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En el norte las cosas no son fáciles para los chicos del motel, haciendo todo lo necesario para sobrevivir a como de lugar. Desde hace tiempo en el norte comida escasea, y la gente del pueblo se tiene que rebuscar para conseguir aunque sea un poco de carne y no irse a dormir con la barriga vacía. Por lo mismo, en el día de hoy a los chicos les tocó salir de caza, pero no una caza normal, una caza por el pueblo.
Los chicos se dieron cuenta que por la zona de las casas abandonadas cerca del motel habitaban muchos roedores, ratas, mofetas, y hasta zarigüeyas; por lo mismo, Jack convocó a los chicos que estaban por la vuelta para ver si conseguían algo de comida.
No tardaron mucho en aparecer las primeras presas, un nido de ratas dentro de una cocina a la cual Jack pateó, y salieron unas cuantas desparramadas, por lo cual los chicos aprovecharon para coger las que podían. Una de ellas quedó arrinconada en una esquina, y no resistió ante la fina puntería de Jack con el cuchillo. Pero el resto no se quedaba atrás, Ryan no encontró ratas, si no algo mejor, mucho mejor, una mofeta.
Pero lo mejor fue lo último, una zarigûeya saliendo de entre los arbustos. Jack avisó de la misma al grupo, y, sin dudarlo, cuando la misma se hizo la muerta (como de costumbre), jaló el gatillo de su pistola y ahora si que había comida.
Harry se acerco al cadaver del animal, y mientras los chicos juntaban lo conseguido en su "caza" el decidió despellejar a este mismo y llevarse su piel. ¿Pero a todas estas, la carne no se come si no se cocina, no?
Claramente, por lo mismo, los chicos no dudaron en despellejar a los animales, destriparlos y aprovechar con sus vísceras y sangre para hacer una morcilla improvisada en la vieja licorería del pueblo.
Al llegar, el primer problema esperaba a los chicos en la puerta de la licorería, esta estaba cerrada con llave. Jack sugirió usar una ganzúa para abrir la puerta, pero Ryan pensó otra cosa, darle de martillazos a la cerradura. Finalmente lo logro, a veces la fuerza bruta si es la solución.
Se pusieron todos manos a la obra, arriba en la licoreria los chicos comenzaron a preparar su banquete, mientras unos despellejaban otros degollaban a los animales, recolectan su preciada sangre para una "morcilla".
Jack emprendió esta aventura culinaria y se quedo en la licorería preparando las morcillas, mientras Harry se llevo los animales despellejados para cocinarlos en una brasa que había preparado en un barril.
C r a c k H e a d s
Harry caminaba por el pueblo con unas herramientas en las manos, rumbo al rancho O'Neil para reparar unas tejas que se habían soltado durante una tormenta. Mientras avanzaba por el camino polvoriento, se cruzó con un viejo conocido que descansaba junto al 24/7. Sin dudar, Harry le pidió ayuda, sabiendo que, en el pueblo, nadie dudaba en echar una mano cuando se necesitaba. El chico, aceptó sin reservas. En ese lugar, la ayuda mutua no era una excepción, sino una regla no escrita que mantenía a la comunidad unida, pase lo que pase.
Minutos después llegaron al rancho. Bajaron al sótano, un espacio oscuro y polvoriento, donde guardaban el material de repuesto. Allí, tomaron una caja con tejas y algunas herramientas extra que necesitarían para la reparación.
Luego, se dirigieron hacia el tejado. Harry subió primero, ayudando a levantar las herramientas y la caja con las tejas. Una vez arriba, se aseguraron de que todo estuviera listo antes de comenzar con la reparación, trabajando de manera rápida y eficiente bajo la luna.
Llegaron al lugar donde estaba el hueco de las tejas. Ambos se acercaron y, sin perder tiempo, comenzaron a sacar las herramientas. Se pusieron a trabajar, cada uno en su tarea, reparando el daño ya habían hecho esto muchas veces.
Comenzaron a sacar las tejas con el martillo, golpeando con cuidado para no romperlas. A medida que las extraían, iban cayendo al suelo, una tras otra, haciendo un suave ruido al impactar contra la tierra.
Tras varios minutos, comenzaron a colocar las nuevas tejas, esta vez con la ayuda de una pistola de clavos. Cada una encajaba en su lugar, asegurada rápidamente por el sonido seco de los clavos al perforar la madera. El trabajo seguía su curso, con la precisión que solo la práctica podía brindar.
Finalmente, bajaron del tejado y se dirigieron al coche de Harry. Tras terminar el trabajo, guardaron las herramientas en el maletero, satisfechos con lo que habían logrado. El trabajo bien hecho les dejó una sensación de tranquilidad antes de marcharse.
Las drogas no aparecen de la nada. Mientras algunos las importan desde el exterior, otros prefieren hacer su propio producto, nacionalmente. Y Harry, durante sus años en prisión, había aprendido mucho más que solo a sobrevivir. Había aprendido cómo manejar lo que el sistema no veía, cómo producir desde las entrañas del país lo que otros preferían traer desde más allá de las fronteras.
La cárcel no solo era un lugar de castigo, sino también un espacio donde las reglas del exterior quedaban atrás. En su tiempo allí, muchos de los presos habían aprendido a producir lo que el sistema no podía controlar: el "mercado local".
Harry rebuscó entre los arbustos dentro de la prisión, buscando las raíces y hongos que había aprendido a identificar con el tiempo. Esos productos, simples pero poderosos, los utilizaba para preparar su "mercancía nacional".
Después, Harry tuvo que infiltrarse en la enfermería de la prisión. Sabía que allí encontraría lo que necesitaba: calmantes caducados, esos que la mayoría de los presos usaban para adormecer su dolor, pero que él aprovechaba para completar su mezcla. Nadie prestaba atención a los medicamentos vencidos...
Se dirigió a la sala de artes. Nadie sospechaba que un hombre que estuviera interesado en pintar o trabajar con madera. Con esa excusa, disimuladamente tomó unas latas de barniz, como si fuera a usarlas para la madera. Nadie se fijó en él. En ese lugar, siempre había algo que podía "tomar prestado".
Con los ingredientes en su mono, Harry se dirigió a una sala abandonada en el ala más separada de la prisión. Nadie preguntaba qué sucedía allí. Los federales ni siquiera se daban cuenta de que ese espacio se había convertido en un taller improvisado para muchos reclusos que, como él, habían aprendido a producir en silencio.
Con los materiales rudimentarios que había conseguido en la prisión, Harry terminó su preparación. Usando lo que había robado, logró crear el producto que tantos buscaban. Lo colocó cuidadosamente en jeringuillas contrabandeadas, que pasaban de mano en mano entre los reclusos. El producto final: jeringas llenas de fentanilo, listas para la venta en el mercado negro de la prisión.
En el vasto y árido Desierto de Grand Señora, CrackHeads recrea la antigua cultura sureña estadounidense, adaptando esa estética al entorno desolado donde viven. Su estilo de vida se define por la crudeza y la falta de escrúpulos, viviendo al margen de la sociedad de Los Santos.
Durante sus tiempos libres, los CrackHeads se dedican a robar para conseguir dinero que les permita satisfacer sus adicciones. El consumo de drogas como heroína, metanfetamina y cocaína es común entre ellos, pero cuando estas sustancias escasean, no dudan en recurrir a alternativas como la inhalación de gasolina, pegamento e incluso pintura, en un intento desesperado por escapar de su realidad.
El Desierto de Grand Señora, su hogar, se convierte en el escenario perfecto para una cultura que parece no querer ser parte del mundo moderno. Entre la tierra polvorienta y los vehículos off-road, los CrackHeads se sienten dueños de su territorio, alejados de la civilización y atrapados en un ciclo de consumo y supervivencia.
¿A QUE SE DEDICAN?
CrackHeads se dedica a dos aspectos, LEGAL e ILEGAL. Por la parte legal, lo más corriente es dedicarse a la caza, pesca, ganadería... se aprovecharan todos los campos y lugares del norte del servidor, cada uno tiene sus pros y contras pero suelen ser similares. También, se encuentra el aspecto de ilegal, puede ser la venta de drogas o la fabricación para traspasarla a los Drug Dealers que pertenezcan a la organización. También se encuentra el aspecto de armas, fabricación de ellas y su uso propio.
COMPRENSION DEL TRANSFONDO CULTURAL
Influencias de la cultura sureña estadounidense: Los CrackHeads se inspiran en los estereotipos de los "paletos" y "basuras blancas" de la cultura sureña. Esto implica una vida alejada de las normas sociales, a menudo en el abandono, donde la crudeza y la falta de oportunidades son comunes. Estos personajes reflejan una subcultura aislada de las grandes ciudades, con una conexión escasa a la sociedad urbana de Los Santos.
Estética ruda y marginal: La apariencia de estos personajes es generalmente sucia, desgastada, con ropa rota o envejecida, lo que refuerza la idea de un grupo en constante lucha por sobrevivir. Su aspecto refleja su vida en el desierto, su relación con la naturaleza agreste y su indiferencia por las normas sociales. Características psicológicas y emocionales
Desesperación y necesidad constante: Al no tener acceso constante a drogas, la desesperación es palpable. Inhalar gasolina, pegamento o pintura se convierte en un acto desesperado para escapar de la cruda realidad. Esta necesidad de sustancias debe reflejarse en la interpretación, mostrando cómo esta dependencia afecta sus interacciones y decisiones.
¿COMO FORMAR PARTE DE LA FACCION?
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¿Qué NO aceptaremos dentro de la organización?
Gente con excesiva cantidad de sanciones administrativas.
Gente procedente de organizaciones con extrema fama por realizar troll.
Gente relacionada con cualquier tipo de usuario extremadamente conflictivo en la comunidad.
¿Pruebas a realizar para ingresar en la organización?
Robo de vehículo o propiedad.
Rol de agricultura, ganadería, caza o pesca.
Pelea con miembro de facción para poner a prueba o pelea con una persona cualquiera.
Preparación de dosis de cualquier droga en bolsa para posterior venta.
Venta de 8-10 ziplocks de droga alrededor de todos Los Santos.
Fabricación de cualquier tipo de droga supervisada por un miembro de la cúpula.
Aunque todas las pruebas sean aprobadas por la cúpula, no significa que ingreses a la organización, quizá por motivos externos que se brindaran, actitudes, recomendaciones de terceros...
Si estas interesado en formar parte del proyecto deberás contactar con @truni0 via discord para que se comente con el usuario como realizar la creación del personaje y que el comente las maneras de poder contactar IC con la organización.
El Rancho O’Neil siempre había sido un lugar de paso. Aunque no estaba abandonado, el descuido era evidente en sus establos sucios y estructuras gastadas por el tiempo. De vez en cuando, personas y trabajadores temporales se quedaban allí. Bajo la luz de la luna, el rancho parecía suspendido entre el pasado y el presente, esperando a alguien que le devolviera un poco de vida.
Era una noche tranquila en el norte. Harry, algo cansado por el largo viaje, llegó al Rancho O'Neil con su Yosemite Rancher. Estacionó cerca de los establos, dejando el motor apagado y la luz del faro iluminando el terreno polvoriento. Abrió el maletero y sacó un rastrillo y unas bolsas plásticas, herramientas que sabía que necesitaría. Estaba decidido a revisar los establos, especialmente el de la vieja yegua que no había estado en las mejores condiciones últimamente.
Al llegar al establo, Harry se acercó a la yegua. Era una vieja bestia, con el pelaje opaco y sucio, las costillas marcadas bajo la piel tensa. La yegua estaba en malas condiciones, y sus ojos reflejaban el temor y el dolor acumulado durante tanto tiempo. Harry suspiró, sabiendo que no sería un trabajo fácil, pero también consciente de que si no hacía algo, la vida de ese animal sería aún peor.
Con mucha cautela, Harry intentó sacar a la yegua del establo. El animal, temeroso, se resistía, pero Harry, con paciencia, logró sujetarla. Era difícil, porque la yegua estaba asustada y reacia a moverse. Finalmente, la llevó fuera del corral y la amarro a una de las vigas del establo, asegurándola para poder trabajar con ella sin riesgo de que huyera o se descontrolara.
Harry entró nuevamente al establo, armándose de paciencia. Sacó el rastrillo y comenzó a limpiar los deshechos de la yegua. El olor nauseabundo llenaba el aire, pero Harry no se inmutó. Rastrilló cuidadosamente el estiércol amontonándolo en una esquina del establo. No era un trabajo agradable, pero sabía que era necesario para la salud de la yegua y para mejorar las condiciones de su entorno.
Una vez que tuvo suficiente amontonado, Harry comenzó a recoger los deshechos con cuidado y los puso dentro de una de las bolsas plásticas. El olor era abrumador, pero Harry se mantenía firme. Metió los desechos dentro de la bolsa sin prisa, asegurándose de no dejar nada atrás. Cada movimiento era preciso, como un trabajo que debía hacerse bien, no solo por el bienestar del animal, sino también por la integridad del rancho.
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Con la bolsa llena, Harry la sacó del establo y la dejó cerca de una de las vigas, en un rincón apartado. Luego, regresó al lado de la yegua. Desató el lazo que la mantenía sujeta y la condujo nuevamente hacia su corral. La yegua parecía más tranquila, al menos por el momento, y Harry la metió dentro de su establo, cerrando la puerta tras ella, asegurándose de que estuviera bien atada adentro.
Con la yegua ya dentro de su establo, Harry se encargó de atarla nuevamente, esta vez dentro de un espacio más seguro. Cerró la puerta con firmeza y se aseguró de que todo estuviera en orden. Observó a la yegua por un momento, notando que, aunque su condición no era excelente, al menos estaba en un ambiente más limpio y ordenado que antes...
Harry, exhausto por el trabajo y la suciedad del proceso, caminó de regreso a su coche. Abrió el maletero de su Yosemite Rancher y dejó el rastrillo y las bolsas plásticas dentro. Cerró el maletero con un suspiro, sintiendo el cansancio en sus huesos. Miró hacia el rancho una última vez antes de subirse al coche. Había hecho lo que pudo esa noche, pero sabía que había más trabajo por hacer. Por ahora, podía irse tranquilo sabiendo que la vieja yegua tendría un descanso más merecido.
En un rincón olvidado de Sandy Shores, un viejo laboratorio clandestino de la licoreria espera ser usado una vez más. Harry, Alexander, Randall y Ryan, se reúnen para llevar a cabo una preparación del oro azul del pueblo.
Una tarde cálida, Harry, Alexander, Randall y Ryan llegaron a la vieja licorería de Sandy Shores. El lugar, aunque abandonado, seguía siendo el sitio perfecto para sus "experimentos". La entrada estaba bloqueada por una piedra que servía de cerrojo, y con un fuerte empuje, Harry la apartó, dejando al descubierto el acceso. Los chicos entraron al laboratorio, listos para empezar su trabajo.
Al interior del lugar, el laboratorio estaba en pésimas condiciones. Los estantes estaban llenos de frascos rotos y herramientas oxidadas. El fuerte olor a productos químicos invadía el aire, mezclándose con el polvo y la mugre. Aunque el sitio estaba descuidado, era el espacio ideal para lo que tenían en mente. Con el ruido de sus botas resonando en el suelo, se prepararon para comenzar.
Randall y Alexander comenzaron a sacar los materiales que habían traído. De debajo de una mesa vieja, sacaron un bote de amoniaco y lo colocaron cuidadosamente sobre una bandeja de metal. Era una parte crucial del proceso, y ambos sabían que debían tener mucho cuidado con cada paso. El silencio del lugar solo era interrumpido por el sonido de las latas y frascos al ser movidos.
Con la bandeja lista, Randall y Alexander conectaron dos cables a la base de la bandeja. Luego, un tubo con gas butano fue conectado a otro extremo de la bandeja. Ryan, que observaba con atención, le dio a Alexander una señal para abrir el gas. Cuando lo hicieron, una pequeña chispa de reacción química ocurrió, causando que la mezcla se tornara de un color azul brillante.
Ryan, con una botella de metilamina en la mano, se acercó a los chicos y les pasó el frasco. "Esto es lo siguiente", les dijo mientras ambos chicos vertían la sustancia en un matraz. Luego, con cuidado, lo colocaron sobre la bandeja donde la mezcla comenzaba a burbujear ligeramente. El proceso estaba avanzando bien, aunque todos sabían que quedaba mucho por hacer.
Con la mezcla en marcha, Harry sacó dos botes de su mochila. Uno contenía polvo de cloruro de sodio y el otro, fenil. Los chicos lo miraron mientras les entregaba ambos botes. Randall y Alexander, comenzaron a mezclar ambos compuestos en un matraz. El polvo comenzó a disolverse y formó una mezcla espesa que se veía prometedora.
A continuación, Alexander y Randall, siguiendo las instrucciones de Harry, tomaron pequeños pedazos de papel de plata y los enrollaron en pequeñas bolitas. Las colocaron dentro de otro matraz, tras lo cual les echaron un poco de alcohol. La preparación estaba tomando forma, pero aún quedaba un paso importante.
Con mucho cuidado, los chicos vertieron la mezcla de fenil y cloruro de sodio junto con las bolitas de papel de plata y alcohol sobre la bandeja con la mezcla de amoniaco. La reacción fue rápida, generando una fuerte efervescencia y haciendo que las bolitas de papel de plata se desintegraran, liberando una sustancia clara que empezó a mezclarse con los otros ingredientes.
Después de unos minutos, la mezcla estaba lista. El producto final, una bandeja de metanfetamina, aunque no estaba completamente cristalizada, se había formado en la bandeja. Lo dejaron reposar en una estantería para que se secara y se cristalizara por completo. Una vez terminado, los chicos decidieron que era hora de marcharse. Cerraron la puerta con la piedra de cerrojo y se fueron del laboratorio.
Harry, Alexander y Ryan se lanzaron en una lancha rumbo a Cayo Perico, una isla selvática y olvidada cerca de Los Santos. Iban con una idea clara: preparar la mejor cocaína de todo Los Santos.
Ya se encontraban sobre la lancha, cortando las olas en dirección a Cayo Perico, esa isla tropical llena de selva y peligro, se veía al fondo. Los tres se miraban, el sol les pegaba en la cara, y sabían que se metían en algo grande. El viaje en barco no era largo, por cada segundo que pasaba sentías como el que el olor salado del mar se metía entre tus huesos.
Tras horas de navegación, la lancha atracó en un pequeño muelle oculto entre la vegetación de la isla, donde no había mucho más que unas casas rotas y un par de barcas viejas. No era un puerto oficial, solo unas tablas de madera apoyadas sobre piedras, lejos de miradas curiosas. Bajaron con cuidado, llevando solo lo necesario.
Caminando por un estrecho sendero selvático, los chicos llegaron al laboratorio. Un edificio de concreto roto, con más agujeros que paredes. "Este lugar se ve hecho una mierda", dijo Alexander mientras se metía entre las plantas. Era una estructura vieja, oculta entre la maleza, con techos de chapa oxidados y paredes de concreto agrietado. Aunque descuidado, seguía siendo funcional.
Al lado del laboratorio crecía un modesto cultivo de coca. Se repartieron navajas, machetes y cuchillos para comenzar a cortar las plantas. Un par de machetazos y ya tenían unas buenas plantas que llevarse al laboratorio. Las raíces se mantenían húmedas por la humedad del ambiente selvático.
Cada uno tomó un puñado de plantas y se las cargó al hombro. El regreso al laboratorio fue tranquilo, aunque el calor los obligó a hacer una pequeña pausa en el camino. No era la primera vez que pisaban esa isla pero sin embargo, no estaban acostumbrados a un calor tan húmedo.
Una vez de vuelta, dejaron las plantas sobre las mesas rotas que se encontraban en el laboratorio. Había polvo por todos lados, y el aire estaba lleno de un olor a humedad y a quimicos. Pero eso no les importaba. Se pusieron a trabajar rápido, sin perder el tiempo.
Con las manos comenzaron a separar las hojas de los tallos. Los tallos los tiraban al suelo, mientras que las hojas eran organizadas a un lado. Trabajaron con ritmo, cada uno enfocado en su parte del proceso.
Luego, cada uno tomó un bowl metálico grande y con cuchillos, machetes y navajas, comenzaron a cortar las hojas. Harry no era delicado con eso, pero tenía lo que necesitaba: manos fuertes y un buen olfato para el trabajo sucio. La idea era reducirlas para facilitar la mezcla posterior. Era un trabajo lento, pero había que hacerlo.
Se acercaron a las estanterías y tomaron bolsas etiquetadas con “cal agrícola” y “cemento”. Aunque no eran materiales comunes en un laboratorio tradicional, eran clave en la preparación de la cocaína. Todo se iba uniendo como un pastel raro.
De regreso en la mesa, vertieron cantidades irregulares cal sobre las hojas troceadas y luego añadieron agua con sal que habían almacenado en bidones bajo la mesa.
Caminaron hacia la zona trasera del laboratorio, donde había varios barriles metálicos llenos de gasolina. Con recipientes variados, llenaron varios botes que llevarían a la mezcla. Un poco de gasolina aquí, un poco allá. Todo tenía que ser parte del plan.
Añadieron la gasolina a la mezcla, la cual comenzó a generar burbujas y calor. Usando paletas de madera, removieron todo. Después de asegurarse de que la consistencia era adecuada, dejaron los bowls ya que debían fermentar durante la noche.
Ya entrada la tarde, se retiraron del laboratorio hacia una pequeña choza construida previamente. Era simple, hecha de madera y hojas de palma, pero suficiente para pasar la noche. Algunos dirían incluso mejor que el motel...
El sol ni había terminado de salir cuando Harry, Alexander y Ryan se desperezaron en la choza donde habían pasado la noche. Entre mosquitos, calor pegajoso y el crujir de la selva, no habían dormido muy bien, pero el trabajo los esperaba.
El camino al laboratorio era un sendero medio hecho, de esos donde las ramas te golpean la cara y cada paso suena a barro mojado. Cruzaron un tronco caído, esquivaron un par de charcos, y hasta vieron un mono que salió corriendo entre los matorrales. Ninguno hablaba mucho, pero sabían que en ese laboratorio les esperaba la mezcla que habían dejado fermentar anoche. Y con suerte, hoy verían si todo ese esfuerzo valía la pena…
Al llegar, el olor les golpeó de una. La mezcla estaba tal cual la habían dejado, pero ahora se notaba más espesa y blanca. Entre los tres empezaron a sacar las hojas del bowl, que ahora parecían haber soltado todo su jugo, dejando una pasta blanquecina bastante peculiar.
Con seguridad rebuscaron con la mirada, se acercaron a la estantería polvorienta y empezaron a sacar botes. Uno decía “sosa cáustica”, otro “ácido sulfúrico”, y otro más tenía una etiqueta borrosa pero olía a amoníaco. “Esto huele a que va a funcionar”, dijo Ryan, mientras dejaban los botes en la mesa como si fueran ingredientes para una receta de la abuela.
Empezaron a echar los químicos sobre la mezcla, uno a uno, sin ningún tipo de medida exacta. Primero la sosa, luego el ácido, y al final el amoníaco. La mezcla empezó a burbujear y soltar vapor. El agua se empezó a evaporar casi al instante, dejando una pasta aún más densa, todos retrocedieron por el calor que largaba la reacción.
Ya sin tanta agua, tomaron otro bowl y un trapo viejo que encontraron colgado de una silla rota. Pusieron el trapo sobre el bowl y empezaron a vaciar la mezcla encima, usando el trapo como si fuera un colador casero. Lo que pasaba al bowl era un líquido sucio, mientras que en el trapo quedaba una pasta blanca espesa que parecía tener algo de potencial.
Extendieron el trapo con la pasta sobre una bandeja de metal que sacaron de una de las estanterias del laboratorio. Con cuidado, estiraron todo para que la pasta quedara bien repartida. Después pusieron la bandeja sobre una estantería polvorienta, donde el sol que entraba por las grietas de las paredes le daría calor. “Que se seque sola… como el barro después de llover”, dijo Harry.
Sabiendo que ya no podían hacer más por el momento, salieron del laboratorio. Buscaron unas cortinas viejas de lona, medio rotas pero útiles, y las colgaron en la entrada para tapar todo desde fuera. Así nadie vería lo que había dentro. Ryan amarró una con un trozo de cable oxidado.
Con el sol ya bajando y el trabajo hecho por ahora, los tres comenzaron a caminar de vuelta hacia el puerto. No hablaban mucho, solo se oía el sonido de las ramas bajo sus botas y los pájaros gritando en lo alto. Estaban cansados, pero con la sensación de que algo estaban haciendo bien…
Unas semanas atrás, Ryan había bajado a la gasolinera de Grove Street con la idea de comprarse unas papas y una soda. Todo iba bien hasta que al pagar, soltó un comentario bruto al dueño: “Tú pareces pandillero, fijo vendes más que snacks”. El dueño, un tipo flacucho pero con mucho pico, lo mandó a volar con insultos más rápidos que el scanner de precios. Se gritonearon feo, y aunque no llegó a más, Ryan se fue masticando rabia. Desde ese día, juró que no se quedaría con los brazos cruzados.
Semanas después, Ryan reunió a sus colegas: Alexander con su panza de tanque, Ronnie, y Harry que ni sabía bien a qué iba, pero se apuntó igual. Cargaron bates metálicos, machetes, cochillos, y hasta una vieja pistola para asustar al dependiente. Subieron a la furgoneta oxidada del motel, que sonaba más que una licuadora rota, y rodaron rumbo a Grove con sed de desquite. Al llegar a la tienda, entraron todos con máscaras. Ryan gritó: “¡Esto es por tocar los cojones, pandillero!” mientras los demás saqueaban lo que podían guardar en sus bolsillos, volcaban estanterías y llenaban el suelo de salsa y bebidas. El dueño chillaba mientras trataba de protegerse en una de las esquinas del local. En eso, un tipo asomó la cabeza por la puerta y salió corriendo. Acto seguido, se escucharon unos disparos afuera dirigidos hacia la tienda, pero milagrosamente ninguno dio a nadie y en el susto, Ryan miro al dueno de la tienda y lo culpo de lo sucedido diciendo: “¡Esto ha sido cosa tuya! ¿Verdad sucio pandillero?” Ryan lo golpeo un par de veces y lo dejo en el suelo.
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Sin mucho más que hacer, los del motel recogieron unas latas de soda de la maquina rota, billetes que se habían caído de esta y salieron corriendo entre entre la suciedad del lugar. Dejaron un mensaje claro para los miserables pandilleros de esa zona: “Con el motel no se juega”. Subieron a la furgoneta mientras sonaba un viejo rock que por los altavoces de la furgoneta no se entendía casi, y entre carcajadas, se juraron no volver a Grove… al menos por un tiempo. La lección fue clara: nunca subestimes a un grupo de paletos aburridos con mucho tiempo libre y sin nada que perder.
En el árido corazón del desierto de Sandy Shores, entre el óxido y la arena, se encuentra Scrapyard Roger’s, un antiguo cementerio de aviones convertido en chatarrería y taller mecánico. Lo que una vez fue un punto de descanso final para aeronaves olvidadas, ahora es un lugar donde el metal usado encuentra una segunda vida y los habitantes del norte pueden conseguir piezas a buen precio o reparar sus vehículos de manera artesanal.
¿QUIENES SOMOS?
Scrapyard Roger’s comenzó como un deshuesadero de aviones abandonados, donde los restos de fuselajes y motores eran desmontados y vendidos al mejor postor. Durante años, fue un negocio rudimentario, sin una estructura clara, donde la chatarra y los repuestos reciclados eran el único sustento para sus trabajadores.
Con el tiempo, el negocio se expandió y se convirtió en una chatarrería donde todo tipo de piezas de automóviles, motocicletas y maquinaria pesada encontraban su destino. Al no haber muchas oportunidades en la zona, algunos residentes del motel de Sandy Shores comenzaron a trabajar aquí, aprendiendo mecánica de forma autodidacta y reutilizando piezas que otros considerarían inservibles. Lo que empezó como una forma de ganarse la vida terminó consolidándose como un taller comunitario.
OBJETIVOS DEL PROYECTO
Fomentar el rol en el servidor: Ofrecer una nueva alternativa de interacción para los jugadores, alejándose de los roles convencionales de la ciudad.
Proporcionar una experiencia de rol diferente: Crear un entorno único donde la mecánica y la chatarrería sean el eje central de la actividad.
Dinamizar la vida en el norte: Convertir Scrapyard Roger’s en un punto de referencia para quienes buscan un servicio de reparación o venta de repuestos en Sandy Shores.
Ofrecer oportunidades de desarrollo de personajes: Permitir a los jugadores desarrollar historias más profundas y variadas dentro del servidor, con personajes relacionados al mundo de la chatarra y la mecánica.
Incentivar la creatividad en la mecánica y reciclaje: Fomentar la creación de roles basados en la reutilización de piezas, restauración de vehículos y adaptación de componentes en un entorno donde la escasez de recursos impulsa la inventiva.
En el corazón agrícola de Blaine County, donde los campos de Grapeseed se extienden bajo el sol implacable y el ganado pasta en los recintos, se alza Industrias Blaine County. Lejos del brillo de Los Santos, somos el motor silencioso que aprovecha los recursos naturales de nuestra nación. Desde la rica tierra que cultivamos hasta las aguas prístinas de los ríos Zancudo y Cassidi Creek, y la fauna del Parque Nacional del Monte Chilliad, transformamos el potencial del condado en oportunidades laborales. Somos un punto de encuentro para aquellos que buscan una conexión auténtica con la tierra y el trabajo honesto americano.
Somos Blaine Country Industries, una grupo del sector primario NACIONAL, buscamos personas interesadas en trabajar como agricultores en los campos de Grapeseed, ganaderos en nuestras instalaciones privadas cerca de Fuente Blanca, pescadores en los ríos Zancudo y Cassidi Creek, y cazadores en el Parque Nacional del Monte Chilliad, entre otras actividades. Nuestra empresa se encuentra a solo 7 km al norte de la ciudad de Los Santos, en las proximidades del Desierto de Grand Señora, en Blaine County.
Mantente atento a nuestros próximos anuncios para conocer las fechas y detalles de las jornadas de trabajo. ¡Esperamos contar contigo!
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En el desguace Scrapyard Rogers, Harry notó que faltaban piezas clave para un encargo. Sin tiempo que perder, recordó un viejo desguace abandonado en la ciudad y decidió ir en busca de lo que necesitaba. Subió a su camión y se puso en marcha.
El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de la ciudad cuando Harry llegó al pequeño desguace abandonado. Había salido desde Roger’s con una idea en mente: encontrar alguna pieza útil en los autos olvidados de aquel sitio. Conducía su viejo camión de chatarra, estacionándolo en un rincón discreto para evitar llamar la atención. Bajó, echó un vistazo rápido a su alrededor y, tras asegurarse de que nadie estuviera cerca, se adentró en el lugar con paso decidido.
El desguace estaba en un estado deplorable, con hierbas creciendo entre los restos oxidados y montones de chatarra amontonados sin orden. Harry caminó entre los escombros hasta que encontró un coche que, aunque destruido, todavía conservaba algunas piezas aprovechables. Se acercó con cautela, analizando el estado del vehículo. Su carrocería estaba golpeada y cubierta de polvo, pero la puerta del conductor parecía estar en condiciones decentes.
Sin perder tiempo, dejó su caja de herramientas en el suelo y se agachó junto al auto. Con un destornillador y una llave inglesa, comenzó a aflojar los tornillos que sujetaban la puerta. Cada giro requería fuerza y paciencia, pues el óxido había hecho de las suyas con el metal. El silencio del lugar solo se rompía por el sonido de la herramienta raspando contra el hierro envejecido.
Tras varios minutos de esfuerzo, la última tuerca cedió de golpe. Harry, que estaba haciendo fuerza con ambas manos, perdió el equilibrio cuando la puerta se desprendió repentinamente. Cayó de espaldas al suelo con un golpe seco, soltando un gruñido de sorpresa. Miró la puerta a su lado y soltó una carcajada; no esperaba que fuera tan fácil… o tan traicionera.
Sacudiéndose el polvo del pantalón, se puso de pie y levantó la puerta con esfuerzo. Caminó hasta la parte trasera de su camión y, con un último empujón, la dejó caer en el interior. Cerró la compuerta y se limpió las manos en la camisa antes de mirar una vez más a su alrededor. No quería tentar más a la suerte, así que se subió al vehículo y encendió el motor. Era hora de regresar a Roger’s con su botín improvisado.
S c r a p y a r d R o g e r 's
1986 Sandy Shores, EE. UU.
Harry Dawson Bedford nació en 1986 en el hospital de Sandy Shores, en el corazón del desierto. Creció en un hogar de valores firmes, con un padre severo y una madre disciplinada, ambos creyentes en la vieja escuela de la educación estricta. Desde niño aprendió que el respeto se gana con trabajo duro y que el mundo no ofrece segundas oportunidades.
A P A R I E N C I A
Harry es un hombre de apariencia áspera, marcada por el sol del desierto y los años de trabajo físico. Su cabello, que alguna vez fue castaño brillante, ahora está desgastado y seco, con un corte siempre desprolijo el cual "cuida" con gomina. Su piel, curtida por el viento y la arena, está llena de cicatrices de peleas y accidentes de juventud. Los tatuajes en su cuerpo cuentan su historia sin necesidad de palabras, desde simbología nacionalista hasta tatuajes carcelarios.
P E R S O N A L I D A D
Harry es reservado y parco en palabras. No confía fácilmente en los forasteros y desprecia todo lo que considera una amenaza para el estilo de vida americano que defiende con fervor. Su visión del mundo está arraigada en las viejas costumbres y en una fuerte ideología supremacista. Es hosco con los extraños, pero en el fondo aún conserva cierto respeto por quienes, según él, se ganan su lugar con trabajo y lealtad.
I N F A N C I A
La infancia de Harry estuvo marcada por la disciplina y el trabajo duro. Su padre, mecánico de toda la vida, le enseñó desde temprana edad a desarmar motores y reparar autos viejos en el taller improvisado del patio trasero. Mientras otros niños jugaban, él aprendía a cambiar bujías y ajustar carburadores. En la escuela nunca destacó académicamente, pero sí en peleas: cualquier burla o desafío era respondido con los puños. Desde entonces, comenzó a forjar una mentalidad dura, donde la lealtad y la fuerza eran los únicos valores que realmente importaban.
J U V E N T U D
Al cumplir 18 años, sin muchas opciones y con la presión de su padre, intentó unirse al ejército, pero fue rechazado por un historial de problemas de conducta. Sin dirección clara, pasó sus primeros años de juventud haciendo trabajos esporádicos en ranchos y talleres mecánicos, mientras se sumergía en un círculo de hombres con ideas similares a las suyas.
A los 21 años, Harry se casó con Marilyn Beth, la única mujer con la que imaginó un futuro. Sin embargo, su vida se destrozó cuando ella fue secuestrada por una pandilla mexicana por diferentes deudas que tuvo, ella nunca regreso. Este hecho marcó el inicio de su decadencia. La rabia y el dolor lo consumieron, hundiéndolo en un espiral de odio, alcohol y drogas.
A D U L T E Z
Los años siguientes fueron un torbellino de malas decisiones. Incapaz de mantener un trabajo estable, terminó viviendo en el motel abandonado de Sandy Shores, donde compartía techo con adictos y gente sin rumbo. Su única compañía era su viejo Tornado, el cual todavía maneja con orgullo como si fuera lo único que le queda del pasado.
A C T U A L I D A D
Hoy, Harry sobrevive con trabajos esporádicos, la reventa de drogas y mantiene una rutina errática. A veces repara techos, otras limpia establos, pero su verdadero propósito sigue siendo un misterio. En las noches frías del desierto, cuando todo queda en silencio, se pregunta si aún tiene algo por lo que luchar o si solo está esperando que el tiempo lo borre como al resto del pueblo. Su único objetivo es defender su patria de toda la escoria que la esta pisoteando, esperando que los Estados Unidos de America vuelva a ser lo que alguna vez fue.