tenía una capacidad poco habitual para soportar el dolor.
Su padre estaba orgulloso.
Pensaba que Rubén acabaría siguiendo sus pasos.
Pero su madre, Elena Moretti, veía algo diferente en él.
Siempre insistió en que estudiara.
Rubén nunca fue el mejor estudiante de su clase, pero sí era una persona curiosa. Sentía especial interés por la anatomía, el funcionamiento del cuerpo humano y las situaciones de emergencia.
Durante su adolescencia empezó a recibir formación básica relacionada con primeros auxilios y asistencia a personas heridas.
Al principio eran conocimientos que utilizaba dentro del gimnasio.
Una torcedura.
Un corte.
Una nariz rota.
Una conmoción.
Nada demasiado complicado.
Pero cada vez que alguno de sus compañeros sufría una lesión, Rubén era de los primeros en acercarse para ayudar.
Su experiencia en el MMA también le enseñó algo importante:
conocer el cuerpo humano puede marcar la diferencia entre ayudar y empeorar una situación.
Poco a poco empezó a interesarse más por la medicina y por las emergencias sanitarias.
Sin embargo, en su casa aquel interés nunca fue tomado demasiado en serio.
Su padre quería que aprendiera a pelear.
Rubén quería aprender a salvar.
El gimnasio
A los quince años ya entrenaba junto a adultos.
Por las noches comenzaron a celebrarse combates clandestinos.
Rubén empezó ayudando con tareas sencillas: preparar el gimnasio, limpiar después de las peleas, colocar material y ayudar a los luchadores cuando terminaban heridos.
Aquello hizo que sus dos mundos comenzaran a mezclarse.
Durante el día estudiaba.
Entrenaba.
Y aprendía sobre el cuerpo humano.
Por la noche veía exactamente lo contrario.
Personas utilizando sus cuerpos para hacerse daño por dinero.
Con dieciocho años disputó su primera pelea clandestina.
Ganó.
Pero su rival terminó gravemente herido.
Mientras los demás hablaban de las apuestas, Rubén se quedó junto al hombre esperando la asistencia médica.
Aquella noche comprendió algo que nunca olvidaría.
Una pelea podía terminar en segundos, pero las consecuencias podían durar toda una vida.
A pesar de ello, continuó participando en combates.
No porque disfrutara haciendo daño.
Lo hacía porque aquel era el mundo en el que había crecido y porque el dinero ayudaba a mantener a su familia.
El camino de la medicina
Con 22 años, Rubén comenzó a trabajar oficialmente como mecánico en un taller.
La mecánica se convirtió en otra de sus grandes habilidades.
Le gustaba entender cómo funcionaban las cosas, encontrar problemas y buscar soluciones.
Pero nunca abandonó su interés por la medicina.
Continuó formándose por su cuenta y realizando cursos relacionados con primeros auxilios, atención inicial y actuación ante lesiones.
Su experiencia con el MMA también le proporcionaba conocimientos prácticos.
Sabía reconocer ciertos tipos de lesiones.
Sabía cómo reaccionaba una persona después de recibir un golpe.
Sabía que una persona aparentemente consciente podía encontrarse en una situación grave.
Y, sobre todo, había aprendido a mantener la calma cuando tenía sangre delante.
Durante aquella época conoció a Luca, uno de sus mejores amigos.
Luca era también luchador y había crecido prácticamente en el mismo ambiente.
Ambos soñaban con abandonar aquella vida algún día.
Pero abandonar a los Moretti no era sencillo.
Marco Bellini
Cuando Rubén tenía 27 años ocurrió el momento que terminó de cambiar su vida.
Durante uno de los combates, un joven luchador llamado Marco Bellini recibió un golpe y quedó inconsciente.
Los organizadores querían continuar.
Había demasiado dinero en juego.
Pero Rubén se negó.
No le importaron las apuestas.
No le importó quién estaba presente.
Se arrodilló junto a Marco y comenzó a comprobar su estado mientras pedía asistencia.
En aquellos minutos recordó todo lo que había aprendido durante años.
El entrenamiento.
Los primeros auxilios.
La anatomía.
Las lesiones que había visto.
Y, sobre todo, la importancia de mantener la calma.
Marco sobrevivió.
Pero aquella noche cambió algo dentro de Rubén.
Mientras esperaba la asistencia, comprendió que aquello era lo que realmente quería hacer.
No quería ser el hombre que provocaba las heridas.
Quería ser el hombre que llegaba después para intentar salvar a quien las había sufrido.
Por primera vez comprendió que aquel interés que había tenido desde niño no era una simple curiosidad.
Era una vocación.
Su padre no estuvo de acuerdo.
Para Enzo, Rubén estaba desperdiciando sus capacidades.
Para Rubén, por primera vez, estaba encontrando un propósito.
La discusión entre ambos terminó siendo uno de los mayores enfrentamientos que habían tenido.
Rubén le dijo:
—He pasado toda mi vida aprendiendo a hacer daño. Ahora quiero aprender a salvar.
A partir de aquel momento la relación con su padre prácticamente terminó.
La última pelea
A los 29 años, Rubén recibió una última propuesta para participar en una pelea importante.
Había mucho dinero en juego.
Su padre esperaba que aquel combate hiciera que su hijo regresara definitivamente al negocio familiar.
Rubén aceptó.
Pero no porque quisiera continuar.
Quería despedirse.
La pelea fue una de las más duras de su vida.
Terminó con varias heridas, pero consiguió ganar.
Cuando salió del recinto dejó sus guantes sobre una mesa.
No volvió a recogerlos.
Poco después vendió su coche, reunió sus ahorros y decidió marcharse de Italia.
Antes de hacerlo se despidió de su madre.
Ella le entregó una fotografía de cuando era niño, entrenando en aquel mismo gimnasio.
—No permitas que tu pasado decida quién vas a ser.
Rubén guardó la fotografía.
Y abandonó Italia.
Los Santos
A los 30 años, Rubén Moretti llegó a Los Santos.
Llevaba poco dinero, una caja de herramientas, sus pertenencias y sus conocimientos.
Por primera vez nadie conocía a su familia.
Nadie sabía quién era su padre.
Nadie conocía las peleas.
Nadie sabía de dónde venía.
Y eso le permitió empezar de cero.
Los primeros meses fueron difíciles.
Comenzó a buscar trabajo como mecánico y aceptó cualquier oportunidad que le permitiera mantenerse de manera legal.
Continuó entrenando MMA.
Pero también retomó seriamente su formación sanitaria.
Rubén sabía que si quería dedicarse a la medicina de emergencias necesitaba algo más que buenas intenciones.
Comenzó a prepararse físicamente.
Repasó sus conocimientos de primeros auxilios.
Estudió procedimientos de atención inicial.
Mejoró sus conocimientos sobre anatomía y lesiones.
Y comenzó a buscar una oportunidad para poder incorporarse profesionalmente a un servicio de emergencias.
Su objetivo: SAES
Con el tiempo descubrió la posibilidad de formar parte de San Andreas Emergency Services.
Para Rubén aquello significaba mucho más que conseguir un trabajo.
Era la oportunidad de cerrar el círculo de su vida.
Cuando era niño veía a los sanitarios entrar en situaciones de las que todos los demás querían escapar.
Durante su adolescencia aprendió a luchar.
Durante su juventud aprendió a sobrevivir.
Después aprendió a reparar.
Y ahora quería aprender a salvar vidas.
Rubén sabe que su pasado puede ser un problema.
No pretende ocultarlo.
Si alguna vez tiene que explicar quién es, contará la verdad.
Su familia estaba involucrada en actividades ilegales.
Participó en peleas clandestinas.
Vivió rodeado de delincuencia.
Pero también abandonó voluntariamente aquella vida.
Se marchó de Italia.
Empezó desde cero.
Y ha dedicado los últimos años a construir una vida completamente diferente.
Las cualidades de Rubén
Rubén sabe que ser médico de emergencias no consiste simplemente en conocer primeros auxilios.
Por eso considera que sus experiencias anteriores pueden convertirse en cualidades útiles.
El MMA le enseñó disciplina, resistencia y control emocional.
Las peleas le enseñaron a mantener la cabeza fría bajo presión.
La mecánica le enseñó a analizar problemas y encontrar soluciones.
Su formación sanitaria le proporcionó conocimientos sobre anatomía, lesiones y primeros auxilios.
Y su pasado le enseñó algo que ningún libro podía enseñarle:
el valor de una vida humana.
Rubén sabe lo que ocurre cuando una persona herida es tratada como una simple cifra dentro de una apuesta.
Por eso, si consigue entrar en SAES, quiere tratar a cada paciente como lo que realmente es:
una persona.
El presente
Actualmente Rubén está centrado en conseguir entrar en SAES como personal médico.
Continúa trabajando y formándose mientras espera su oportunidad.
Entrena prácticamente todos los días.
Mantiene una buena condición física gracias al MMA.
Repasa sus conocimientos sanitarios.
Y procura aprender de cada situación que encuentra en Los Santos.
Está nervioso por las pruebas.
No porque dude de su capacidad física.
Está acostumbrado al esfuerzo.
Lo que realmente quiere demostrar es que merece una oportunidad.
Porque sabe que no puede cambiar su pasado.
Pero sí puede decidir qué hacer con él.
Rubén Moretti pasó su infancia rodeado de sangre.
Durante años pensó que aquello era simplemente parte de su vida.
Hasta que descubrió que podía elegir otro camino.
Ahora quiere estar al otro lado.
No quiere ser quien provoca la herida.
No quiere ser quien observa.
Quiere ser quien se arrodilla junto al herido, mantiene la calma y hace todo lo posible por mantenerlo con vida hasta que llegue la ayuda.
Quizá algún día consiga abrir su propio taller.
Quizá continúe entrenando MMA.
Quizá pueda construir una vida tranquila en Los Santos.
Pero su objetivo más importante está claro.
Convertirse en médico de SAES.
Porque desde aquel niño que observaba a los sanitarios en las calles de Nápoles hasta el hombre que hoy se prepara para entrar en San Andreas Emergency Services, Rubén siempre ha estado buscando lo mismo:
una forma de utilizar todo lo que aprendió para salvar, en lugar de destruir.
Y ahora, por primera vez, tiene la oportunidad de hacerlo.
Su apellido sigue siendo Moretti.
Su pasado sigue siendo parte de él.
Pero su futuro lo decide él.
Nadie sabe con certeza cuál es el verdadero nombre de S. Mono. Ni siquiera él parece tenerlo demasiado claro. Algunos dicen que lo olvidó hace años, otros que simplemente nunca le importó. Lo único que repite cuando alguien le pregunta por su pasado es: «Los monos no preguntan de dónde vienes, solo saben dónde está el plátano».
Nació en Los Santos, en un barrio donde las cosas nunca fueron demasiado fáciles. Su infancia fue bastante normal dentro de lo que cabe, aunque desde pequeño tuvo una relación complicada con su familia. Su padre desaparecía durante semanas y su madre trabajaba prácticamente todo el día. Aun así, hubo un momento que recuerda con especial cariño.
Tenía unos ocho años cuando sus padres lo llevaron al zoológico de Los Santos. Recuerda perfectamente estar delante de la zona de los monos, comiendo un helado mientras observaba como uno de ellos golpeaba el cristal y le robaba el gorro a otro. Fue uno de los pocos días en los que recuerda a su familia junta.
Poco después, todo cambió.
Una tarde volvió del colegio y encontró la casa vacía. Su madre se había marchado y su padre tampoco estaba. No dejaron ninguna explicación. Solo una bolsa con algo de ropa y unas pocas monedas.
Durante años pasó de una familia de acogida a otra. Nunca terminaba de encajar. Era un chico desconfiado, bastante bromista y con una facilidad increíble para meterse en problemas. Con el tiempo aprendió algo importante: si quería algo, tendría que conseguirlo él mismo.
En la adolescencia empezó a trabajar haciendo pequeños recados. Primero fueron cosas completamente legales: llevar paquetes, repartir comida, ayudar en talleres... hasta que alguien le ofreció dinero por transportar un paquete sin hacer preguntas.
Aceptó.
El dinero era mucho mejor.
Aquello terminó convirtiéndose en su forma de vida. Nunca fue el típico criminal que quería mandar sobre todo el mundo. Prefería trabajar solo, moverse rápido y no llamar demasiado la atención. Descubrió además que tenía cierta habilidad para conducir motos y moverse por la ciudad sin que nadie supiera realmente quién era.
Un día, después de tener un problema con uno de los grupos para los que trabajaba, decidió desaparecer durante un tiempo.
Fue entonces cuando encontró aquella vieja máscara de mono.
La compró en una tienda de disfraces por cuatro duros, más por la gracia que por otra cosa. Cuando se la puso delante de un espejo tuvo una sensación extraña. Se acordó inmediatamente de aquel día en el zoológico, de sus padres y de la única época en la que sintió que pertenecía a algún sitio.
Desde entonces dejó de presentarse con su nombre.
Para todos pasó a ser simplemente S. Mono.
Ahora se mueve por Los Santos en su moto, casi siempre con la máscara puesta. Hace repartos, consigue mercancía y trabaja para quien pague bien. Algunos lo conocen como un simple repartidor, otros como un tipo completamente loco que aparece de la nada y desaparece igual de rápido.
Pero detrás de la máscara sigue existiendo aquel niño que nunca entendió por qué su familia lo abandonó.
Y aunque jamás lo admitiría, una pequeña parte de él sigue buscando respuestas.
Quizás algún día vuelva al zoológico.
Quizás incluso vuelva a mirar a los monos detrás del cristal.
Solo que esta vez, S. Mono estará al otro lado de la jaula.
Jennifer Falcone nació en Los Santos, en el seno de una familia con bastante dinero y, aunque desde fuera parecia que lo tenia todo, su infancia fue bastante distinta a lo que la gente podia imaginar.
Desde pequeña fue una niña tranquila, curiosa y muy aplicada. Mientras otras niñas soñaban con ser famosas o tener una vida llena de lujos, Jennifer siempre tuvo claro que queria dedicarse a algo que sirviera para ayudar a los demas. Su madre fue una persona muy importante para ella, ya que siempre le enseñó a tratar a todo el mundo con respeto y a no creerse superior por tener dinero.
Su padre, en cambio, era un hombre mucho mas serio y estricto. La familia Falcone llevaba muchos años relacionada con negocios poco legales, algo que Jennifer no comprendia del todo cuando era pequeña. Para ella simplemente eran reuniones, llamadas y personas que entraban y salian de casa a cualquier hora.
Cuando llegó a la adolescencia empezó a descubrir poco a poco la verdadera cara de su familia. Aun asi, Jennifer decidió centrarse en sus estudios y consiguió entrar en la universidad para estudiar Medicina.
Fueron años duros. Estudiaba durante el dia y muchas noches se quedaba hasta tarde preparando examenes. Pero finalmente consiguió terminar la carrera y se convirtió en doctora. Para ella aquello era uno de los mayores logros de su vida.
Jennifer queria alejarse de los negocios de su familia y empezar una vida por su cuenta. Su idea era opositar y conseguir un puesto legal donde pudiera ejercer su profesión y ayudar a las personas de una manera honrada.
Pero su padre no estaba dispuesto a permitirlo.
En vez de dejarla marchar, comenzó a obligarla a utilizar sus conocimientos medicos para atender a personas relacionadas con la mafia. Heridos de peleas, disparos, accidentes... Jennifer tenia que curarlos sin hacer preguntas y guardar silencio sobre lo que veia.
Al principio lo hizo por miedo y por su familia, pensando que algun dia conseguiria salir de aquella situación. Pero con el paso del tiempo empezó a sentirse atrapada. Cada vez odiaba mas tener que curar a personas que probablemente volverian a hacer daño a otros.
La situación llegó a un punto en el que Jennifer se cansó. Una noche decidió que no queria seguir viviendo bajo las ordenes de su padre ni permitir que su carrera terminara convertida en una herramienta para la mafia.
Cogió algo de dinero, sus documentos y unas pocas pertenencias. No se despidió practicamente de nadie y se marchó.
Ahora Jennifer intenta empezar de cero. Ha llegado a Los Santos con una mezcla de miedo e ilusión, sabiendo que su pasado tarde o temprano podria alcanzarla.
Su principal objetivo es opositar y conseguir un puesto legal, volver a ejercer la medicina de la forma en la que siempre habia querido y demostrar que no tiene porque repetir los errores de su familia.
Jennifer no quiere ser una Falcone conocida por el dinero o por la mafia. Quiere que algun dia la conozcan simplemente como Jennifer, la doctora que consiguió construir su propia vida.
Ondongo Uganda nació en un pequeño pueblo de Uganda, donde desde niño ya destacaba por dos cosas: su enorme corazón... y porque nunca entendía muy bien las cosas a la primera.
Con mucho esfuerzo consiguió estudiar medicina en la Universidad Nacional de Kampala. No era el médico más brillante, pero tenía una habilidad especial para salvar vidas... o al menos intentarlo con muchas ganas. En su pueblo era conocido por frases como: "Si no muere hoy, mañana seguro que ya está mejor."
El problema llegó cuando varias mafias locales descubrieron que Ondongo era demasiado buena persona. Empezaron a obligarle a curar a sus hombres después de cada tiroteo. Si se negaba, lo amenazaban. Si aceptaba, seguían volviendo con más heridos.
Durante años vivió atendiendo criminales prácticamente gratis mientras ellos se hacían ricos.
Un día, cansado de aquella vida, metió cuatro camisetas, una foto de su familia y un bote de crema para las picaduras de mosquito en una mochila. Cogió el primer avión que pudo permitirse y acabó aterrizando en Los Santos, donde esperaba empezar de cero junto a sus hermanos de sangre, todos con el apellido Uganda.
Hoy sigue diciendo que quiere ayudar a la gente... aunque todavía mezcla algunas palabras, se pierde por la ciudad y de vez en cuando recomienda beber agua con azúcar para curar cualquier cosa.
Pero una cosa tiene clara:
"Ondongo no querer problemas... pero si familia Uganda llamar, Ondongo venir."